La redonda

La memoria y otras historias

Antonio Jorge Salgado


—Buenas tardes, señora. Soy Tomás y hablé con usted ayer a la tarde —el joven se dirige a la secretaria, que lo mira detrás de sus amenazantes anteojos, frunciendo el ceño—. ¿Me recuerda? Era por el tema del bautismo y la comunión.

—¡Ah, sí! Pase, siéntese por favor —a pesar de su aparente circunspección, lo invita amablemente a ingresar a la oficina­—. ¿Me decía que…?

—Sí, ..que tengo un hijo de siete años y una hija de dos. Quisiera averiguar para que el mayor pueda tomar la comunión y además bautizar a la nena.

—Bien, le comento. Si son vecinos del barrio y su hijo está bautizado, para que tome la comunión debe prepararse primero —Tomás empieza a darse cuenta que nada es fácil en Buenos Aires, como lo era en Tucumán—. Hay un curso que se da en la Parroquia que empieza en Abril del año próximo y dura seis meses, a tiempo para que la pueda tomar el 8 de Diciembre, que es cuando lo hacen todos los niños.

—Entiendo, pero este año.. ¿no habría forma de..?

—Imposible, señor. Las normas son las normas aquí y hay que cumplirlas. No pueden haber excepciones. Y su hija ¿cuántos años tiene?

—Mecha tiene dos años, señora.

—En el caso de Mercedes, que supongo que así se llama, dada su corta edad, su voluntad de ser bautizada puede ser representada por la suya.

—Y en este caso, ¿es necesario tener que hacer un curso, señora?

—En este caso, señor Tomás, no es necesario un curso, pero usted, su señora y dos padrinos deben venir a un par de reuniones junto a otras parejas que también estén por bautizar a sus hijos, en las que un sacerdote les explicará el significado del bautismo y les pedirá su confirmación de que lo quieren realizar.

—Ya veo, señora.. ¿y hay algún requisito más?

—No, eso es todo. Los cursos se dan todos los primeros jueves de cada a mes a las 19 horas, en la oficina que está aquí en frente. No hace falta inscribirse previamente. ¿Alguna pregunta más?

—Sí, por favor. Junto a un hermano mío, queremos confesarnos. ¿Por favor me podría indicar cómo hacemos?

—Ahora cuando salga, en la entrada principal del templo están los horarios de las misas y las confesiones. Pueden venir directamente. ¿Tiene alguna otra duda?

—No, creo que por ahora no.

—Muy bien, acá le dejo un folleto con la historia de la parroquia desde su fundación para que se vaya enterando. ¡Que pase el siguiente!

— (¡Jodida la vieja! —piensa Tomás mientras se dirige a la entrada principal—. Y nosotros, que con Higinio queremos dar gracias a Dios por habernos salvado de la masacre el año pasado…)


Ha transcurrido un año desde la escena anterior. Nos encontramos en casa de los hermanos Gómez en Julio de 1969. Tomás acaba de arribar luego de acercarse a La Redonda. Tomasito y Mecha, sus hijos, han sido el motivo de consulta por el cual Tomás ha ido.


—¿Cómo te fue, querido, en la iglesia? —su esposa, Ana María, lo interroga apenas lo ve llegar.

—Conseguí toda la información, a pesar de todo…

—¿Cómo que a pesar de todo? ¿Qué querés decir?

—Que con el bulldog que tienen en la secretaría, más que atraer fieles, los están espantando. Pero, en fin… acá tengo el folleto que me dejó sobre la historia de la iglesia.


La Parroquia de la Inmaculada Concepción de Belgrano, a la que todos conocemos familiarmente como "La Redonda", recibió influencias de la Iglesia de la Gran Madre di Dio de Turín y del Panteón de Agripa de Roma.

Está enclavada en el verde marco de la plaza Manuel Belgrano y rodeada por una recova en la que se encuentra la vicaría, una llamativa casa colonial. Está ubicada en la calle Vuelta de Obligado, entre Juramento y Echeverría.

La primera capilla del barrio estaba situada sobre la antigua barranca, estaba dedicada a San Benito y fue edificada por el dueño de aquellas tierras para que sus esclavos, que trabajaban en los terrenos de entonces, tuvieran un lugar para oír misa. Muchos años después aquel oratorio fue donado a la Curia junto con sus tierras adyacentes, donde existían un horno de ladrillos y una calera, los que fueron explotados entonces por los padres franciscanos.

