Trazas de poder y de amor: Parte II

Las relaciones entre el poder y el amor, como les mencionaba en la primera entrega, constituyen uno de los más atractivos y desafiantes análisis que nos podemos plantear. Ellas han sido el origen de innumerables conflictos y guerras a lo largo de la historia y continúan aún enfrentando a las principales potencias actuales; de ahí su importancia fundamental.

Así como en la primera entrega les presenté al primero de los actores principales, el Poder; aquí lo hago con el estante, el Amor.

Espero que les guste y se ha de utilidad.


El amor

“Trazas de poder y de amor” (2019)

Tony Salgado, en base a conceptos tomados del filósofo Héctor D Mandrioni.


“Una noción del amor maduro y personal exige tener en cuenta las intenciones y designios del que ama, la esencia del amor mismo como acto y las esperas legítimas de realización por parte del que es término de la actividad amorosa.

En el orden sentimental es lícito hablar de un amor elemental. Si quisiéramos encerrar en una fórmula este primer hecho, podríamos decir que todo ser implica un “amarse”.

Cada realidad aporta un “fin” a su forma, que aspira y polariza hacia sí la energía del ser para que cumpla con su propio ciclo de maduración.

El poder, en el sentido amplio del vocablo, y el amor, tomado en su expresión más general, no son ciegos y caóticos, sino que aparecen dentro de una cierto orden relacional y dinámico pues la intención no se consume, sino que la desborda.

Salir de sí mismo para llegarse a otros entes a fin de cumplir las aspiraciones de la propia individualidad e identidad y, además, posibilitar la realización del “otro” ser en su propia identidad, señalan el movimiento oscilatorio de toda realidad.

Aquí impera la ley del perderse para ganancia del Todo. El amor a sí mismo se subordina al amor al otro, el recuperarse para mantenerse en la propia identidad se sacrifica al entregarse para mantener la totalidad.

El morir de la parte, la apertura y entrega al “otro” hasta el sacrificio de la propia identidad debe ser considerada como un cumplimiento y no como deterioro. Uno debe morir para que el otro llegue a ser del modo más pleno.

Esta forma de amor se repite en el reino animal y vegetal. En la esfera de la vida infrahumana, este juego vida-muerte alcanza algunos leves matices de lo que luego acontece en el nivel de la vida humana.

La apertura al otro, la salida de sí y la entrega recíproca cambian de naturaleza cuando aparecen en las formas del amor humano, maduro y personal.

Conocemos los dos polos entre los que puede oscilar el amor humano como movimiento determinado por un principio espiritual y por una raíz corporal.

El amor se cumple como tracción instintiva o “libido”, primer instinto en la posesión de un objeto sensible. Aquí la intención dirigida a un “tú” queda sepultada por una conducta posesiva.

En cambio, el amor cercano a la profundidad del núcleo personal, se manifiesta como atracción del espíritu, cuya ley es la infinita generosidad.

En este acto, el “tú” toma tal relevancia en la intención del que ama que éste logra silenciar el interés posesivo.

Pero el hombre no es simple oscilación entre sensualidad y espiritualidad. Así, entre lo “finito” del placer irradiante de la actividad del amor sexual, y lo “infinito” del gozo metafísico asociado al amor personal, se halla la complacencia del amor erótico.

Si el camino de la humanización es el de una personalización cada vez más cumplida, no es extraño que el amor personal se convierta en el sentimiento más digno del ser buscado.

Es ingenuo señalarle hoy al hombre una meta de este tipo, cuando se universaliza la camaradería sexualizada y cuando la tecnificación y comercialización del sexo cubre gran parte del área imaginativa del psiquismo.

La “praxis” salvará al mundo, afirma Marx; el “pensamiento” cambiará la faz de la tierra, dice Heidegger.

Según Marx, el hombre debe convertirse en el ejecutor consciente de su propio cambio, el que le conferirá el poder de convertirlo para siempre en un ser verdaderamente humano. Por el contrario, Heidegger presenta una consideración cada vez más honda del Ser, el que despojado de toda voluntad de poder, puede administrar su propio destino, obteniendo la plenitud de su bondad.

La acción exterior transformante y el pensamiento vigilante son actitudes necesarias para el advenimiento de un mejor ser del hombre; pero que, librados a sí mismos, no bastan.

Nuevas posibilidades existenciales fueron suscitadas por la “noticia” del nuevo ideal de vida dicho y obrado en Cristo.

A partir de la misma, escuchada y correspondida, la conciencia moral-religiosa del hombre comenzó a organizarse en forma de un saber y sentir nuevos. Este nuevo llamado a partir de la Trascendencia y su respuesta por parte de la conciencia humana conforman la nueva figura del amor cristiano.

