Situaciones de familias en Mendoza

Estimado lector,

Hoy te alcanzo este artículo con el afán de que tomes conciencia de la realidad que sufre mucha gente del Interior de nuestro país. Es un relato crudo y sincero de quienes son involuntarios actores de este triste panorama.

Te encuentro al finalizar la lectura.


Vivir al día y con frío en Mendoza: “Si desayunamos a la mañana, no alcanza para la tarde”

La Nación, Octubre 2021

Micaela Urdinez


"MENDOZA. Es invierno. Son las 10 de la mañana. Los cinco hijos de Vanesa Saravia duermen apilados en tres camas improvisadas en el asentamiento Cuadro Nacional, en San Rafael, Mendoza. Aunque están vestidos con pantalón y buzo, el frío se mete igual en el cuerpo. La humedad se pega a las sábanas. El fuego que está en el living se fue apagando durante la noche y solo humea. Como no tiene nada para darles, Vanesa los deja dormir así engañan el hambre hasta el almuerzo.

Vanesa Saravia vive al día en el asentamiento Cuadro Nacional, en San Rafael, Mendoza. Como no tiene nada para darle para desayunar a sus hijos, los deja dormir hasta el mediodía.


“No desayunamos ni cenamos. Ninguno. Si desayunamos a la mañana, no alcanza para la tarde”, dice Vanesa, que tiene 31 años y trabaja haciendo changas para poder darle, al menos, una comida al día a sus hijos que cría ella sola: Joselin (8) tiene problemas de desnutrición y en la vista, Abigail (11) presenta retraso madurativo, Gonzalo (13) es bipolar, Milo (6) y Yerix (9). En esta geografía árida, con la cordillera de los Andes de fondo, muchos hogares sufren las bajas temperaturas, carecen de un plato de comida caliente o ropa de abrigo. También, muchos adolescentes tuvieron que salir a trabajar durante la pandemia para ayudar a la economía familiar y eso puso en riesgo su escolaridad. Las familias más vulnerables de la zona tienen trabajos precarios vinculados a la cosecha, a las fincas o a las changas. Algunos logran armar sus propios emprendimientos, una huerta o tener animales. “Son muy pocos los que están contratados de manera efectiva. Trabajan por día, cuando hay temporada de cosecha y de poda”, explica Jorge Lana, director de la Escuela 4104 El Nevado, de Goudge, Mendoza.

“Los problemas que trajo la pandemia han sido similares a los de todo el país, sobre todo en los sectores vulnerables que viven al día. Quienes viven de la changa y del trabajo no formal, han sido los primeros afectados”, explica Alejandro Verón, Subsecretario de Desarrollo Social de Mendoza. Según la Encuesta de la Deuda Social Argentina del Programa del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA los números más preocupantes de Cuyo son una pobreza infantil del 53%, una inseguridad alimentaria del 25% y un déficit educativo del 33%. Vanesa vive al día. Siempre trabajó limpiando acequias, de empleada doméstica o vendiendo mercadería en la calle. Cuando se enferma y no puede salir a trabajar, sus hijos lloran de hambre. “No me gusta que me regalen nada. Se leer muy poco. Algunas letras te entiendo pero hay otras que no las conozco y los números se me van”, agrega esta mujer que recién el mes pasado empezó a cobrar la AUH por sus hijos porque no sabía cómo hacer el trámite.

