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Ser testigo afortunado (I de V)

Antonio Salgado (Ansaló)



La foto me muestra junto a mi primo hermano Pepe, quien aún reside en la aldea de Vilafonxe, A Ulloa, Galicia y nació el mismo día en que mi madre se marchó desde allí hacia América.

Somos los últimos representantes vivos de las familias de los López (él, a la izquierda) y de los Salgado (yo, a la derecha), de las generaciones de 1930/40.

Hoy, dos o tres nuevas generaciones cubren los roles principales y más activos en las sociedades de estos tiempos y eso es fantástico.

 A ellas van dedicados estos pensamientos, intentando mantener viva una pequeña luz sobre nuestros orígenes comunes. 

  


Introducción

 

 Hola, como este es un libro que habla de mí, me presento.

Me llaman Farelo y soy un monte de una sierra homónima que atraviesa la región gallega.

El origen de mi nombre lo desconozco, aunque intuyo que proviene del hecho de que mi altura, 956 metros, es un poco inferior a la de un monte vecino al que llaman Faro, que tiene 1.188 metros y desde donde se divisa todo el territorio gallego; siendo por ende un diminutivo de este.

Tengo dos caras, una que mira hacia el noreste y desde la que se ve el Ayuntamiento de Antas de Ulla, en la Provincia de Lugo y la otra, que mira hacia el suroeste, desde la que se ve el Ayuntamiento de A Golada, en la de Pontevedra.

El Ayuntamiento de Antas de Ulla, junto con los de Monterroso y Palas de Rei, constituye una de las comarcas por las que siento mi mayor cariño, la Comarca de A Ulloa.

¿Por qué este cariño? Porque allí transcurrió la vida de varias generaciones que fueron los antepasados de quien ahora va a retratarme en este libro.   

Quienes me estudian determinaron que soy muy antiguo.

Dicen que el territorio gallego comenzó a formarse hace más de quinientos millones de años, cuando colisionaron las dos grandes placas continentales que constituían la superficie terrestre: Gondwana y Laurussia, para dar lugar a una más grande, Pangea.

Como consecuencia del impacto se formaron pliegues, mis orígenes más lejanos, que eran estructuras geológicas que hoy recorren Galicia de noroeste a sudeste. Esto permitió la fusión de dos zonas que antes pertenecían a Gondwana, al Norte, o a Laurussia, al Sur, en un único territorio en Pangea, donde se asienta actualmente Galicia.

Así como surgí yo en esa época, también lo hicieron otros montes, entre ellos un famoso vecino, el Pico Sacro. Ambos estamos formados por cuarzo, de origen sedimentario; asentado sobre granito, de origen ígneo.

Trescientos millones de años después, hace doscientos millones de años, Pangea comenzó a romperse conformándose la Península Ibérica y desde donde estoy ubicado pude observar cómo se creaban acantilados en sus costas norte y oeste.

Cincuenta millones de años después el Océano Atlántico llegó hasta los acantilados; y los ríos que nacían en mi vecino altiplano pudieron llegar al mar, luego de que la erosión fluvial generara valles, que se convertirían en rías cuando el mar los inundaba.

Si el suelo tenía rocas resistentes a la erosión vi como entonces los ríos creaban rápidos y cascadas. Uno de estos ríos, el Ulla, nace muy cerca de aquí y discurre su cauce superior en un valle sobre mi ladera oriental y luego su cauce inferior lo hace en otro al margen del Pico Sacro, antes de desembocar en el mar en la Ría de Arousa.

En otro valle, sobre mi ladera occidental, discurre el río Arnego, que limita las dos provincias mencionadas antes.  

Hace aproximadamente doscientos siglos comencé a notar la presencia de seres humanos en el altiplano que me rodea. Se trataba del Homo Sapiens, hecho confirmado luego por los restos arqueológicos hallados en el lugar.

Resultó muy extraño. Si el tiempo desde mi creación fuera equivalente a un día de duración, estos seres habían surgido durante los últimos treinta segundos.

Entonces intuí que mi vida no iba a ser tan monótona y solitaria como hasta ese momento y como verán, no me equivoqué. 

Veamos, en la actualidad la palabra “gallego” suele asociarse a los adjetivos: trabajador, esforzado, sufrido, honrado y confiable, entre otros, y eso es algo de lo cual podré presumir; pero la contracara de la moneda es que también lo hace con otros, tales como: inculto, sin ambición, poco creativo, cabezadura y lento, entre otros más, y este preconcepto es falaz e injusto. Uno de los objetivos de este libro es precisamente demostrarlo desde la aparición misma del hombre. 

Como monte situado entre los valles de  dos ríos, soy condición obligada de paso, por lo que ya desde la irrupción humana estos seres me comenzaron a rodear y cruzar para poder circular de uno al otro valle.

Para no perderse decidieron entonces dejar una serie de señales que los orientase luego durante este trayecto.

Mostraron así mi piedra al aire libre y grabaron sobre ella huellas, que luego denominaron petroglifos, círculos concéntricos de grandes dimensiones que también se asociaban a sus creencias religiosas y a las estaciones.

Entre otras, crearon una ruta desde el oeste orientada hacia el nacimiento del sol en el solsticio de verano.

A partir de ese momento hasta la fecha, a lo largo de estos doscientos siglos mi región se vio invadida, poseída, habitada y luego abandonada; dejando legados muchas veces notables y algunas pocas, nefastos; por conquistadores provenientes de Europa, Asia y África.

En efecto, en el otrora Reino de Galicia, actualmente Comunidad Autónoma, incluyendo la Comarca de A Ulloa; he visto con mis propios ojos desfilar quince pueblos distintos provenientes de varias regiones de estos tres continentes y seis Casas Reales de España, Austria e Italia, interrumpidos los reinados de estas últimas por cinco notables sucesos.

Entre los principales pueblos que recorreremos juntos en los detalles de cada Era, merecen destacarse por el impacto social y económico que han causado, y ordenándose según su aparición:

Los Celtas, que arribaron  buscando las verdes praderas y los ríos para apacentar sus ganados y trabajar los campos.  

Los Romanos, que lo hicieron en búsqueda de las riquezas almacenadas en mis entrañas y en las de otros montes vecinos: oro, plata y cobre.

Los Suevos y Visigodos, que llegaron al comienzo para la lograr la conversión de los pueblos galaicos al catolicismo y posteriormente la expansión y unificación territorial con Hispania y la Galia.