En un decreto de 1855, que aprobaba la delineación del pueblo, se disponía: "rehabilitar un viejo edificio allí existente para servir provisoriamente para una escuela y una capilla, mientras se construían los respectivos edificios para esos destinos"; y al año siguiente se inauguraron las obras con la asistencia del Gobernador Alsina junto a ministros, el arzobispo y una enorme concurrencia.

En 1860 se la declaró Parroquia, pero aquella capilla era "modesta en condiciones para una población de inusitado desarrollo, precaria por sus condiciones físicas e incómoda para su frecuentación a través de las calles de tierra a menudo enlodadas, urgía reemplazarla".

Fue entonces cuando la Municipalidad de Belgrano dispuso en 1864 organizar una Comisión para que se encargara de los trabajos destinados a la construcción de un nuevo templo.

Se realizaron todos los estudios necesarios para su factibilidad y la elaboración de un presupuesto, que resultó en un total de un millón seiscientos mil pesos.

La piedra fundamental se colocó en 1865 y se levantó un acta, la que fue depositada en un cofre junto con las plumas que utilizaron los firmantes de la misma, entre los que encontraba el Gobernador Alsina.

La construcción del templo fue encomendada al ingeniero Nicolás Canale y, luego del fallecimiento de éste en 1876, fue continuada por su hijo José, mientras que las últimas etapas estuvieron a cargo del arquitecto Juan Buschiazzo.

Por falta de dinero la edificación resultó lenta y para obtener más fondos se tuvieron que rematar los terrenos de la barranca donde se levantaba la antigua capilla y el edificio de la misma, con todas sus existencias. Un texto decía: "Hoy tiene lugar el interesante remate en el Paseo de la Barranca del edificio y terreno perteneciente a la Iglesia vieja. Recomendamos este terreno a los ricos capitalistas amantes de lo bueno y del progreso, mucho más siendo su producto destinado para la prosecución de nuestro colosal monumento, la Iglesia nueva".

El nuevo párroco de la misma, el padre Diego Miller, dedicó todos sus esfuerzos a la construcción del nuevo templo, obra que por su magnitud, necesitó también de la contribución de mucha gente. A un costado del Altar Mayor, sobre el muro, una placa recordaba a quienes integraban la Comisión a cargo de la misma: “Comisión de las obras de este templo. Padre Diego Miller, Padre Vicario Benjamín Carranza, Arquitecto Juan Buschiazzo, Señor Alejandro Caride, Señor Juan Corti, Señor Jorge Civit”.

La Iglesia fue inaugurada el 8 de diciembre de 1878 en una ceremonia a la que asistieron el Presidente de la República Nicolás Avellaneda, sus ministros, el Gobernador Carlos Tejedor y otras dignidades de la Iglesia.


El domingo siguiente Tomás, su esposa e hijos y su hermano Higinio han decidido ir a Misa de las 11 horas para que la conozcan, participen de la ceremonia e, indirectamente, animarse con este último a ir a confesarse durante la semana y luego comulgar el domingo siguiente.

Han llegado veinte minutos antes y sentados en la parte posterior del templo, antes de comenzar el oficio, observan todos los detalles y los comentan, murmurando por lo bajo.

—¡Cuánta cantidad de gente que hay en este lugar! —le dice Ana María a Tomás—. Jamás me maginé que iba a ser una ceremonia así.

—Es que Belgrano es un barrio muy populoso —contesta este—, y esta iglesia está en su ombligo, frente a la plaza.

—Te digo que tengo un poco de cagazo de venir a confesarme acá —le susurra Higinio a su hermano—. Me hace sentir un poroto y además, que el cura me va a sacar carpiendo.

—Dale, no seas marica. Nada de eso. ­—responde Tomás—. Están para ayudarnos y perdonarnos las macanas que hacemos.

—Yo estoy de acuerdo con Higinio —acota Ana María—. Me siento intimidada por esta ceremonia y la multitud que hay. Escuchame, Tomás, cuando vengamos a bautizar a Mecha ¿va a ser algo así? Me muero…

—No, Ana, no.. es algo íntimo, solo participamos los que venimos a bautizar a nuestros hijos y el cura.. No arrugues ahora..

—Pa, mirá esos dos chicos que acaban de entrar con túnicas blancas y una campanita —Tomito llama la atención de su padre—. ¿Quiénes son y qué hacen?.