La dimensión social-política, como realización humana; y la dimensión pensante, como cumplimiento espiritual, ya no constituyen finalidades. Toda acción social-política y toda actividad pensante, bajo la luz de la nueva noticia, quedan caducas.

Lo que llega al mundo es fruto de la acción libre del hombre y depende de un corresponder o no, al llamado de la Trascendencia.

El amor cristiano, brotado de las palabras y de la acción de Cristo, no ha dado aún todas sus riquezas a la humanidad.

La comprensión del amor personal nos revela, su carácter excéntrico, que diferencia el ser y obrar humanos del de los puramente animales.

La posición excéntrica permite al hombre liberarse del aquí y del ahora y abrirse a un nuevo ámbito, más allá de la circunscripción espacio-temporal de su cuerpo. Ningún dónde y ningún cuándo pueden acaparar el ser y actividad humanas.

Una especie de nada lo absorbe pues el hombre se abre a un horizonte ilimitado. En el acto del auténtico amor personal podemos comprobar que su centro no sólo no está en el organismo, sino que incluso trasciende a la propia persona. Sólo cuando se ama a una persona, el no estar en el organismo ni en el propio personal, se consuman de un modo perfecto.

La excentricidad del amor personal implica la ruptura de la autoafirmación narcisista de una salida de sí. En virtud de esta existencia fuera del propio yo, el que ama empieza a existir "en" y "a partir" del "tú".

Pero también el poderoso "sale" hacia el otro; pero lo que brota de él hacia el centro receptivo del otro, es una orden.

Dar una orden no es "darse" sino "afirmarse"; no es abrirse si no cerrarse frente al otro. En todo acto de poder anida un germen de defensa y de ataque.

Sale de sí, en un sentido el que Manda; sale de si el que Ama; ambas salidas implican un riesgo. Pero el Abismo que separa ambos modos de arriesgarse reside en que el modo en que ellos se "exponen".

Quien Manda suele tomar sus medidas previas y se asegura de antemano, se arriesga, se expone, y puede perderse en el ejercicio del acto poderoso; pero lejos del entregarse, calcula, guarda sus reservas, y, a la par que objetiva al otro en la intención, lo hace en su propia consideración y afirmación.

Por el contrario, el que Ama sacrifica la seguridad en aras de la entrega; el único plan que lo orienta no es "su" plan sino del plan del amor como tal.

Mientras que el Poder como tal no tiene mártires y sólo podrá engendrar verdugos; el martirio es la flor y el lenguaje del Amor.

El carácter excéntrico del amor personal debe ser concebido también como expansión de la existencia.

La maduración del propio existir es la propiedad que tiene la vida espiritual de sobrellevar los límites que pudieran ahogarla o detenerla, y abrirse así a contenidos cada vez más ricos. Las amenazas de limitación pueden ser genéticas, infantiles y ambientales, entre otras. Son padecidas como hormas creadas por las instituciones de las que la persona forma parte.

El amor personal es génesis de maduración, al sacar a la persona que ama y a la persona amada fuera de las respectivas limitaciones.

Por otro lado, la vida no se circunscribe a las esferas vegetativa y psíquica de la persona; por el contrario, el foco de toda vida reside en el núcleo espiritual de ella. Sólo así se experimenta con propiedad lo que es la expansión del existir.

Hay que considerar que cuando el poder se expande, la voluntad del poderoso se amplía, mientras la voluntad del mandado se retrae y amengua.

Pero la hegemonía de la expansión humana no pertenece necesariamente al poder, ya que no es un atributo exclusivo del acto poderoso.

Si bien primero la espada del poderoso circunscribe un área en la que actuará, también es cierto que en el interior de este límite, el amor podrá desplegar sus intenciones expansivas.

Esto también puede ser interpretado desde una perspectiva opuesta. La circunscripción primera debe ser aquella que brote del acto creador del amor, el único verdadero precursor que va delante, sensibilizando nuevas áreas humanas para el ejercicio del poder del espíritu.

Tal vez la más osada versión consiste en pensar que es posible y no utópico un mundo en que el poder se subordina a los designios del amor.

La fuerza creadora y expansiva del auténtico amor puede hacer del ofensor y del ofendido nuevas criaturas, quebrando de este modo la dialéctica implacable de la ofensa infligida por el poder.

Una tercera propiedad del carácter excéntrico del amor es su dinamismo. Algunos pensadores asimilaron el conocimiento a la "quietud" y el amor al "movimiento".

Se trata de una acción que, desplegándose en el alma del que ama, vive sin embargo con la sustancia de la vida de la persona amada.

El movimiento del amor personal consiste en un persistente durar que se ahonda recogiendo de un modo cada vez entrañable, efectivo y amplificador, los momentos discontinuos del presente.