Los Moros, que aunque fueron derrotados en las cordilleras asturianas, igual sometieron a la Península y dejaron un enorme legado cultural, arquitectónico y de regadío  

La Corona Castellano-Leonesa, a la que se vio integrada la región, siendo sometidos sus agricultores y ganaderos

El más reciente fenómeno social, la emigración del pueblo gallego a otras regiones de España, Europa y América, producto de la escasez de alimentos y trabajos; dejando aldeas completas abandonadas en medio de la campiña.

A lo largo de este largo período pude observar comportamientos extremos del ser humano: períodos de guerra y de paz, de triunfos y de derrotas, de invasiones y de expulsiones, de abundancia y de hambre, de amores y de traiciones, de casamientos y de separaciones, de religiosos y de paganos y así siguiendo… Y a pesar de todos estos cambios los pueblos de mi región acá están; siguen trabajando e ilusionándose con un futuro que aunque esquivo en el presente, habrá de favorecerles más temprano que tarde.

Como resultado de esta formidable serie de acontecimientos, estas personas que hoy me rodean portan en sus genes muchos de los rasgos de dichos pueblos pretéritos, por lo que su estudio constituye un muy interesante atractivo.

Para no aburrirlos con todo lo que podría contarles decidí recurrir a la riqueza de los sucesos y mitos del pueblo hispano y del gallego en particular, en los que se entremezclan personajes reales y ficticios, para no desvirtuar el ambiente y la época en la que los vi; pero añadiendo  algunos protagonistas imaginarios para hacerlos más interesantes.

Dios me ha dado el privilegio de poder observar lo que en A Ulloa, comarca por la que siento una atracción muy especial, ocurrió en estos siglos; por lo que es mi obligación hacérselos llegar a los lectores aunque solo sea mediante imágenes puntuales representativas de ello.

Espero que les guste.  

Monte Farelo (Un testigo afortunado)

 

 

Capítulo 1. Prehistoria y Edad Antigua

 

Siendo un monte elevado tengo el privilegio de poder escuchar las conversaciones y ver los hechos que incidieron en la vida de mis vecinos y de quienes visitaron mi territorio.

Utilizando ambos recursos quiero compartirle los principales sucesos que acontecieron en los pueblos que se instalaron en la Península Ibérica y en particular, en Galicia.

Como vimos, la aparición del homo sapiens tuvo lugar hace doscientos siglos; cuando comienza a escribir su historia.

En este Primer Capítulo veremos lo que aconteció durante los primeros ciento ochenta y cinco siglos, o sea el noventa y dos por ciento de su existencia.

Visto de otro modo, si el período que va desde la aparición del sapiens hasta hoy equivaliese a una hora, esta etapa tomaría los primeros cincuenta y cuatro minutos, dejando para las tres restantes solamente los últimos seis.

La Edad Antigua termina a fines del siglo V d.C.

 

1. Sucesos

 

Península Ibérica

 

Los oestrimnios (“de extremo occidente”) fue uno los primeros pueblos que ocupó gran parte de los territorios peninsulares, incluyendo Galicia. Constituía una comunidad aborigen de ascendencia indoeuropea que arribó desde estos dos continentes hace veinte siglos. Se dedicaba a la cría de bueyes, cerdos, cabras y ovejas. Cultivaba cereales y leguminosas. Practicaba la caza y recolección de animales. Así permaneció durante más de quince mil años, cuando desapareció luego de la llegada de otro pueblo de su misma ascendencia.

Los celtas, ya que de ellos se trataba, llegaron y se hicieron fuertes en la Península, principalmente en Galicia, por lo que los veremos en detalle al analizar este territorio.

Los tartesos, de los que no se conoce mucho, llegaron luego y constituyeron una mítica civilización en la costa suroccidental de la Península alrededor del 1200 a.C. Tenían su propio idioma y fueron muy hábiles con la metalurgia, prosperando gracias al comercio con otros pueblos. Desaparecieron alrededor del 500 a.C.

Los ligures llegaron luego desde el noroeste de Italia y sur de Francia a través de los Pirineos, expulsando a la población celta hacia el oeste y avanzando luego hacia el centro de la meseta ibérica. Fueron los primeros en traer nuevas técnicas y materiales como el arado, el bronce y otros adelantos desconocidos hasta entonces.

Los íberos arribaron luego. Era un pueblo importante que penetró y conquistó la Península. Contemporáneos de los celtas, llegaron desde las regiones mediterráneas situadas al este peninsular y desde África. El límite entre celtas e íberos era el río Duero, con aquéllos ocupando los territorios al norte, entre ellos Galicia; y éstos los del sur.

Los celtíberos surgieron luego de un cierto tiempo, dado que el cruce entre ambos pueblos fue inevitable. Estos nuevos pobladores se expandieron y dominaron el interior peninsular hasta la llegada de los romanos. Estaban conformados por pueblos y subculturas con una misma raíz lingüística celta y similares ritos religiosos. Vivían comunitariamente en los “castros” creados por los celtas, aunque también llegaron a desarrollar pequeñas ciudades. Fueron grandes guerreros que participaron en casi todas las contiendas de la Península hasta que fueron sometidos por los romanos. 

Mientras esto ocurría en el centro de la Península, su Costa Mediterránea había sido permeable a la llegada de otros pueblos.

Los fenicios fueron los primeros en llegar. Establecieron asentamientos permanentes, siempre sobre la costa, fundando ciudades como Cádiz y Málaga.

Los griegos arribaron luego, atraídos por la riqueza mineral de la zona, y fundaron Denia y Alicante.

Los cartagineses constituyeron la primera colonización, más allá de la fundación de ciudades costeras y puestos comerciales, Provenientes de Túnez, influyeron en los pueblos autóctonos con su cultura, religión y alfabeto. Debido a lucha que mantenían con Roma  por el dominio del Mediterráneo, reforzaron su presencia en la Península fundando Ibiza y Cartagena.

Habían transcurrido ya casi los doscientos siglos desde que desde mi cumbre había divisado  por vez primera a un ser humano en mi región.

Al cabo de todo este tiempo estábamos en esos momentos en los umbrales de un nuevo milenio, al que llamarían luego la Era Cristiana.

¿Cómo serían mis nuevos habitantes? ¿Respetarían mi integridad o por el contrario, sería avasallado por ellos?

Los romanos hicieron entonces su aparición. Vinieron desde Italia, donde constituían una avanzada civilización. Dejaron en la Península una nueva organización, convirtiéndola en una provincia dependiente del imperio romano; un idioma, el latín; su arquitectura; e introdujeron la religión cristiana. Avanzaron y colonizaron el territorio que sería bautizado luego como Hispania, que junto a Portugal conformaron dicha provincia. Ejercieron una completa colonización y su herencia fue indiscutible. Fundaron Mérida, Tarragona y León, entre otras ciudades, y construyeron miles de kilómetros de calzadas, permitiendo que la Península estuviera conectada por primera vez. Crearon una identidad común entre los pueblos de Hispania. En su etapa final comenzaron el proceso de cristianización. A partir del siglo V su poder se hallaba debilitado ya que las fronteras de Roma se habían hecho permeables y diferentes oleadas de invasores germánicos comenzaron a asentarse en su territorio imperial.