—Se llaman monaguillos, hijo, y lo ayudan al cura cuando da la misa. Hacen sonar la campanita en algunos momentos que son importantes para llamar la atención de la gente.

—Cuando sea un poco más grande, me gustaría ser como uno de ellos ¿podré?

—Después que tomes la primera comunión el año próximo sí, pero por ahora sos muy chico.

—¡Miren las estaciones del Vía Crucis! Son imponentes y lujosas —acota Ana María—. Aquí todo es enorme. No me lo imaginaba para nada...

—Pues ya te tendrás que air acostum……

—…¡Ssshhhh! Por favor dejen de hablar por lo bajo, que molestan y está por empezar la misa —una señora mayor ubicada en el banco de atrás reprende a la familia.

—Disculpe, señora —le responde Ana María, girando la cabeza y clavando fijamente sus ojos en ella—.Ya terminamos. .


El templo está inspirado por el neorrenacimiento italiano y se encuentra sobreelevado del nivel de la acera.

En su fachada una escalinata de mármol conduce a la entrada principal y también se puede acceder al templo por las escaleras y puertas laterales.

La fachada presenta un pórtico de gran volumen, el que está sustentado por una serie de columnas apareadas, con fuste liso y capitel corintio.

En su interior dieciséis columnas apareadas distribuidas alrededor de un centro forman un anillo, sobre el que descansa el peso de la gran cúpula, que llega a los veinte metros de diámetro.

Una galería con solado ajedrezado y columnas rodea al edificio, la que se interrumpe por el campanario, adosado a la masa circular por la parte posterior.


Días después, un sábado por la tarde llega de visita a la casa de Tomás y sus hermanos en Belgrano, su hermana Cecilia, que vive con su marido Hugo y su hijo Pedrito en su modesta casa que alquilan en San Fernando.


—¡Qué sorpresa Ceci, por fin viniste! —Joaquín es el primero que la ve llegar y corre a abrazarla—. Les aviso a estos vagos. ¡Vengan ché, que los buscan!

—Y.. si no vengo yo, si fuera por ustedes me puedo morir tranquila que ni se enteran, ¿no?

—No jodas ni te hagas la víctima. Mirá, acá están Tomás y los dos purretes.

—Hola, bienvenida, pero,... dejame verte… ¡vos estás..! —le espeta Tomás.

—¡Sí, salame, sí..! Esta panza no la crié morfando… y va a reventar a fin de año.

—¡Felicitaciones, hermana, que sea con la mejor de las suertes..! Los cinco hermanos se suman para abrazarla.

—Pero, decime, mi sobrino Pedrito ¿cuántos años tiene ahora? —Mario, el menor, quiere saber —. Debe estar enorme, ¿no?

—Cinco. Ya el año próximo va al cole.

—¡Qué lo parió! Parece que hubiera sido ayer cuando lo vi gatear en este patio —agrega Higinio.

—¿Y tu marido y vos siguen laburando en Fate? —es el turno de Ramón, el penúltimo— ¿Cómo hacen para aguantar tanto?

—Menos mal que a Dios gracias, con eso conseguimos parar la olla, porque si no… ¡en este país!

—Bueno, dale, dale, entremos y así almorzamos todos juntos… —Tomás toma la iniciativa—. ¡Ana, mirá quién vino! Hoy hay puchero para todos…


Día más tarde, aprovechando un mini-descanso, Tomás tiene una charla con el encargado del bar donde trabaja..


—¿Sabe, don Luís?, en los últimos tiempos nos han pasado algunas cosas a mi familia y a mí —arranca Tomás en busca de consejo.

—¿Ah, sí? Hace mucho que no hablamos. ¿Cómo andan?

—En general bien. Higinio empezó a trabajar de mozo en una pizzería de Cabildo, Joaquín es tornero en una fábrica de repuestos para coches, y los más chicos, Ramón trabaja en un almacén y el más chico, Mario, que ya tiene diecisiete años, está ayudando en una carpintería mientras termina el secundario. Quiere ser abogado, no se anda con pavadas el mocoso.

Me alegro mucho, Tomás. Tenés que pensar que todo eso te lo deben a vos en parte, que fuiste el primero que encaró para esta ciudad y luego los fue llamando.