“Desde la provincia el esfuerzo que hicimos fue sostener el plato de comida arriba de la mesa. Multiplicamos por cuatro lo destinado a alimentos y se trabajó con muchísimas organizaciones para lograr llegar a cada uno de los hogares que lo estaban precisando. Ahora estamos virando de la asistencia alimentaria a la asistencia laboral, buscando potenciar a los emprendedores que necesitan insumos o máquinas. Lo que necesitamos es que la gente tenga trabajo y pueda llevar adelante su hogar”, agrega Verón. Menos trabajo, más hambre y más casos de desnutrición. Este es el diagnóstico que hace Karina Tejada –directora de Pata Pila en Mendoza- de la situación de los chicos en los asentamientos Cuadro Nacional y Cuadro Benegas de San Rafael. Allí fueron testigo de los estragos que dejó una pandemia que no termina. “Acá las familias trabajan de changas y como no podían salir a trabajar no había qué comer. Nosotros veníamos, dábamos una vuelta a verlos y veíamos que había hambre. Esto se vio reflejado en el aumento de casos de desnutrición y baja talla. Los problemas de alimentación no se solucionan de un día para el otro. No porque hoy comas un plato significa que mañana vas a estar bien. Sobre todo, en los chicos. Tiene que ser constante. Esto repercute en sus estudios, en sus energías y en su capacidad de soportar el frío. Lo que queremos es no normalizar estas realidades”, explica. Diego Tapia desayunó mate con pan. Está al cuidado de su hermana Antonella y vive con sus hermanos y primos. Como tiene baja talla, asiste al programa de Pata Pila en el asentamiento Cuadro Benegas. “Jugamos a unos juegos de embocar en unos vasitos de papel higiénico y después nos pesaron y nos midieron. Me dijeron a ver si podía subir de peso”, cuenta este chico de 14 años, mientras se sienta a hacer la tarea al lado del fuego. Pata Pila trabaja en distintas provincias en donde atiende a chicos de 0 a 5 años pero en Mendoza se hizo una excepción para atender a chicos de hasta 12 o 13 años por la baja talla. “Cuando el niño no está bien alimentado el cuerpo no crece más porque trata de sostener la armonía en esa estatura. Y la mayoría tiene baja talla. Hay muchos chicos con riesgo psicomotriz, con retrasos en el habla, en los movimientos o en detectar colores”, agrega Tejada.

Otro indicador de la crisis alimentaria es el que aporta La Poderosa, que en el Barrio Constitución durante la pandemia pasó de repartir 150 a 350 raciones de almuerzo. También funciona un merendero de lunes a viernes con 250 raciones. Y cada día tienen más en lista de espera. “La pandemia fue durísima. El principal impacto fue el hambre, el frío y la falta de recursos. Nosotros les damos quizás su único plato de comida caliente del día”, asegura Daniela Urriche, referente política territorial de la asamblea La Poderosa. Patricia Paredes es una de las personas que retira todos los mediodías el almuerzo en La Poderosa. Hoy le tocó puchero, que después en su casa mezcló con sémola para que fuera más consistente. También aprovechó para agarrar ropa de abrigo que dan en la organización para sus hijos.

“Acá en el barrio la única comida que tenemos es la del mediodía. En la noche no creo que haiga cena. Es una taza de te con pan”, cuenta Patricia. Vive con su marido José Miguel, tres hijos y su hermana con síndrome de Down. Todos están pegados al fuego para soportar el frío. Los perros buscan un lugar debajo de las piernas. “A la noche hace mucho frío, se siente en la casa. No tenemos puerta ni ventana. Los chicos duermen vestidos, no se sacan el buzo. Yo cobro el salario por los chicos y con mi marido trabajamos los dos y le podemos comprar una ropita, unas zapatillas y la comida a los chicos”, dice mientras le da de tomar la teta a su bebé. José Miguel trabaja en un aserradero, venden leña en su casa y Patricia hace tortitas que sale a vender. “Hoy salís y la gente no tiene plata. Yo se las dejo igual y que me las paguen cuando puedan. Se nota que les cuesta mucho salir adelante. El barrio también se ha caído mucho. Falta trabajo y de todo. Por ahí tiramos la cáscara de la leña a la calle y la gente las busca para poder prender un fueguito”, dice Patricia. Las referentes de Cáritas Argentina en Jocolí, en el departamento de Lavalle, también señalan la falta de trabajo como motivo principal de la inestabilidad de las familias. Desde la organización, se dedican a repartir ropa, alimentos y contención a los vecinos de la zona. “Aumentó mucho la cantidad de gente que asistimos porque faltan fuentes de trabajo. Hay muchas familias que viven de changas y en la pandemia se paró mucho eso. Hay muy poca gente asalariada que no tiene otro ingreso que la AUH. Tratamos de llegar a los que más podemos”, dice Gabriela Báez, encargada de Cáritas en la zona.