Los suevos, los vándalos y los alanos, de origen germánico, escandinavo y caucasiano, respectivamente, invadieron así la Península distribuyéndose en distintas regiones. Los suevos, como veremos, invadieron y conquistaron Galicia.  

Roma comenzó entonces a utilizar otros pueblos mercenarios, también germánicos.

Los visigodos, uno de ellos, finalmente acabó asentándose en la Península e imponiendo su autoridad. Se integraron luego con los hispanorromanos existentes, generando una nueva cultura. Crearon el nuevo reino visigodo, con su capital en Toledo y se convertirá al catolicismo y dominaría la Península durante tres siglos, hasta el final de la Edad Antigua.

La Península Ibérica fue por lo tanto durante la Edad Antigua una región por la que circularon y la conquistaron las principales civilizaciones de esa época. Hemos contabilizado catorce hasta aquí. En lo que era la boscosa península batallaron y hasta convivieron durante un tiempo las mismas. La herencia que dejaron se constituyó en un crisol de culturas que se habría de desarrollar plenamente luego, durante la Edad Media.  

 

Galicia

 

Nos centraremos ahora en mi región preferida.

Vuelvo a recordarles que soy el Monte Farelo y que tengo enfrente mío a la Comarca de A Ulloa, que pertenece a la Provincia de Lugo y que comprende a los Ayuntamientos de Antas de Ulla, Monterroso y Palas de Rei.

A diferencia de los acontecimientos ocurridos hasta aquí debido a los pueblos que desfilaron por la Península, de los que pude enterarme merced a la información llegada a mi vecino altiplano y según las conversaciones que pude escuchar; los siguientes sí que los pude presenciar, por lo que puedo dar fe como un privilegiado observador.  

Los oestrimnios, al igual que en la Península y como ya vimos, fueron los primeros en llegar, habitaron también Galicia hasta hace cinco mil años  aproximadamente; cuando, en dos oleadas sucesivas, arribaron nuevos habitantes.

Los celtas, conocidos en el centro de Europa como keltoi, llegaron y bautizaron a mi región como kalékoi ("los montañeses, los duros"). A diferencia de los oestrimnios llegaron desde la Península desplazados por los iberos y constituyeron un pueblo que era a la vez, culto y guerrero. Aquí, en mis zonas adyacentes y sobre mis propias laderas, desarrollaron la cultura megalítica caracterizada por su arquitectura, construcciones y sentido religioso. Rendían culto a los muertos, considerados mediadores entre el hombre y los dioses. Sus “mámoas” eran estructuras circulares de losas de piedras que contenían en su interior los dólmenes o “antas”, las cámaras funerarias. Estaban organizados por clanes. Durante la Edad de Bronce, hace cuatro mil años, desarrollaron la metalurgia gracias a la riqueza minera de nuestra zona produciendo utensilios y joyas de oro y bronce, los que comercializaban con Francia, Portugal y  las islas británicas. Mil años después introdujeron la cultura de los “castros”;  recintos fortificados con uno o varios muros concéntricos, precedidos de su foso y situados en la cumbre de las montañas. La economía de los castrexos se basaba en la agricultura, la ganadería y el pastoreo. Se superpusieron a los oestrimnios constituyendo sus élites guerreras, nobles y jefes de tribus, manteniendo una superioridad y estratificación social. Finalmente, y luego de mil años de presencia en mi región, dejando lo que se dio en llamar la “cultura castrexa”, pude ver con tristeza cómo sucumbían ante nuevos invasores.

Los romanos llegaron entonces, atraídos por los recursos mineros de la zona. Lograron el sometimiento a Roma de los celtas galaicos, astures y cántabros, superando previamente la fuerte resistencia y cohesión social y territorial de estos pueblos. Las victorias de los romanos dirigidos por Octavio Augusto en tierras de los astures y cántabros, terminaron definitivamente con la conquista de los galaicos. Trajeron nuevas técnicas, vías de comunicación, organización de la propiedad y una lengua nueva, el latín. Con ellos llegó el cristianismo, sustituyendo al paganismo reinante aunque previamente debió enfrentar al priscilanismo, basado en la austeridad y pobreza, de gran arraigo popular y que fue condenado como herejía. La caída del Imperio Romano en el siglo V terminó con el dominio sobre nuestro pueblo.

Los suevos hicieron entonces su aparición en Galicia, quienes mediante un acuerdo con el emperador romano Honorio formaron el Reino Suevo de Galicia. Los suevos aportaron los primeros genes de origen germánico por lo que contribuyeron, junto a sus antecesores celtas, a que muchos de los habitantes fueran de tez clara, rubios y de ojos celestes. Se convirtieron al catolicismo. Braga, capital de Gallaecia; Lugo y Astorga se transformaron en el tridente que sostenía esta religión. Se  propagó la noticia de la aparición de los restos del apóstol Santiago, surgiendo así Compostela. Hasta el fin de la Edad Antigua reinaron siete reyes, Remismundo el último de ellos. Los suevos no pudieron mantenerse mucho en el poder, frente pueblos vecinos más numerosos y terminaron sucumbiendo al cabo de medio siglo; por lo que mi territorio fue incorporado al reino de Toledo.   

 

2. Mis reflexiones

 

Hasta aquí les he compartido un sucinto resumen de los sucesos durante la Prehistoria y la Edad Antigua, tanto en Hispania como en Gallaecia, el que ha llegado a mis oídos merced a las múltiples conversaciones que he podido escuchar.  

Esta manifestación objetiva del comportamiento humano no constituye, sin embargo, el único legado que los pueblos habitantes de estas tierras han dejado a las nuevas generaciones.

En efecto, una dimensión hasta aquí no analizada e incluso más importante que la anterior, la constituyen los valores, virtudes y principios de dichos pueblos, que han sido incorporados  luego de diversos modos por dichas  generaciones a sus propios acervos culturales.

Mi fuente de información aquí es doble; por un lado, nuevamente lo oído por quienes llegaron desde allí; pero por el otro mis propias elaboraciones y conclusiones basadas en la observación de las actitudes subjetivas y los lenguajes no verbales que han adoptado en cada caso los testigos anteriores.

Creo que es el momento adecuado para compartirles estas reflexiones. 

 

Península Ibérica

 

Las mismas me dejan algunos conceptos clave que en el caso de la Península Hispánica, merecen ser destacados. 

