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La "Leyenda Negra"

Una dura mirada al papel histórico de España en América Latina

Roberto Fernández Retamar, El Correo de la Unesco, editado por Tony Salgado

 

"En los últimos años, el debate sobre la cultura latinoamericana se ha vuelto cada vez más vivo. Se ha hecho hincapié en la herencia indígena amerindia y africana, al tiempo que se han señalado las diferencias o, como quieren algunos, las afinidades que caracterizan la relación de América Latina con Occidente.

Pero existe otra herencia, que podríamos llamar "intermedia", ni indígena ni propiamente occidental: la herencia ibérica.

Es obvio que gran parte de la cultura latinoamericana procede de España. Pero aunque no hay que exagerar esta influencia española, tampoco hay que minimizarla ni despreciarla.

Los latinoamericanos recibieron de España mucho más que su lengua, pero la lengua indica la forma especial en que se transmitió la herencia ibérica.

Refiriéndose a la unidad de la lengua española, el historiador español Ramón Menéndez Pidal dijo: "Se puede decir que hay dos tipos de español culto, igual que hay versiones americana y británica del inglés, que se distinguen principalmente por peculiaridades de pronunciación."

Esta evidente diferencia fonética puede considerarse un signo de riqueza, y afortunadamente no ha puesto en peligro la unidad de nuestra lengua, ya que "los pueblos surgidos del antiguo Imperio español se comunican hoy mucho más entre sí que cuando pertenecían a un solo Estado". De este modo, se ha preservado la unidad de la lengua española, enriquecida por las aportaciones de las distintas regiones en las que se habla.

En otros aspectos, la situación es mucho más compleja. A los hispanoamericanos nos gusta decir que descendemos no de los que se quedaron en España, sino de los que vinieron a América y cuyos hijos dejaron de ser españoles, convirtiéndose primero en creóles, y más tarde, entremezclándose con otras etnias, en latinoamericanos.

Hispanoamérica comenzó a romper sus lazos con el maltrecho y decadente Imperio Español hace más de 150 años; y España perdería su última posesión americana, Cuba, en 1898. Mientras tanto, Hispanoamérica intentaba definir su propia identidad estableciendo una clara distinción entre el viejo y el nuevo continente. Determinar qué la diferenciaba de la madre patria era una tarea compleja, pero aún más difícil resultaba proponer soluciones distintivamente latinoamericanas. Como resultado, muchos se vieron atraídos a los brazos de otras potencias codiciosas: como si, como exclamaba el escritor cubano José Martí (1853-1895), cambiar de amo equivaliera a ser libre. La disposición a aceptar soluciones "occidentales" era típica de ciertos grupos hispanoamericanos, ávidos partidarios de la modernización. La animaba el lamentable estado en que había caído España y su inicua explotación de las nuevas naciones. Pero también lo alentaba el hecho de que, desde el siglo XVI, España y todo lo español habían caído bajo el estigma de la "Leyenda Negra", que convertía la palabra "español" en sinónimo de crueldad reaccionaria y ciega. Como consecuencia, muchos hispanoamericanos rechazaron su herencia hispana.

La Leyenda Negra fue aparentemente el producto de una comprensible repulsión contra los monstruosos crímenes cometidos en las Américas por los conquistadores españoles. Pero incluso un mínimo respeto por la verdad histórica demuestra que esto es sencillamente falso. Por supuesto que hubo crímenes, y monstruosos. Pero si se comparan con otros cometidos en siglos posteriores, no fueron más monstruosos que los de las potencias metropolitanas que siguieron el ejemplo imperial español, sembrando muerte y destrucción por todo el mundo.

En las conquistas llevadas a cabo por las demás potencias occidentales no faltaron asesinatos y actos de destrucción. Lo que sí les faltó fueron hombres escrupulosos como Bartolomé de Las Casas, defensor de los derechos de los indios (véase El Correo de la UNESCO, junio de 1975), y debates sobre la legitimidad de la conquista como el lanzado por los dominicos, que sacudió al Imperio español.