La noticia más profunda, verdadera y decisiva acerca de nosotros mismos no viene de la pura inteligencia ni se crea en virtud de nuestra libre decisión. Aquella que nos revela el sentido de nuestra existencia e imprime orientación a nuestra acción no brota de nosotros, sino que viene de la mano del que nos ama.

Este decir originario crea oídos y tener oídos es amar. Por eso dos seres que se aman se convierten en oyentes de una sola palabra anterior. Sólo esta noticia previa es de un yo, un “yo pleno", y de un tú, un "tú pleno".

El amor personal comienza a decaer cuando, en lugar de estar atento al misterio de la noticia que llega, empieza a cerrarse sobre lo que arrastran las puras palabras humanas.

Oír la noticia del amor es plegarse en la gracia; oír la noticia del poder es desplegarse en la obligación. El primero es un plegarse que despliega el corazón, el segundo es un desplegarse que repliega el corazón.

La noticia del amor expande, la noticia del poder coarta.

Los que no aman edifican sobre el vacío. Tal vez algunos mueren creyendo que el círculo más amplio de su vida estaba constituido por el horizonte abierto por el despliegue de la inteligencia y por el poder de la voluntad.

Pero están los que pertenecen a la historia interior de la humanidad. De algunos quedan rastros en sus hechos y dichos; de otros no quedan señas ni en la piedra ni en el libro, pero siguen hablando y obrando en y por el corazón de los que realmente aman.

El amor nos hace sentir únicos pues despierta en nosotros aquello qué sólo nosotros podemos aportar; frente al imperativo del poder, en que nos experimentamos todos iguales, ya que el poder se dirige a la dimensión que es la misma en todos.

Podríamos sintetizar estos distintos rasgos diciendo que toda realización del amor personal implica para los que así se aman, un presenciar, un ratificar y un interiorizar.

Con razón se ha dicho que una de las diferencias existentes entre el encuentro humano y el encuentro animal reside en el modo de estar presentes durante dichos encuentros.

El animal que se encuentra con su congénere no se sabe sabido por el otro, de la misma manera como el hombre que se encuentra con otro hombre se sabe sabido por su congénere.

El acto de poder descansa en la intencionalidad "exclusiva" de uno y otro, a saber; del superior y el inferior. El que manda está presente en el que recibe la orden, pero siempre a cierta distancia, y esa distancia está constituida por un límite infranqueable: en el caso de que ese límite cesase, inmediatamente dejaría de haber un acto de poder.

Podemos afirmar que el poder genera más ausencias que presencias; por el contrario, el presencial del amor libera de la ausencia que implica la soledad "de alguien". Por el acto de amor se cumplen dos encuentros decisivos para toda existencia humana: el auténtico encuentro con el otro en la forma de un "tú", y el encuentro con uno mismo es la figura de un "yo" cumplido.

La ratificación del otro en la forma del amor es la más potente realización conjunta que se puede brindar a la persona humana.

Esta capacidad del amor la vemos en un prestar suelo y arraigo; un contribuir a afirmarse; una justificación al que se ama; un título de legitimidad al amigo; y como una forma para soportar la culpa de un ser decaído, con vistas a una reconciliación con su existencia.

La realización del amor también debe ser comprendida como una actividad mediadora. La mediación que obra el actor de amor apunta en especial a dos reconciliaciones fundamentales, a saber: entre la necesidad de la justicia y el juego de la libertad por un lado; y entre el yo y el tú a través del diálogo amistoso, por el otro.

Si el corazón del hombre es el origen del predominio de la reflexividad y de la voluntad de poder, el corazón percibirá la salvación.

La perversión del corazón sólo puede ser superada mediante una conversión del mismo, ya que la reducción de su poder agresivo no se logra mediante la mera canalización del instinto del placer ni por la eliminación de las fuerzas represivas, inherentes a nuestra civilización”.


Expuesto esto, considero lo siguiente:

  • La caracterización del amor en los distintos planos en los que se mueve, así como sus orígenes, profundas raíces y diferencias con respecto al poder y la extrema dificultad de su convivencia, nos muestran claramente sus virtudes y defectos.

  • Los mecanismos según los cuales operan y sus razones remiten al cuestionamiento mismo de la evolución humana.

  • También se analizan las consecuencias que son dables de esperar por parte de aquellos en los que uno de ellos predomina sensiblemente sobre el otro.

  • La alternancia en las supremacías de ellos, que llegan al extremo de la total exclusión del otro, dará origen a una interesantísima serie de posibilidades, que serán objeto de las futuras entregas.

Me gustaría saber ¿Cuáles son opiniones o comentarios al respecto?


La semana próxima abordaré la primera de ellas.

¡No se la pierdan!


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