La dominación celtíbera. Mostró un aspecto de este pueblo que habría de perdurar en la Península. Eran crueles en sus costumbres hacia los malhechores y enemigos, pero honorables y humanos con los extranjeros. Los invitaban a detenerse en sus casas y se disputaban entre sí por la hospitalidad y quien atendiese a los extranjeros era considerado como un ser amado por sus dioses. Fue un pueblo feroz e impiadoso en las batallas, dotado de armas eficientes para su época; pero esta dicotomía dejó un legado digno de destacar en la cultura hispánica.  

La romanización de Hispania. Dejó, al margen de lo mencionado en infraestructura, tecnología del agro y todo aquello observable objetivamente, una serie de valores y peligros dignos de destacar. Roma había tenido un sinnúmero de códigos de buen sentido que denunciaban lo bueno y lo malo y que sostenían que el Imperio atravesaba un largo período de decadencia. Lo malo no era la sociedad de clases sino el exceso. El Imperio romano no era sólo una unidad política forzada por la violencia, sino también una civilización del Mediterráneo y más allá. Sin embargo, sucumbió. A pesar que el aumento de la presión de los bárbaros contribuyó a su colapso; el proceso fue una transformación cultural compleja en lugar de una caída. El derroche y la lujuria contribuyeron. Fue un período de grandes cambios en el que se cuestionó lo viejo pero no desapareció del todo, sino que se transformó en algo diferente. La capital comenzó a perder su autoridad como centro del Imperio y las provincias adquirieron mayor autonomía. El Imperio era muy grande y difícil de controlar. Muchos propietarios rurales liberaron a sus esclavos entregándoles la tierra, los elementos de labranza y parte de la cosecha para mantener a su familia. A cambio el colono debía pagar fuertes tributos al dueño de la tierra. Grandes propiedades se autoabastecieron y apartaron de los circuitos comerciales. El propietario se fue convirtiendo en un soberano que gobernaba su región y a sus colonos. El último emperador, Teodosio, dejó como herencia el Imperio a sus dos hijos. A Honorio le cedió el Occidente y a Arcadio, el Oriente. Esta división terminó de debilitar al Imperio. Nuevas invasiones exteriores de godos y vándalos dieron el golpe de gracia a lo que quedaba de la gloria de Roma. Estas fueron las principales lecciones que dejaron los romanos en Hispania sobre lo que no se debía hacer.

La época visigoda. Se caracterizó por la falta de testimonios escritos en su propia lengua debido a su rápida romanización. En Hispania no se han conservado documentos visigóticos y se supone que, tras la conversión al cristianismo, quemaron todos los libros litúrgicos escritos en germánico pues reflejaban la religión arriana. Esto no quiere decir que no hubiese producción cultural durante el período visigótico. Se escribieron opúsculos religiosos, sermones y comentarios del Cantar de los cantares y del Apocalipsis, cánones, poesías; y florecieron la escuela sevillana, la de Zaragoza y la de Toledo. Los hispanorromanos, católicos, al perder el apoyo de Roma se agruparon en torno a sus obispos, formando un bloque de oposición contra los invasores. Los visigodos, arríanos, se sirvieron de la causa religiosa como elemento aglutinante de todo el pueblo frente al otro bloque católico. Durante mucho tiempo los dos pueblos vivieron cerrados en sí mismos, dificultando la fusión mutua. Con la conversión de los visigodos al catolicismo los contactos se hicieron más numerosos. Otra barrera consistía en el  distinto grado de civilización, muy superior en los hispanorromanos, pero siguiendo la ley que preconiza siempre la superioridad de la cultura a la fuerza, el pueblo visigodo dominó con las armas al hispanorromano pero fue a su vez dominado por la cultura y formas de vida de los vencidos. Pero a medida que la Monarquía visigoda se hizo más poderosa y con ella la Nobleza, fueron despojándose de sus antiguos usos y formas de vestir, acabando por aceptar el refinamiento de los hispanorromanos. Estas formas de acercamiento e integración formarían luego parte de las lecciones aprendidas para futuros invasores.

 

Galicia

 

Simultáneamente a estos sucesos que ocurrían en Hispania, en Gallaecia otros tan importantes habrían de tener gran influencia en ella.  

Los oestrimnios. Fueron los primeros en llegar y varios de sus atributos fueron legados a quienes los sucedieron. Entre ellos menciono que se trató de un grupo igualitario, con pequeñas comunidades y poco belicoso. También desarrolló una sorprendente arquitectura y un sentido de abstracción y trascendencia asociados a una gran religiosidad. En su mitología, centrada en la fecundidad y la muerte, era clave la figura del oficiante como mediador entre los dioses y los humanos. Sus petroglifos mostraban animales y humanos con sus armas, escudos e ídolos. Su otra destreza fue la caza, utilizando el tiro con honda, una de las técnicas más difíciles. Sus enormes dólmenes implicaron prodigios de mecánica para el traslado de sus rocas. Fueron hábiles carpinteros que utilizaban pesadas hachas de piedra para cortar y escuadrar enormes piezas rocosas.

Los celtas. Llegaron luego y se superpusieron con ellos, adaptándose bastante bien y logrando un trueque de costumbres y conocimientos. Debido a la abundancia de metales nobles sus piezas de ornamento y joyería no han tenido parangón en la historia, siendo muy valoradas. Esta cultura acabaría derivando en la cultura castrexa. Su sociedad era matriarcal, con una aristocracia militar y religiosa de tipo feudal. La máxima autoridad residía en  el caudillo militar, que gobernaba su castro; y en el druida, que era médico y religioso común a varios castros. Su visión cósmica era homogénea ya que los druidas se reunían en concilios con los de otras áreas, asegurando la transmisión de conocimientos y eventos más significativos. La distribución territorial en torno al castro era equivalente a las actuales comarcas; y la ocupación basada en fortificaciones era coherente con la presión poblacional y la presencia de minerales, entre ellos el oro, que causaba el interés romano por extender su dominio a este territorio. Al comienzo el pueblo celta ofreció una resistencia suficiente para detenerlo; pero finalmente la superioridad numérica y tecnológica de los invasores hizo que acabara sucumbiendo.