La familia de Bruno Videla se reune para comer un guiso de fideos y verduras hecho gracias al bolsón de comida que recibieron de Cáritas. Su papá es obrero rural y su mamá, que es ama de casa, también hace changas


En el barrio Constitución de San Rafael, muchas de las viviendas están en malas condiciones. Son de ladrillos, de un piso, con techo de chapa y bolsas para que no entre el agua. “La mayoría son precarias y en el tiempo de frío se sienten más las filtraciones y la falta de calefacción. La gente nos pide nylon para poner en el techo. El gas es imposible, no llega y las familias tienen que recurrir a la leña”, dice Urriche. La realidad de Vanesa es crítica. Pero por lo menos, hoy ella y sus hijos cuentan con un techo precario. Hasta hace poco – y durante un año – estuvieron en situación de calle, escapándole a los prejuicios y a la violencia. “Me desalojaron de la casa en la que estaba porque no teníamos plata para pagar el alquiler. Y terminamos en la calle. Fue muy triste. Es difícil porque te exponés a muchas cosas como la droga y el alcohol y tenés que buscar siempre un lugar que sea adecuado para los chicos, para que no les pegue tanto el frío”, cuenta Vanesa, que hace lo imposible por que todos vayan a la escuela. Desde el gobierno provincial, señalan que están llevando a cabo diferentes estrategias de mejoramiento de vivienda. “En invierno hacemos el Plan Invierno que son tres meses en los que reforzamos la entrega de colchones e insumos básicos como zapatillas y frazadas. Desde hace 4 años implementamos el Plan Techos en donde les damos los materiales para que de manera asociadas los vecinos coloquen los techos de sus casas. Desde el 2016, llevamos adelante el programa La garrafa en tu barrio que tiene un precio subsidiado de $300 y hace recorridos quincenales”, dice Verón. Arrancaron con 30.000 garrafas, en 2020 repartieron 70.000 y este año van a estar en alrededor de las 100.000.

Hacen casi 0 grados y ninguno de los hijos de Vanesa – ni ella – tienen medias. Los gatos se enciman uno sobre otro en la chimenea para estar cerca de las pocas brasas prendidas. Cuando logra comprar una garrafa, Vanesa aprovecha para que se bañen con agua caliente. “Yo me baño con agua helada, casi lloro hoy. Todavía no se me calientan los pies”, dice esta madre sin campera. En las zonas rurales, el desafío cotidiano es el mismo: escaparle al frío. Bruno Videla tiene 13 años y vive en Jocolí, Lavalle, junto a sus papás y sus dos hermanos. Cada vez que tiene que bañarse es una odisea. Para empezar, necesita que alguno de sus papás o su hermano mayor lo ayude a cargar el tanque de agua de la ducha. Para juntar el agua tiene que hacer varios viajes hasta la canilla y llenar el balde. Sale negra y en el verano no tiene presión. “Me apuro a bañarme rápido así no tengo frío”, dice Bruno, que necesita ropa de abrigo. En invierno la familia Videla deja siempre la salamandra prendida por el frío y para cocinar. Por eso, conseguir leña es la prioridad número uno durante esos meses. “El baño está afuera. No es lindo con este clima pero por lo menos tenemos baño. Necesitamos una bomba para poder subir el agua al tanque para bañarnos. Pero tenemos cosas más urgentes”, dice Carmen, su mamá. Su papá trabaja como obrero rural. Muchas de las familias que visitamos ni siquiera tienen una cama que separe el colchón del piso, que queda apoyado sobre la tierra chupando el frío. “Hay muchos chicos que crecen con debilidades pulmonares, y así se van acarreando situaciones de la salud que hacen que sus oportunidades sean más cortas”, señala Karina Tejada, directora de Pata Pila Mendoza. Los animales tiemblan. Los chicos tienen mocos permanentes y la cara curtida por el viento. Cerca del mediodía Vanesa prende la cocina a gas para poner a calentar el agua para una sopa. “Mi vida fue miserable. Yo quiero que mis hijos sean mejores que yo, que vuelen más alto y consigan todos sus sueños. Yo tengo que volver a nacer para poder cumplir los míos”.