—Sí, sí, don Luís, y eso también se los debo a ustedes, que me mantuvieron en el laburo desde que llegué y que ahora me dieron la responsabilidad de la cocina. Pero hay un par de cosas más que quiero contarle, a ver qué le parecen.

Dale, desembuchá, soy todo orejas.

—Gracias, como siempre, don Luís por hacerme la gamba. Mire, la primera y no se lo tome en serio ni a risa, es que estoy empezando a acariciar la idea de largarme por mi cuenta con mi bar propio. Por supuesto que no voy a hacer locuras ni dejar un sueldo fijo por una aventura hasta no haber juntado un mínimo capital, pero para más adelante le tengo que ser sincero. La idea me seduce. ¿Le parece muy loco? Dígame la verdad, por favor, don Luís, usted es más que un padre para mí.

—Mirá, Tomás, en primer lugar, no me río para nada ni parece algo loco. Pero lo más importante es que creo que hay cosas en la vida que las podés hacer en un momento dado, pero no más adelante; y que creo que tu momento te está por llegar dentro de no mucho. En otras palabras, ¿si no arriesgás ahora, cuándo lo vas a hacer? Creo que sos muy inteligente y despierto para los negocios y que es muy probable que te vaya muy bien. A nosotros nos va a resultar difícil perderte, pero en el fondo nos vamos a alegrar porque te lo merecés. Desde ya contás con toda mi ayuda ante la menor duda que tengas.

—Gracias, don Luís, no esperaba menos de usted. No tengo palabras para que se dé cuenta de todo lo que lo aprecio..

—Dale, no te me declares ahora.. ¿y la otra cosa cuál es?

—¡Ah, sí! La otra tiene que ver con la iglesia ¿sabe? Y no se me ría.

—Contame, dale, que es un tema serio..

—Bueno, por un lado decidimos con mi esposa bautizar a mi hija y que mi hijo tome la primera comunión, así que fui a La Redonda y hablé con la secretaria, que me dio un folleto sobre la Parroquia y toda esa sanata. Pero, aunque no lo crea, con Higinio decidimos confesarnos y comulgar para agradecerle a Dios por habernos salvado de la masacre de Ríver. Así que comencé a ir a misa a La Redonda con mi familia y pasó algo que no tenía previsto; y fue que nos gustó y ahora vamos todos los domingos.. ¿puede creerlo?

—Sí, que lo puedo creer. Mirá, yo soy católico pero no practicante. Hace ya muchos años que no piso una iglesia, pero comprendo y respeto mucho a la gente que lo hace. Creo que, en el fondo, los envidio porque se sienten parte de una comunidad y obran para honrar a lo que más creen, el Creador, justamente, ni más ni menos. Por lo tanto, nuevamente tengo que felicitarte.

—¿Sabe que me siento más aliviado por haberlo compartido? Es como si me hubiera confesado en La Redonda..

—Me alegro, y a propósito de La Redonda, ¿sabés que hace quince años corrió un serio peligro?

—No, don Luís, no tengo ni idea..


En 1955 el presidente Perón ordenó la quema de varias iglesias antiguas de Buenos Aires, ante el silencio y complicidad de otras autoridades, causando un verdadero estrago para la Iglesia Católica argentina.


No sólo fueron quemadas las iglesias y las imágenes sino que también fueron profanados los Sagrarios, los copones de oro robados por la plebe peronista disfrazada con las vestiduras sacras y bailando entre risotadas infernales sobre las hostias consagradas tiradas a la calle.

Fueron incendiadas las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, las Victorias, San Nicolás, La Piedad y la Curia metropolitana con todos los archivos desde la Colonia allí guardados, entre otras.

Después de este atentado, los días del presidente estaban contados. Cuando cayó, lo hizo sin que el pueblo argentino, que era más católico que ahora, intentara defenderlo, porque no pudo tolerar el sacrilegio.

Se han inventado luego excusas, como que el “peronismo era la barrera contra el comunismo” o que “sin el peronismo el país era ingobernable”, pero las iglesias en llamas son un argumento perpetuo contra tales argumentos.

Hasta la década de 1970 los franciscanos, cuya iglesia fue una de las incendiadas, guardaban las imágenes decapitadas y semi carbonizadas rescatadas de las ruinas, como una acusación permanente contra aquel acto de barbarie. Pero al regreso de Perón en 1973, aquellas reliquias desaparecieron ante el silencio de la Orden, por lo que se supone que fueron eliminadas impíamente.