Esto no significa que los disidentes, que representaban una pequeña minoría, consiguieran hacer prevalecer sus puntos de vista; pero sí consiguieron defenderlos ante las más altas instancias. Fueron escuchados y, en cierta medida, sus ideas se pusieron en práctica.

Según el académico chileno Alejandro Lipschutz, "la Leyenda Negra es peor que simplista: es propaganda malintencionada. Es simplista porque todas las conquistas imperialistas han adoptado y siguen adoptando una forma igualmente traumática".

Laurette Séjourné, arqueóloga mexicana, admite que "ahora está claro que la condena sistemática de los españoles ha desempeñado un papel pernicioso en este vasto drama, porque saca la ocupación de América Latina de su contexto mundial. El colonialismo es el pecado mortal de toda Europa... Ninguna otra nación se habría comportado mejor... Por el contrario, España ostenta aquí una importante distinción: es el único país hasta la fecha en el que se alzaron poderosas voces contra el acto de conquista imperial".

La Leyenda Negra se urdió con un objetivo: desacreditar a España, primera potencia europea del siglo XVI. Otras potencias de la época conspiraban para usurpar su lugar, y finalmente lo consiguieron. Así pues, fue la burguesía de las otras potencias coloniales la que inventó la Leyenda Negra.


 

La Leyenda fue una hábil arma ideológica en la lucha de poder intercolonial que acompañó al auge del capitalismo y que iba a durar varios siglos (aunque a finales del siglo XVII el resultado estaba prácticamente decidido a favor de las nuevas potencias coloniales).

En cualquier caso, es importante recordar que en España, como en cualquier otro país, no había una sino dos culturas: una cultura de la clase dominante y otra popular; una cultura de los opresores y otra de los oprimidos. Esta última cultura era la viva y auténtica, y es la que defendemos los hispanoamericanos.

Pocos países, además, fueron tan plenamente conscientes de esta dualidad como España. La idea de una dualidad exterior (Europa/España) se convertiría en un tema constante del pensamiento y la literatura españoles desde el inicio de la decadencia del país. Sin duda, se debe al hecho de que España fue la primera en la vanguardia del desarrollo capitalista y de la expansión europea, y que iba a ser superada y finalmente dejada atrás por el movimiento capitalista al que había contribuido.

El famoso epitafio de la escritora española Mariona José de Larra es revelador. En su Día de Todos los Santos de 1836 señaló: "Aquí yace media España, la mató la otra media".

No es de extrañar, pues, que la Leyenda Negra antiespañola refleje una de las diversas e intolerables formas de racismo. Basta recordar el clásico comentario de que "África empieza en los Pirineos", que expresa la aversión de Occidente por todo lo que es diferente de sí mismo, una diferencia personificada en este caso por África. También en este caso la España tradicionalista se equivocó irremediablemente al sentirse ofendida por esta apreciación.

Existe la ridícula idea de que, como la "España eterna" estuvo ocupada durante siglos por infieles árabes a los que finalmente consiguió expulsar, preservó en consecuencia la pureza católica y eliminó de Europa la "amenaza bárbara islámica". Esto puede rebatirse señalando una verdad mucho más poderosa: cristianos, árabes y judíos españoles convivieron en España durante siglos y se influyeron mutuamente de forma fructífera.

Pero España no sólo debía ser un vínculo entre el cristianismo y el islam. También sirvió de puente entre Europa y el vasto mundo islámico, donde las influencias griegas, indias y persas habían sido asimiladas por los árabes.

Así pues, es correcto afirmar que no sólo África, sino también Asia, comienza en los Pirineos; entre otros factores, esto ayudó a resucitar la languideciente cultura de Europa.

A Alejo Carpentier le gusta reflexionar sobre el triste destino de los indios caribes, un pueblo orgulloso y combativo que llegó desde la cuenca del Orinoco hasta las orillas del mar al que dieron su nombre. Su grito de guerra era "Sólo los caribes son hombres", pero cuando entraron en contacto con los orgullosos y belicosos españoles en su expansión por los mares, encontraron un pueblo con un grito de guerra similar.