Una de las problemáticas que los especialistas y las ONG consultadas ven con más preocupación, es que durante la pandemia, muchos chicos salieron a trabajar porque faltaba la comida y ellos no tenían que asistir de forma presencial. “A principio de año los chicos arrancan en abril las clases porque están trabajando o porque tienen que quedarse cuidando a sus hermanitos porque mamá y papá salen a trabajar. Durante la pandemia, esto se vio mucho más. Hay familias que te dicen que necesitan que sus hijos salgan a trabajar”, cuenta Lana. Verón reconoce este tironeo de los adolescentes entre la escuela y el trabajo. Justamente a ellos es que está dirigido el programa PODES, que consiste en ir a las casas a buscar a los chicos que presentan ausentismo escolar. “Buscamos detectar si el problema es económico, no tiene zapatillas o por enfermedades, y tratamos de resolverlo. Les pedimos que vuelvan a la escuela y nosotros les garantizamos el ingreso. Hemos logrado que el 50% de las situaciones que se habían presentado en enero se hayan resuelto y los chicos reinsertados en el sistema escolar. La falta de conectividad en la zona, las grandes distancias y el hecho de que los alumnos no tengan computadoras ni celulares para poder seguir conectados con la escuela, hizo que muchos tuvieran aprendizajes muy débiles. “Tenemos chicos que el año pasado no aprobaron ninguna materia y su trayectoria escolar fue nula. En condiciones normales, ese chico hubiera repetido. Y hoy no repite nadie. Hay un atraso que va a impactar necesariamente. Hoy el 15% no está viniendo regularmente a la escuela”, señala Lana.

Esta brecha educativa fue lo primero que – después de la comida – atendieron desde Pata Pila, creando un espacio de apoyo escolar. “El año pasado los chicos no fueron a la escuela. Hicimos nexo e intentamos que desde la escuela les hicieron llegar los cuadernillos pero no es lo mismo. Hoy se siente el impacto. Hay chicos que todavía no saben leer ni escribir a la edad que tienen”, dice Tejada con preocupación. Urriche añade otra realidad que es la de las madres solteras, jefas de familias que tienen muchos hijos y que la luchan en el día a día. Esos son los chicos que por necesidad tienen que salir a trabajar de vendedores ambulantes en el centro de la ciudad de San Rafael y ponen en riesgo sus estudios. “Ante la falta de respuesta salen ellos a tratar de sostener. Los chicos van a la escuela cuando se puede, terminan la primaria pero ya el secundario es más difícil. Acá hay mucha juventud en la calle y la verdad es que es una pena. Les toca madurar desde muy joven porque la realidad les exige que tengan que salir a trabajar”, reflexiona. Sobre las oportunidades de futuro de los chicos de la zona, Tejada dice que son limitadas. La distancia con la escuela para poder terminar el secundario, el tener que salir a trabajar a temprana edad y el tener que ocuparse de conseguir cosas básicas como leña o agua, hacen que no puedan pensar en un desarrollo académico o profesional. Verón es consciente de este desafío y señala que están trabajando en achicar brechas. “Creemos que la educación es un factor de igualdad de oportunidades y por eso hay que hacer un esfuerzo para garantizar los alimentos pero también que estén escolarizados y puedan llevar adelante esta etapa”, dice. Tejada agrega que son muchos chicos los que intentan seguir estudiando pero con muchas dificultades. “Crecen y la mayoría se tiene que poder a trabajar para comer. Al no tener servicios, muchas de las familias cocinan con fuego o con la garrafa. Se quedan sin agua y hay que ir con el tacho a buscarla. Y entonces ponerte a cocinar o a lavar es otro tiempo que se pierde para poder dedicarte a otras cosas”, concluye.


Conmovedor y doloroso saber que en la Argentina actual haya compatriotas que vivan en estas míseras condiciones y, lo que es peor aún, es que estén condenando a sus descendientes al gran riesgo de que también las tengan que padecer.

Creo que esto nos debe interpelar seriamente sobre dos temas fundamentales:

  • ¿Estamos haciendo todo lo que podemos para que estas situaciones lleguen a formar parte de la agenda de nuestros gobernantes? Tal vez su difusión masiva, como esta nota, sea un buen comienzo.

  • ¿Estamos contribuyendo con lo que podemos, para ayudar a organizaciones como La Poderosa, Cáritas u otras igualmente confiables, a que les acerquen lo mínimo necesario para alimentarse?

Una vez le pregunté a un sacerdote cuál era el límite y su respuesta fue simple y contundente: “Hasta cuando duela”.

¿Qué piensas sobre lo que acabas de leer? Doy por descontado que te debe haber movilizado como a mí. Tal vez sea el momento ahora de plantearte si creés que podés tener un rol activo en este tema y cómo lo podrías ejecutar.

Estaría encantado de poder compartir nuestros comentarios.

Te agradezco el tiempo dedicado para la lectura de este artículo.

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