Esto incendio no afectó directamente a La Redonda, primero porque estaba alejada del radio céntrico de la ciudad, donde ocurrieron los desmames, pero además debido a que el párroco de aquellos años, Virgilio Filippo, se había desempeñado como diputado nacional entre 1948 y 1952, representando al partido peronista.


Estamos en Diciembre de 1968 y el día anterior a la fiesta patronal, el 7 del mes, se ha producido el bautismo de Mecha, la hija de Tomás y Ana María; y de Pedrito, el hijo de Cecilia, quien finalmente se decidió a acompañar con su esposo a su hermano en esta ceremonia. También se ha hecho presente su hermano Joaquín, quien ha sido padrino de Mecha, mientras que Cecilia ha sido la madrina. Los padrinos de Pedrito han sido Tomás y Ana María, con lo que todo quedó en casa. El resto de los hermanos no ha podido acompañarlos porque está trabajando.

Al cabo de la misma se dirigen a la pizzería Génova, en Cabildo y Monroe, donde trabaja Higinio como mozo y les ha reservado una mesa.


—¿Qué tal, cómo les fue? —los recibe apenas los ve llegar y los conduce hasta la misma—. Parece que bien, por la cara que tienen.

—Sí, todo estuvo muy bien y todavía estamos un poco emocionados —le responde Ana María—. Ya están los dos bautizados.

—Higinio, gracias por la reserva y sobre todo por el descuento que nos conseguiste —Tomás lo abraza sonriendo—. No estamos para grandes festejos.

—Tenés que agradecérselo al encargado, mi jefe —responde Higinio—. En cuanto lo comenté quiénes y por qué venían, me lo ofreció de inmediato. Después seguro que pasa a saludarlos. Dale, siéntense que ahora les traigo la picada.

—Bueno, ya lo escucharon —Tomás y el resto del grupo toman asiento, mientras comentan la ceremonia.

—A mí el cura, mucho, mucho que digamos no me gustó —dice Cecilia—. Me pareció muy serio y poco amistoso con nosotros.

—Tenés que pensar que solo está haciendo su trabajo, y además es el párroco de esta iglesia —responde Ana María—. Con la cantidad de bautismos que debe haber hecho en su vida, este es solo un número más.

—Miren, esto refuerza lo que pienso —agrega Joaquín, valiéndose de lo dicho por su cuñada—. Yo, la verdad es que descreo de la religión. Por supuesto que acepto y respeto lo que piensan los demás, pero en el fondo, fondo…., no se…. Me parece que hay muchas cosas sobre las que la iglesia debería haber actuado y no lo hizo.

—¿Por ejemplo, cuáles, Joaquín? —lo interroga Tomás, a quien mucho no le gusta lo que está escuchando.

—Los pobres, por ejemplo. Jamás vi un cura hambriento o pidiendo limosna por la calle. Trabajar, trabajar, no se matan que digamos y, sin embargo no les falta nada. Y ni que hablar de cómo viven en el Vaticano, por lo que escuché. No sé.. hay algo que no me cierra…

—Pero, salame, acabás de apadrinar a Mecha y se supone que vas a ayudarla a ser una buena católica con tu ejemplo—Tomás le responde frunciendo el ceño—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Y lo voy a hacer, Tomás, quédate tranquilo. Como te dije, respeto mucho las creencias de los otros. Ella nunca sabrá que tiene un tío y padrino un poco calavera, como todo soltero. Te lo prometo.

—En fin… las cosas que hay que escuchar en la viña del Señor… Espero que nunca se entere de tu vida de bacán, más te vale.

—Y.. cambiando de tema —Cecilia quiere cortar cuanto antes con esta charla—, me dijo un pajarito que vos, Tomasito, estás pensando en largarte por tu cuenta con un negocio, ¿es tan así?

—Esta bocina de mi mujer, no sabe guardar un secreto… —Tomás le reprocha a Ana María—. No sé bien qué te dijo, pero sí, algo de eso hay de cierto.

—Bueno, bueno… —Joaquín toma el cabo suelto—, y después me acusan a mí de ocultar detalles de mi vida.. ¿y por casa, cómo andamos?