El pueblo suevo. Jugó también un importante rol en cuanto al legado de valores y principios que dejó en Gallaecia. Poseía un elevado nivel cultural en varios campos, siendo famosas la sabiduría y destreza literarias de San Martín Dumiense, obispo de Braga, cuyas obras canónicas y litúrgicas se irradiaron en todas direcciones, en especial hasta las sedes episcopales. Sus piezas de orfebrería como pendientes y broches, fueron reconocidas y surgieron de sus contactos culturales con el Mediterráneo. El II Concilio Bracarense enfatizó la consagración de las iglesias existentes y la necesidad de nuevas iglesias, desarrollándose entonces una actividad constructora y reconstructora intensa impulsada por la monarquía católica sueva. Les recuerdo que en esa época los visigodos, que recién comenzaban a llegar a Hispania, eran arrianos. Muchas iglesias que serían luego catalogadas luego como visigodas eran, en realidad, suevas. Los motivos célticos transmitidos a los suevos se vieron al comienzo reflejados en las iglesias y luego la influencia bizantina, hacia donde apuntaron los suevos, pero no los visigodos. El elemento estructural más característico pasó a ser su peculiar arco de herradura, el que fue convertido en emblema por el arte visigodo, aunque en realidad suevos y visigodos llegaron a compartir este mismo recurso. 

 

3. Mitos

 

El comportamiento humano no solamente se explica por los sucesos reales acontecidos en los pueblos, sino que también tienen la misma o aún mayor relevancia los mitos y leyendas que se van tejiendo durante siglos, alimentados por las supersticiones, creencias, temores y expectativas con las que las distintas razas los nutrieron; formando así el colectivo imaginario gallego.  Estas leyendas contienen creencias populares y un fondo natural y humano. Algunas son muy antiguas, de sentido común e instinto moral; mientras que otras por el contario, son producto de la imaginación y la fantasía, heredadas del pueblo celta.

 

El río Ulla es el Río del Apóstol; no solo por ser el escenario de la “Traslatio” (traslado de su cuerpo), sino porque además buena parte de su trayecto transcurre cerca de los caminos de peregrinación a Compostela.

Este río nace en mis entrañas y se extiende hasta la Isla de Cortegada en donde se vuelve femenino para convertirse en ría. El Alto Ulla es una zona a la que cruzan caminos de piedra y de polvo pisoteado por millones de pasos a lo largo de un milenio. 

El invierno se debate entre la nieve que me cubre y la niebla que penetra en el bosque que habitan los protagonistas de sus leyendas. Al seguir sus arterias peregrinas aparecen cruces de piedra del culto a la muerte; las románicas iglesias construidas por maestros canteros anónimos; nobles pazos de romántico señorío y los paisajes de aldea al pie del fuego de una “lareira” (chimenea).

Es un paisaje de piedra y agua; piedra como alma que da vida al espíritu, vivificada en el arte monumental, y agua de los pequeños ríos y del Río Ulla, espejos de  la más viva naturaleza. Es una comarca serena en la que reinan la placidez y el sosiego, reverdecida tras las lluvias del invierno, donde revive el paisaje de leyenda.

El río Ulla crea un frondoso valle armonioso propio de los territorios agrarios, donde abundan las carballeiras (robles), los soutos de castaños  y los abedules.

 

Entre la historia y la leyenda, entre las piedras ubicadas sobre mis laderas, se sitúan también los rituales druídicos a los que les atribuían poderes sobrenaturales.

Los druidas o sacerdotes estaban imbuidos de una inspiración. Creían en la inmortalidad del alma, la que después de la muerte pasaba de una a otra persona. Predecían el futuro observando el viento y los cantos de las aves. Estaban interesados en las estrellas y sus movimientos, el tamaño de la Tierra y el cosmos, el mundo natural y los poderes de las divinidades. Realizaban el sacrificio de animales sagrados trayendo bajo los árboles dos toros blancos, cuyos cuernos habían vendado. Con su túnica blanca el druida subía a un árbol para cortar el muérdago con su hoz de oro, mientras otros lo recibían. Luego los sacrificaban y rezaban para que el dios recompensara esta ofrenda con su gracia. Si eran cuestiones muy importantes la víctima era humana y al hundir una daga en su pecho observaban la dirección en que fallecía, cómo convulsionaban sus extremidades y brotaba su sangre, con lo que eran capaces de leer el futuro.

 

Es bien cierto que en las riberas de los ríos gallegos han nacido y crecido muchos conocidos poetas pero también lo es que al pie de las chimeneas, de las que se desprende el humo añorado de las aldeas de las verdes campiñas y frente al fuego purificador, también han visto la luz primera innumerables relatos de mi legendaria vecina, la tierra de A Ulloa.

Desde hace mucho tiempo se viene diciendo que en esta comarca, específicamente en el Ayuntamiento de Monterroso, junto a las personas normales habitan también seres con poderes muy extraños y otros que parecen ser diablos peludos que tienen el rabo retorcido.

A estos últimos se les reconoce el poder de crear tormentas de improviso, aún en los días veraniegos de sol radiante. Se les ha dado en llamar “nubeiros” o “tronantes”.

El temor que generan es tal, que el señor cura intenta alejarlos haciendo sonar las campanas de la iglesia parroquial de estilo románico a su cargo, con suertes diversas.

 

En el Castillo de Sirgal, en un antiguo castro sobre el que se erigió luego la fortaleza, existe un sepulcro cuya losa acumula agua de lluvia.

De ella se dice que permanece incorrupta durante todo el año hasta que los vecinos acuden a lavarse allí cada noche de San Juan, cuando deja de serlo.

Hay más de cien fuentes en la comarca de A Ulloa que tienen propiedades curativas, pero la más reconocida por los milagros que provoca es la que se conoce como el Campo de las Antas.

Al tener el manantial más milagrero, se la llama también el Riego del Santo o el Manantial del Agua Bendita.

 

Existen lugares que son reconocidos como propicios para la ocurrencia de sucesos mágicos. Entre estos lugares se encuentran los “castros” de origen celta.

 A uno de ellos, ubicado en el Ayuntamiento de Antas de Ulla, conocido como Santiago de Amoexa, se lo relaciona con los encantamientos de naturaleza más cruel, a los que son sometidos los “mouros” (gigantes que vivían en guaridas bajo la tierra) .

Estos seres provienen desde las culturas  oestrymnia y celta y habrían construido todos los monumentos antiguos, habitándolos luego subterráneamente.

Su nombre proviene de “morte” y “ouro”, viviendo bajo las piedras erigidas como tumbas y escondiendo grandes tesoros de oro obtenidos luego de excavar la tierra arduamente. Habrían creado un sistema de túneles que recorre Galicia de norte a sur. Viven también en castros y son a veces terribles y codiciosos pero otras, bienhechores.

Las “mouras” son hermosas mujeres que a veces reclaman la ayuda del hombre para romper una maldición que las convierte en serpientes. Para acabar con el hechizo el hombre puede sacarle la flor o darle nueve besos. 