Pero las velas, las espadas y las cruces de España eran tan endebles como las canoas, las puntas de flecha y los gritos de guerra de los caribes, y se hundieron ante el inexorable desarrollo del capitalismo. España y su historia fueron dejadas de lado, con todas las aportaciones filosóficas, artísticas, científicas, jurídicas y técnicas que había hecho. Incluso la introducción de los europeos en América por parte de España fue olvidada, junto con el oro y la plata que había traído del Nuevo Mundo, riquezas que acabaron en las codiciosas manos de banqueros alemanes y genoveses que se referían sarcásticamente a los orgullosos nobles de España como "nuestros indios".

"A pesar de todo", afirma el historiador francés Pierre Vilar, "la España de Velázquez seguía siendo prestigiosa. Inspiró el siglo XVII clásico francés". Tuvieron que pasar siglos para que las nuevas potencias europeas perdonaran a España esta superioridad. La Leyenda Negra sería la forma que adoptaría su "perdón".

No hace falta insistir en la cercanía que sentimos los hispanoamericanos a esa otra España democrática, la España de Las Casas y de los grandes dominicos del siglo XVI que defendieron a los amerindios; la España de pensadores como Vives y de erasmistas del siglo XVI como Servet, Suárez, Feijoo, Jovellanos y Blanco White, aunque algunos de ellos tuvieran que hacer su trabajo en el exilio. La España de aquellos escritores que empezaron a producir después de que la mayor parte de América Latina hubiera alcanzado la independencia: Larra, Pi y Margall, Costa Iglesias, Cajal y, sobre todo, Antonio Machado. La España de cuyo pueblo nació una prole de rebeldes americanos.

Esta España nos abre los ojos a una constelación compleja y fascinante de grandes hombres y obras: El arte hispano-árabe, El Cid y la novela picaresca, Garcilaso, Santa Teresa, Cervantes, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Calderón, El Greco, Velázquez, Goya, Unamuno, Valle-lnclán, Machado, Picasso, De Falla, Lorca, Buñuel.

Entonces, ¿qué sentido tiene que los defensores de la Leyenda Negra nos digan que los horrores de la reacción española deben hacernos olvidar esta otra herencia? ¿Qué sentido tiene rechazar una tradición cultural por las aberraciones momentáneas de ciertos grupos de ese país? ¿Acaso el colonialismo nos impide admirar a Shakespeare o a Virginia Woolf o a Bernard Shaw? ¿Rabelais o Malraux? ¿Pushkin, Tolstoi o Dostoievski? ¿Goethe o Brecht? ¿Dante o Pavese?

Lo cierto es que nos sentimos orgullosos de que esa otra España sea también la nuestra, y que nos empobreceríamos si la rechazáramos".

 


En mi caso, desciendo directamente de inmigrantes gallegos, que llegaron a Argentina en 1920 escapando de la miseria, el hambre y las inhumanas labores de sol a sol, en las humildes aldeas del interior lucense.

Venían, como muchos de sus vecinos, a “hacerse la América” para luego regresar triunfales a su inolvidable terruño.

Habían sido engañados: quienes los habían precedido en los siglos XVIII y XIX ya habían comprado las fértiles tierras pampeanas. Solo les quedaba trabajar para los dueños, como ya lo hacían antes de partir; o aprender oficios nuevos e intentar vivir mejor en la gran metrópoli.

Ambos fallecieron sin poder regresar a Galicia; pero su aparente fracaso no fue tal. Nos dejaron a nosotros, sus descendientes, un legado de honradez, sacrificio y entrega, que fue el mejor capital con el que nos pudieron haber dotado.

Por ende, cuando escucho hablar de “Leyenda negra” sobre los españoles en América, quiero gritar que luego de ella, durante los últimos cuatro siglos, quieres llegaron borraron con creces esos latrocinios e instalaron una cultura de amor al trabajo que hizo de la nuestra, una sociedad admirable, a pesar de las incertidumbres económicas actuales.

 

Tony S     

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