—No se pueden comparar los secretos, Joaquín, pero ya que preguntan, les cuento. Todavía es una idea a la que estoy dándole forma y no hay nada seguro. Lo que quiero es abrir un bar chico pero propio, para poder llevarlo adelante. Creo que con todos estos años que estuve trabajando, tengo la experiencia para hacerlo bien. Y es eso, estoy… viendo si hay algún local al que llegue con mi presupuesto. Lo consulté con el encargado de donde trabajo y me dijo que le parecía que me iba a ir muy bien. En fin, veremos…

—Una movida arriesgada, hermanito, ¿no? —le pregunta Cecilia—. Tenés que estar muy seguro. Mirá que tu familia necesita la guita a fin de cada mes.

—No hace que me lo recuerdes, Ceci. Te aclaro que después de hablar con el encargado, lo consulté con Ana y luego en la Parroquia y todos me animaron a hacerlo y rezarán por mí. Hasta Dios me hizo un guiño de ojos.

—¡Ah, bueno!, si Él te lo dijo, no podés fallar ­—Joaquín le palmea la espalda sonriendo.

—Bueno, basta de cháchara, que acá nos vienen a servir la picada —Ana María lo ve venir a Higinio con los platos—. Gracias cuñado, si no fuera por vos, estos hermanos tuyos no paran de cotorrear.


Posteriormente a los hechos narrados de la Parroquia, en la misma se llevaron a cabo y aún lo continúan haciendo, distintas restauraciones interiores como el órgano de tubos, el altar de la cruz, las paredes interiores y las imágenes de los santos, ya que aparecen desmejoradas por el paso del tiempo. Esto es posible gracias a las contribuciones de los fieles que concurren frecuentemente; y esto es de gran importancia, ya que ayuda a preservar este patrimonio histórico para el barrio y la ciudad.

Desde la década de 1950 en adelante en La Redonda tuvieron lugar diversas acciones pastorales alentadas por los padres Filippo y Raybaud, a cargo de la misma, y por la Acción Católica, que tenía una gran llegada al vecindario.

La primera actividad con la que los niños tomaban contacto con el templo, luego de su bautismo, era la preparación para la Primera Comunión. Esta se desarrollaba durante los seis meses previos a la ceremonia, que tenía lugar los días de Diciembre, coincidiendo con la fiesta patronal. Esta actividad estaba a cargo de una voluntaria de la Acción Católica, con la supervisión de uno de los sacerdotes.

En la parte posterior de la iglesia, el predio tenía unas salas donde se dictaban cursos de inglés y dibujo y se ayudaba a los niños a hacer sus deberes escolares.

Durante unos años, un grupo de voluntarios creó un club parroquial: Pecos Bill. Construyó un cine sobre un gran patio que había en el predio, con largos y amplios escalones que oficiaban de butacas. Los domingos por las tardes, desde las 15 hasta las 18 horas se proyectaban dos películas de aventuras, que producían la algarabía de la menuda concurrencia. Durante el intermedio aparecía el sacerdote para tratar de adoctrinar al grupo, aunque muchas veces no lo conseguía por el griterío que imperaba en el ambiente.

Otra de las actividades del club eran las excursiones a una quinta que el párroco poseía en Ituzaingó. Eran los domingos y se partía a las 10 de la mañana, luego de la misa, para regresar a las 20 horas. Al mediodía se servía un asado preparado por los caseros. El resto del día era libre y la mayoría se dedicaba al futbol, la paleta, embocar en el sapo u otras actividades infantiles.


Estamos ahora a mediados de 1969 y Tomito, próximo a cumplir ocho años, está aprendiendo el Catecismo, como requisito para tomar la Primera Comunión el 8 de Diciembre de ese año. Para ello debe concurrir a la Parroquia dos veces por semana por las tardes, a la salida de la escuela. Ana María, llevando en el cochecito a su hermanita Mecha, de dos años, se encarga puntualmente de ambos compromisos, y de esperarlo cuando termina el Catecismo para llevarlo de regreso a su casa. La enseñanza se imparte en uno de los salones que están en la parte posterior del templo y el grupo en el que está Tomito es de quince niños y niñas.

—¿Cómo sigue el padre, señora? —Ana le está preguntando a la secretaria de la parroquia por la salud del párroco, ya que se ha enterado de que no es muy buena.

—Si quiere que le sea sincera, la salud del padre Filippo no está nada bien. Tanto es así que ayer lo ha venido a visitar el Obispo. Es la primera vez que lo hace.