 

Como vimos, el fuego de cada “lareira” y cada pequeña aldea de mi querida A Ulloa inspira y estimula los recuerdos de viejos relatos que la tradición legó a mis habitantes.

Pero el fuego es, además, el elemento bajo el que en Vila de Cruces se esconde una deidad protectora.

Si alguno de los habitantes de estos valles profundos se siente afligido por pena o tribulación le bastará avivar el fuego y pronunciar el ritual: “Manténnos siempre en la prosperidad y dichosos, tú que eres eterno, bello y siempre joven, ¡Fuego de nuestro hogar! Iré al Monte Faro en mayo cuando se encuentre resbaladizo y en la fuente escucharé tu canción, con el agua serpenteando a lo largo de las costas. Iré entonces a la ermita el día de Santa María en busca de la voz de antaño, mucho antes que el calor beba el rocío y atenderé allí al pedido de mi amiga”. Luego del ritual su tribulación desparecerá.

 

Breogán fue un poderoso jefe de las tribus celtas que poblaron la Gallaecia de los romanos en la Edad Antigua.

Aquellos a quienes llamaban bárbaros, habían designado con el nombre de Portus Magnus al puerto de la actual A Coruña y Brigantium a su ciudad.

La misma estaba situada en una pequeña isla, hoy unida al territorio por una construcción hecha sobre el istmo de arena y en ella gobernaba el jefe Breogán.

Las pequeñas barcas de mimbre recubiertas de cuero se abrigaban en la pequeña ensenada de San Amaro.

Cerca de allí y en una de las orillas de la costa que forma una colina de poca altura, Breogan había hecho construir una gran torre en la parte de la isla más próxima al mar abierto.

Aquella torre podría servir de guía a los navegantes y también podría, al encender en su elevada plataforma una gran hoguera, transmitir ciertas señales a grandes distancias durante la noche.

Estas podrían ser por ejemplo, el arribo de aquellas grandes naves de los comerciantes fenicios que venían a comerciar con los habitantes locales, el llamado a una convocatoria urgente frente a un peligro que amenazaba la ciudad, u otras de utilidad para las tareas de las proximidades.

Una tarde de otoño cuando la atmósfera era clara y transparente Ith, el hijo de Breogan, subió a lo alto de la torre y desde allí oteó el horizonte.

En la lejanía del mar, allá en los confines donde parece que se juntan las aguas con el cielo, le pareció divisar entre las brumas de la distancia otra tierra desconocida.

El deseo de saber lo que pudiese haber en aquel lugar hasta entonces ignorado hizo nacer en su imaginación la idea de realizar una apasionante aventura.

Por lo tanto pidió consentimiento previo a su padre para poder organizar una expedición y lo consiguió.

Tal vez al otro lado del mar hubiesen piedras desconocidas que ellos podrían trabajar para fabricar nuevos armas y herramientas, el preciado metal amarillo con el cual se labraban hermosas joyas, o quizás riquísimas frutas o semillas parecidas a la cebada o el centeno y otras útiles para la alimentación, lino para sus ropas, otros animales, o gentes con las cuales podrían comerciar.

La expedición se realizó a pedido de Ith.

Antes de la partida Breogán recomendó a su hijo que hiciera el viaje montado en su caballo sin apearse de él hasta llegar a destino.

Sólo así podría tener la certeza de que volvería a su tierra con facilidad.

Y de esta manera fue como los celtas de Galicia llevaron a Irlanda su civilización. Debido a ello se encuentran en ésta los mismos castros de casas circulares iguales a las gallegas; los preciosos torques de oro, emblemas de los jefes, semejantes nombres de ríos y lugares; y hasta la misma gaita con parecidos temas musicales.

En la peña del polvorín de Monte Alto, próxima a la torre, hoy existe  representado un grupo de hombres, mujeres y quizás niños o gentes del pueblo, en forma esquemática de cruces; algunas de ellas dentro de círculos, ¿navíos? Y hay un hombre a caballo, ¿Ith cuando va a embarcarse para la expedición?

Desde luego que aquello algo representa o recuerda a perpetuidad, por lo que es indudablemente un monumento histórico.

 

Cuando los romanos invadieron Hispania conquistando el sur y el este, quisieron avasallar también el resto de la Península.  

Les interesaba especialmente el noroeste, ya que sabían que allí existían muchos de los metales que ellos tanto ambicionaban: el hierro, el cobre y sobre todo el oro, con el que los naturales de la Gallaecia fabricaban aquellas joyas tan hermosas y apreciadas cómo eran los brazaletes, las diademas, los torques, los peines, y tantas otras.

Los generales decidieron entonces encaminar sus huestes hacia el norte, siguiendo las orillas del mar y, atravesando las llanuras de las regiones castellanas, pudieron penetrar así en la Lusitania y en la Gallaecia.

Los lusos y los galaicos, aun cuando eran pueblos poco guerreros dado que su vida era de pastores y agricultores, defendían no obstante sus vidas y sus poblados con vigor y heroísmo.

La hacían con el tesón y el valor de quién protege sus bienes y sus libertades y a pesar de que sus armas eran pocas y débiles contra las que empuñaban aquellas tropas aguerridas y bien pertrechadas y dispuestas para la contienda, cada lusitano y cada gallego era un héroe y hasta las mujeres luchaban desesperada y valientemente al lado de sus hombres.

Los romanos decidieron recurrir entonces al engaño y a la traición.

Las matanzas realizadas fueron horrendas y repugnantes al atacar por sorpresa y matar a cientos de lusitanos, con los cuales habían hecho un pacto de vida, sin matanzas, previamente.

Estos estaban dirigidos por un líder llamado Viriato, quien ocupaba esa posición merced a sus anteriores éxitos militares. Era considerado como «el terror de Roma» y algunos afirmaban que había reaparecido un héroe homérico; y solo merced a este cobarde engaño los romanos pudieron derrotarlo y asesinarlo.

Tenían un ejército de sesenta mil hombres al mando de Marco Junio Bruto que asoló el territorio y ocupó numerosas ciudades, llegando  hasta el río Limia. Aquí la tropa se negó a avanzar porque decían que aquel era el legendario río del olvido Lethes y que si lo cruzaban olvidarían su identidad y su patria. Bruto, agarrando el estandarte de la legión, lo cruzó y llamó uno a uno y por su nombre a sus soldados para convencerlos de que no había olvidado nada y podían proseguir la campaña.

Desde allí avanzaron hasta el río Miño, cruzándolo y siguiendo su marcha hasta llegar a la costa, viendo asombrados la puesta de sol en el océano.

Bruto atacó entonces a Gallaecia, zona llena de montañas y de selvas que limitan con el Océano, la que fue sometida luego de grandes y penosas guerras.

