Vacunas ¿Casualidad o causalidad?

Actualizado: 13 sept 2021

El siguiente artículo es un buen compendio de las distintas vicisitudes a las que hemos sido expuestos los sápiens durante los dos últimos años, y aun lo siguen siendo en algunos países. Creo que asimismo tiempo, el artículo debería generar una profunda reflexión por parte de las superpotencias económicas sobre el destino de sus recursos económicos, a la hora de hacer su distribución a nivel global.

Espero que sea de tu agrado...


La revolución del ARN

El País

Javier Sampedro

Diciembre, 2020


“Las estrellas científicas de los dos últimos años, las vacunas de ARN, no son tan radicalmente nuevas como pensamos. Para empezar, el ARN es seguramente la molécula informativa más antigua del planeta. “Informativa” quiere decir que tiene genes, y eso implica dos propiedades esenciales: que saque copias de sí misma y que signifique algo.

En nuestros días es el ADN quien encarna esas dos funciones, pero todo apunta a él como responsable del origen de la vida, hace unos 4.000 millones de años.

Tampoco su utilización como vacuna es una invención caída del cielo, pues lleva 30 años cuajándose en los laboratorios de investigación básica.


Nada de eso resta brillo a su papel estelar en la pandemia, pero ayuda a enmarcar las cosas en su escala temporal correcta.

La primera demostración de la técnica del ARN mensajero (mRNA) que utilizan las vacunas de Pfizer y Moderna acaba de cumplir 30 años.

Un equipo de Pediatría de la Universidad de Wisconsin, Madison, publicó un artículo en la revista científica Science, en el que mostraba que la inyección directa del ARNm en el músculo de los ratones causaba que las células leyeran el gen que se hubiera incorporado en el ARNm.

Usaron genes de varios productos fácilmente detectables, como la luciferasa, la proteína que hace brillar a las luciérnagas, y cuyo nombre demoniaco promovió fakes en los mentideros antivacunas. Aquello no era más que una prueba de principio, un experimento inicial.

Las vacunas de Pfizer y Moderna no llevan el gen de la luciferasa, sino el de la espícula del SARS-CoV-2.

El ARNm se introduce en nuestras células, nuestra maquinaria produce la proteína de la espícula, la expone en su superficie y el sistema inmune reacciona contra ella. Así queda preparado por si le llega después el virus natural.

¿Qué ha pasado en estos 30 años? Que, como de costumbre, ha habido que resolver un montón de problemas técnicos para que dicha prueba de principio, mencionada antes, haya podido llegar a las clínicas.

El ARN es una molécula muy frágil y las enzimas que lo destruyen (llamadas RNasas) están en nuestra saliva, nuestro sudor y en otras distintas partes de nuestros organismos. Por lo tanto, ha habido que buscar formas de protegerla, de envolverla en productos que la aíslen de ese mundo hostil.

Además, tiene que penetrar en nuestras células si quiere hacer algo, y la ineficiencia de ese proceso la inhabilita como una vacuna útil. Así que también ha habido que mejorar la capacidad de las partículas para atravesar las membranas de las células.

No fue de extrañar, por lo tanto, que durante estas décadas, estas dificultades hayan desviado la atención de los investigadores y de quienes los financian, hacia las vacunas más consolidadas, basadas en el virus entero o en alguna de sus partes.

Sin embargo, las vacunas basadas en el ARNm tienen una ventaja sumamente importante sobre sus competidoras: no pueden infectar.

Debido a eso, los grandes avances han llegado recién en los últimos años, sobre todo de la mano de la inversión hecha para su desarrollo.

Como ejemplo, al comienzo de su aplicación, la vacuna de Pfizer había generado grandes dudas sobre su seguridad, entre la población.

La respuesta a la inquietud la dio el hecho de que la misma estaba basada en el ARNm y era, por lo tanto, segura.

El ARNm solo transporta información pero no se puede replicar; por lo que no es una entidad infecciosa.

Tampoco puede insertarse en el genoma humano ni en ningún otro, lo que elimina también la posibilidad de mutaciones por inserción de material vírico.

Además, su vida es más bien corta, porque tenemos en nuestros cuerpos toda una maquinaria celular dedicada a degradarla de manera controlada.

Finalmente, y como pudimos ver en directo, puede desarrollarse muy rápido y manufacturarse con eficiencia a gran escala.

A principios de 2018, dos años antes de la pandemia, la técnica estaba ya lista para su uso, y no solo para vacunas contra varias epidemias, como el Covid; sino también contra varias enfermedades, entre otras, algunos tipos de cáncer.

Lo demás está a punto de ser historia, o eso esperan los científicos.

La rapidez de desarrollo de las vacunas de Pfizer y Moderna ha dejado perplejos a los expertos. La vacuna más rápida que se había hecho hasta ahora, la de las paperas en los años sesenta, llevó cuatro años desde el aislamiento del virus hasta su aprobación. Y ese era el récord, porque lo más habitual era tardar un decenio.

Esta vez ha sido un solo año!!

Este récord de velocidad no solo es un motivo para felicitar a la investigación biomédica, sino que plantea una cuestión obvia: ¿podremos a partir de ahora ser capaces de desarrollar nuevas vacunas también en un año?

Esto ha sido un motivo de gran interés, porque los virólogos están convencidos de que vendrán más pandemias de nuevos virus emergentes.

Visto lo que ha causado el SARS-CoV-2 a la sociedad y la economía, la rapidez de las futuras vacunas va a ser una ventaja clave.

Desmoraliza pensar ahora qué estaría ocurriendo si la vacuna anticovid hubiese tardado 10 años. Como recuerda la revista Nature, la neumonía, la malaria y la tuberculosis matan a millones de personas cada año.

Las crisis de 2020 y 2021 han demostrado hasta qué punto las situaciones de emergencia planetaria y la inyección de recursos pueden acelerar las soluciones científicas. Sin embargo, en el mundo de los países en desarrollo esas otras emergencias son lo cotidiano, pero no llegan los recursos necesarios para enfrentarlas.

La rapidez actual hunde sus raíces en el pasado, como vimos al principio.

Se debe en gran parte a años y décadas de investigación en otros virus más o menos relacionados y, en particular, en otros coronavirus como el SARS y el MERS.

La investigación se construye sobre el conocimiento anterior, o “sobre los hombres de gigantes”, en la expresión de Newton.

Sigue siendo cierto, sin embargo, que la enormidad de los fondos dedicados al Covid ha permitido un estilo nuevo de hacer los ensayos clínicos, en el que se solapan tres fases, hasta ahora consecutivas.

A pesar de todo, esto revela que los avances que hemos aprendido en esta pandemia no son inmediatamente exportables a otros problemas sanitarios.

Faltará el dinero”.


La lección está aprendida; por lo menos eso creo yo...

Está en manos de los grandes agentes económicos mundiales, generar la capacidad y resiliencia necesarias para hacer frente a nuevos ataques virales que ya se prevén a corto plazo. Ojalá que así ocurra.


¿Ustedes que opinan?


¡Los leo!


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