—¿Cuánto hace que el padre está en la parroquia?

—Desde el año 1939, o sea treinta años. Imagínese, toda una vida.

—Bueno, esperemos que se mejore.

—Ojalá, pero lo dudo mucho. Igual, si hay alguna novedad, ya se avisará a toda la comunidad. Pero mire, ahí están saliendo los chicos del Catecismo.

—Hola Tomito, ¿qué tal?, ¿cómo te fue?

—Bien, mamá, pero hay que estudiar y memorizar muchas oraciones. ¡Es muy difícil!

—Vale la pena, hijo, creeme que vale la pena. Es una vez única y te sirve después para toda la vida. Vamos andando, que está haciendo frío.

—¿Sabés que hoy me explicaron algunas cosas que hay en la parroquia, y que me gustaría anotarme? Los que van me dijeron que están muy buenas… ¡Dale, ma, por favor…!

—Me gustaría Tomito, pero no puedo estar quedándome todos los días de la semana con el bebé esperándote a que termines en la parroquia hasta las siete de la tarde. Se pone muy molesto y tengo que darle de comer. Creo que el año próximo no habría problema, y además ya vas a ser un poco más grande y tal vez si hay algún compañero que viva cerca de casa nos podemos turnar con su madre para ir a buscarlos.

—Les voy a preguntar a los chicos donde viven para ver si hay alguno cerca. Ojalá que pueda venir, y además ya no voy a tener el Catecismo, o sea que tendré todos los días libres.

—Eso me parece mejor. Por lo que pude ver en el folleto que me trajo papá en día que vino, sé que las personas que ayudan dan clases de inglés y dibujo gratis. ¿Es eso lo que te contaron?

—Sí, eso es una parte, pero además tienen el club Pecos Bill, con campeonatos de futbol en el patio de la parroquia, tienen metegoles, dan películas los domingos, y hacen excursiones a una quinta del padre de vez en cuando. Me quiero anotar. ¡Dale, por favor, sé buenita, ma…!

—Ya te expliqué que este año no, pero el año próximo te prometo que durante la semana, por lo menos dos días te puedo traer, y en cuanto a lo otro, lo tengo que hablar con tu padre. Pero primero, terminá el Catecismo, tenés que tomar la Primera Comunión, y otra cosa muy, pero muy importante…

—¿Qué es? No puede ser tanto como para que me des permiso o no, ma…

—Que cuando hable con tu maestra en la escuela me diga que sos un buen alumno. Eso es todo...

—Esto dalo por hecho. Está chupado, como dice mi compañero español….


El padre Filippo falleció ese año y los nuevos párrocos que lo sucedieron continuaron desarrollando nuevas actividades lúdicas para niños, así como incorporando otras para atraer a jóvenes y personas mayores a la feligresía de La Redonda.

Durante las últimas décadas esta se vio mermada por la aparición de otro tipo de expresiones de fe cristianas no católicas, como las evangélicas, presbiterianas y metodistas, entre varias más.

A comienzos del año 2013 el Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina Jorge M Bergoglio fue elegido Papa, adoptando el nombre de Francisco. Este hecho, si bien al comienzo, suscitó un retorno a la práctica religiosa activa de muchos fieles, este fenómeno se fue diluyendo, con lo que la participación de los católicos en las misas en general continuó decreciendo. La Redonda constituye, no obstante, una excepción a esta regla, ya que en sus misas se puede apreciar una nutrida concurrencia.

Actualmente en la Redonda se desarrollan los Grupos Juveniles, un espacio pensado para jóvenes de los colegios secundarios y las universidades. Allí los integrantes de los grupos tienen distintas actividades como la organización de campamentos, convivencias, retiros de fines de semana y en febrero el campamento de verano, que suele realizarse en Bariloche, Córdoba, Mendoza o en la Provincia de Buenos Aires. Además se organiza anualmente la Peregrinación Juvenil a Lujan.

En la Iglesia también funciona el SIPAM (Servicio Interparroquial de Ayuda Mutua), asistiendo a las familias con necesidades básicas insatisfechas o que estén pernoctando en la vía pública, dando ropas dos veces a la semana. También funciona un comedor que ofrece un plato de comida y el postre a cien personas aproximadamente de lunes a sábados. Estos programas son atendidos por voluntarios, personas que hacen este trabajo en forma gratuita.

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