Los romanos llegaron a cercar el Monte Medulio, sobre el río Miño, en el que se defendía una gran multitud de hombres, rodeándole de un foso en una extensión de quince millas.

Desde allí salieron guerrilleros galaicos que hostigaron y sorprendieron a las huestes invasoras causándoles grandes bajas; pero al final los romanos consiguieron cercar el monte y atacar a los galaicos por los cuatro costados.

La pelea fue recia por ambos bandos. Mientras que las mortíferas saetas romanas cruzaban el aire de punta a punta del territorio de combate,  grandes piedras impulsadas por los galaicos rodaban monte abajo aplastando a los soldados que no las podían evitar y atrevidas jóvenes armadas con lanzas se mezclaban con los hombres, contribuyendo a la defensa.

Pero todo esfuerzo fue en vano ya que cada vez más y más oleadas de combatientes romanos subieron al monte por todos lados mientras los galaicos vieron mermar sus fuerzas y resistencias. Pero no querían rendirse. Las mujeres, con teas encendidas, encendieron fuego en los corrales y pronto todo el monte ardió, devorando el fuego árboles y malezas.

El triunfo de los romanos se logró solo por la superioridad en número y poder.

Cuando los celtas comprendieron que no podrían aguantar el asedio ni emprender una batalla optaron por una muerte voluntaria para no ser esclavizados, matándose con el fuego y con el hierro, o  en medio de una gran comida con un veneno que allí se extraía para  librarse de una la esclavitud que juzgaban más intolerable que la muerte.

En aquella lucha heroica del Monte Medulio, a orillas del río Miño, si bien es cierto que sucumbió un pueblo, el galaico; no es menos cierto que Roma perdió también lo mejor de sus huestes guerreras.

 

4. Historias (I)

 

Así como repasamos algunos de los sucesos y los mitos de Hispania y Gallaecia durante este largo período de tiempo, es momento de presentar ahora alguna de las historias que los personas de carne y hueso vivieron es esta época.

Como testigo afortunado de ellos, decidí entremezclar personajes reales con otros ficticios y producto de mi imaginación, a efectos de poder hilvanar sus implicancias a través de varias generaciones. Sin decirles cuál es cuál, estoy seguro que se darán cuenta de ello…. Y espero que me disculpen. A disfrutarlas, entonces.       

 

—Escucha, mi querida mujer Nubia , —las palabras de Ludovico suenan rudas aunque también cariñosas—.  Mi rey, Requimundo, me pidió que esté junto a él en esta nueva campaña.

—Sabes que nuestro hijo pronto nacerá, Ludovico. Prometo cuidarlo y protegerlo hasta que regreses. Cúidate, te necesitamos.

—Así lo haré, Nubia, por nosotros tres; iré a Braga y luego seguiré al rey hasta Lisboa.

La acción trascurre en el año 467 de nuestra Era en el valle de Monterrei, situado a ochenta kilómetros al sur de donde yo, el monte Farelo me yergo, y la noticia de la invasión sueva no ha tardado en llegar. Monterrei se halla ubicado estratégicamente dentro del triángulo formado por las tres ciudades más importantes del reino suevo: Braga, su capital, al oeste; Lugo, al norte; y Astorga, al este.

Ludovico es suevo y es la mano derecha e integra la corte regia de su rey. Es de gran estatura, con cabellos de oro anudados en una trenza sobre la frente para parecer más alto e imponente en el campo de batalla; y de terrible fiereza en la lucha.  Tiene ojos celestes y recias facciones. Un curioso rasgo le surge de tanto en tanto, sin ninguna aparente explicación lógica: le transpira la nariz.  

Por su parte su mujer, Nubia, galaica de origen celta-romano,  raza con la que los invasores de origen germano han comenzado a integrarse. Es de estatura mediana, piel blanca, cabellos largos y castaños y ojos pardos. Su cuerpo se disimula bajo una larga falda de lana. 

Habitan lo que en tiempos pasados fue un modesto castro celta, pero que la posterior llegada de las técnicas y materiales romanos permitió su mejora y sobretodo la pertenencia de Ludovico a una posición jerárquica privilegiada dentro de su pueblo contribuyó a que en esos momentos sea un proyecto de castillo en ciernes.    

Los guerreros suevos son un pueblo de temer, oriundos del norte de Europa, de Brandemburgo, a orillas del Mar Báltico, desde donde iniciaron campañas contra el César en las riberas del río Rin, avanzaron luego hacia el oeste y se enseñorearon de la esquina noroccidental de la Península Ibérica.  

Desde el primer rey, Hermerico, trataron de mantener su hegemonía, en pugna sobre todo con vándalos y visigodos.

Su segundo rey, Reiquila, llegó a conquistar de los vándalos una parte importante de la Bética. Este monarca representó la máxima expansión sueva, que se extendió por todas las provincias salvo la tarraconense, aun en manos imperiales.

Intervinieron entonces los visigodos contra el tercer rey, Requiario, y derrotaron a los suevos en la batalla del río Órbigo, ejecutando a su rey e imponiendo a Agiulfo como nuevo monarca, lo que provocó una guerra civil entre los suevos.

A partir de entonces había comenzado una edad oscura del reino suevo con la injerencia continua de los visigodos, que tendría una recuperación bajo Requimundo, quien se consolidó y generó un reflorecimiento político y cultural.

Requimundo se ha convertido al cristianismo arriano; aumentando la hegemonía de su raza sobre la Península, ocupándola prácticamente toda, con excepción de la provincia tarraconense. Han debido luchar contra los visigodos e incluso sufrir varias derrotas.

 

Han pasado ahora dos años desde la partida de Ludovico y este retorna a su hogar. 

—Aquí me tienes de regreso, Nubia, sano y salvo. He cumplido con mi promesa.

—Pues yo también, Ludovico; y fruto de ello es quien te está mirando con curiosidad.

—¡Es hermoso! ¡Ven, pequeño, que tu padre quiere estrecharte en sus brazos! No sabes cuánto soñé con este momento estando afuera. ¿Qué nombre le has puesto, Nubia?

—Se llama Segismundo y pronto cumplirá dos años. Creo que tiene algunos rasgos tuyos y otros míos ¿No crees?

—Es realmente precioso. Ojalá tengas una larga vida y que además sea muy dichosa, pequeño. 

—Bueno, y ahora cuéntame que sucedió desde que te marchaste aunque sea lo más importante, que ya de por sí, debe ser mucho.

—Como te dije, mi plan era juntarme con el rey y acompañarlo con mis hombres en su salida, pero antes decidí visitar a un par de primos míos y preguntarles si también querían ser de la partida.

—¿Y se unieron a ti y a tu gente?

—Pues sí que todos lo hicieron, y de buena gana. Mira, tanto el que está instalado en Vilameá, como el de Verín, vinieron conmigo y formaron parte de la corte regia.

—¿Y cómo les resultó la experiencia?

—Mejor no pudo haber sido. Piensa que ahora nuestro rey nos tiene en cuenta a los tres y no a uno solo y que descendemos de nuestros ancestros comunes de tan solo una generación. Era algo inimaginable cuando llegamos a esta tierras hace tan solo medio siglo.

—Me alegro por ellos; ¿y después de ir a buscarlos, qué hicieron?

—Los tres fuimos al castillo del rey en Braga, donde se los presenté y Requimundo me asignó un grupo de nobles que quedaría a mi mando. Eran un poco más de cincuenta.

—¿Y qué hay con los visigodos? ¿Qué planes tenía?

— Requimundo intentó acabar con la tutela visigoda y para ello inició un largo y finísimo acercamiento con la aristocracia galaica y la del norte de Lusitania. Esta vez quería utilizar un método pacífico, ya que estábamos en inferioridad de condiciones al considerar la cantidad de hombres que tiene nuestro adversario.

—Hummm…. Creo que las gentes de este pueblo no son de fiar.

—Lo mismo pensaba yo, Nubia, pero vez funcionó. Su plan dio como resultado la entrada pacífica del rey suevo en Lisboa y la plaza le fue entregada por el noble Lusidio, de esta ciudad.

—Bueno, siendo así, ojalá que esta paz sea duradera, por nuestro bien y en especial, por el de nuestro pequeño Segismundo.  

—Eso ya es mucho pedir, Nubia. Por el momento hemos de contentarnos con disfrutar de estos momentos.

 

Habría de suceder luego un período de casi un siglo, caracterizado por un equilibrio altamente inestable, de continuas luchas y éxitos parciales de ambos bandos en la conquista o defensa de estos territorios.

En dichos enfrentamientos participarían las tres generaciones siguientes de Ludovico y sus dos primos, sucumbiendo algunos de sus integrantes y siendo la última, la de sus biznietos, quienes a esas alturas ya se habían establecido como tres familias suevas regias de Monterrei y su vecina Verín; y Vilameá.   

Durante dicho período también habría de tener lugar el Concilio de Braga con su figura clave, San Martín Dumiense, llamado “el apóstol de los suevos” y hacia el año 560 reinaba el primer rey católico, Teodomiro.

—¿Te imaginas, Bermudo, si nuestros bisabuelos nos vieran ahora? —Kumerico, biznieto de Ludovico, formula la pregunta a su primo de Vilameá, en su noble casa de Monterrei—. ¿Qué dirían?

—Es difícil saberlo, Kumerico, pero creo en el fondo deberían sentir un gran orgullo de que a pesar de todos los familiares que hemos perdido en esta luchas, hayamos creado tres casas regias en un país al que prácticamente llegado muy poco tiempo atrás.    

—Mira, Bermudo, en mi caso tuve a mi lado a dos hermanos míos en el campo de batalla. Los tres dejamos nuestras familias para salir a enfrentar a los asesinos visigodos, que siempre nos superaron en número. Los vi morir a mi lado. Tuve la suerte de salir con vida. Mis deseos de venganza siguen intactos y nuca podré tener paz mientras haya un visigodo con vida.  

—No creas que yo estoy mejor, Kumerico. En mi caso, la víctima fue mi padre. No me dejó ir a la batalla porque aún era pequeño pero vi  como entraban en un pueblo vecino y violaban y luego mataban a las mujeres y niños.

—Sus familias quedaron a mi cargo y ahora tengo que mantener a tres. Reconozco que pertenecer a una familia regia es un privilegio pero nadie nos ha regalado nada. Eso me da algo de tranquilidad.

—Desde ya, Kumerico, la sangre derramada por nuestro pueblo suevo deberá ser vengada aunque quizás nosotros no lo podamos ver.

—Ahora, Bermudo, nuestro deber honrarlos como corresponde y hacer que quienes nos sucedan mantengan su misma actitud valiente y perseverante contra el cruel enemigo para lograr el bien de nuestras futuras generaciones.  

—De acuerdo, primo, y que Dios y Jesús nos sigan iluminando.

La misma curiosidad que presentaba su bisabuelo, también la tiene ahora de tanto en tanto Kumerico: le suda la nariz.

Los cambios de poder entre unos y otros fueron permanentes en dichas zonas pero la balanza se inclinó en favor de los visigodos veinte años después, dada su superioridad numérica sobre los suevos..

El rey visigodo Leovigildo habría de invadir los montes de Ourense e iniciar una larga guerra contra los suevos, plagada de cuestiones sucesorias y de conflictos religiosos ya que los visigodos todavía eran arrianos.

De esta forma recuperarían los visigodos la enorme franja de terreno del reino suevo formada por Orense, Asturias y Cantabria, los que en la práctica eran ya independientes.

En el año 576 Leovigildo penetró finalmente en el reino suevo, firmando la paz con el rey Miro.

Tan solo ocho años después derrotó definitivamente a dicho pueblo, conquistando todos sus territorios e iniciando un nuevo imperio en la Península.

 

 

En paralelo a la historia anterior, en tiempos de la dominación romana llegó desde Roma a una colonia ubicada muy cerca de aquí donde estoy situado, en el Pico Sacro, una familia de origen patricio cuyo apellido era Lupo.

Lupa o Loba, en latín, fue una figura fundamental de la mitología romana. Fue dicha loba quien alimentó a Rómulo y Remo.

De esta familia procedería la reina Lupa, de quien se cuenta que podría ser la representación de una diosa precristiana, probablemente la versión femenina de Lug.

Los Lupos darían así origen al apellido López (hijo de Lupo, o Lope), siendo entonces gallega la rama más antigua del mismo.

Se dan como escudos de armas de este apellido en Galicia a los formados por trece discos de oro sobre un fondo de color rojo vivo; y otro en el que en un campo de oro, una encina de color verde y dos lobos de color negro, uno por detrás y otro por delante del tronco; bordura de azul con ocho aspas de oro.

El matrimonio de los Lupos tendría luego dos hijos varones, que les dieron luego cuatro nietos; tres varones y una mujer, quien se convertiría en la futura reina Lupa, estableciéndose en Galicia y dando origen allí al futuro apellido López.

Por el contrario, su hermano y sus dos primos habrían de emigrar apenas alcanzaron la edad para poder hacerlo y sus destinos serían las regiones luego conocidas como Andalucía, Castilla y Valencia, donde llegarían alrededor del año 40 d.C. llevando a ellas el mismo apellido. 

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