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(III) La Convivencia

(Tercer artículo de la Trilogía: Ciencia, Fe y Convivencia)

Diálogo con Manuel Carreira, por Leopoldo Prieto López

Editado por Tony Salgado

 

“Ya hemos visto las diferencias entre los objetos y los métodos asociados a la ciencia y la religión.

El hecho que existan estas diferencias no constituye un obstáculo, sino que, por el contrario, es justamente la condición necesaria para que exista complementariedad entre ellas.

Ciencia y teología proporcionan en sus respectivos territorios conocimientos válidos de la realidad, aunque limitados y parciales. Desde diversos puntos de vista parciales, se obtiene una visión más completa de la totalidad.

La filosofía y la teología pueden enriquecer y hacer más completa la visión de la realidad propia de la ciencia, ciertamente muy precisa, pero al mismo tiempo limitada y circunscrita.

Dicho complemento procede del razonamiento filosófico acerca de las preguntas fundamentales, a las que la ciencia no puede dar ninguna respuesta.

Existe una interesante articulación de datos científicos y razonamientos filosóficos, cuyas cuestiones fundamentales son el origen, la finalidad y la evolución del universo; y la evolución biológica.

 

De todas las preguntas relacionadas con la cosmología, ninguna es más importante que el origen del universo. Si el universo tiene una existencia eterna o, en cambio, limitada en el tiempo.

Contra la opinión del genio de Newton, que admitió la eternidad y la infinitud espacial del cosmos, la ciencia del siglo XX se planteó si el universo era infinito o finito, concluyendo que la última opción era la correcta.

Según Newton espacio y tiempo eran realidades absolutas e infinitas, carentes de verdadero influjo físico sobre la materia y, por lo tanto, atributos divinos de eternidad e infinitud. Newton creía que el universo, en relación con la posición de las estrellas, era estático y sin centro ni límites, ya que de este modo se evitaba el peligro de que las fuerzas gravitacionales produjesen el colapso de la masa hacia el centro; y esta noción perduró hasta comienzos del siglo XX, momento en la Física cambió de opinión.

Un universo de masa infinita en todas las direcciones tendría un potencial gravitacional igualmente infinito en todos sus puntos; pero al no haber diferencias de potencial, no habría fuerzas gravitacionales. Además, un universo con un número infinito de estrellas y con un cielo poblado de ellas, brillaría eternamente, no habría noche y la luz sería en todos lados tan abundante como en la superficie del sol.

Se sabe hoy que cada estrella es un horno con una cantidad limitada de combustible, por lo que inevitablemente todas ellas terminarán por apagarse. El hecho de que las estrellas brillen todavía, aun siendo limitado su combustible, exige una de dos posibilidades: o el universo existe desde un tiempo relativamente breve (de modo que pocas estrellas han agotado, por ahora, sus fuentes de energía) o hay una continua aparición de materia desde la nada, lo que permite la formación de nuevas estrellas cuando las más antiguas ya se han apagado. En ambos casos se impone el concepto de un inicio radical (o creación), ya sea en un único momento de un pasado calculable, o bien en una forma continua. Los datos experimentales apuntan claramente a la primera, el Big Bang.

Un estado inicial de elevadas temperaturas y densidad en el inicio del universo está razonablemente bien establecido. En términos sencillos, sabemos que en el pasado remoto hubo un gran fuego, puesto que ahora hemos encontrado las cenizas y el persistente calor de ese fuego, tal como ya había sido anticipado con cálculos detallados. Incluso fue descubierta la radiación emitida en esa gran explosión.  El inicio del universo, cuando ocurrió este fenómeno, ocurrió hace 15.000 millones de años.

No obstante, algunos autores, queriendo evitar la teoría del inicio, han postulado una etapa de previa contracción, pero de ello no se tiene ningún conocimiento científico. La razón que se argumenta es simple: cualquier propiedad o ley física que fuera capaz de describir un estado precedente a la gran explosión, habría resultado destruida por la enorme presión y temperatura desencadenada por el Big Bang, con lo que se habría eliminado cualquier rastro de las propiedades o de las leyes de la materia precedente. Por otro lado, el postulado de una etapa de duración ilimitada en el tiempo de contracción, que precediera al Big Bang, plantea un problema insoluble. Un estado de contracción eterna supone una densidad cero en su inicio, ya que cualquier otro valor que no sea el de cero tiene que llevar necesariamente a la contracción final en un tiempo finito y calculable; pero una densidad cero no puede conducir a la contracción.

Hemos llegado hasta aquí conducidos por la física, la cual niega que el universo sea infinito (en sus dimensiones y duración), y exige la existencia de un inicio.

Ahora es el momento de proseguir con el razonamiento filosófico.

La ciencia no puede ir más allá de este punto, pero la razón sí. Vemos de este modo concreto la relación de diferencia / complementariedad que se establece entre ciencia, filosofía y religión.

Llegados a este momento resulta espontáneo preguntarse qué hubo antes de este inicio primordial. La filosofía responde que antes de este inicio no había un antes, ya que espacio y tiempo son dimensiones que se dan solamente allí donde existe la materia. Sin ella no tiene sentido preguntarse por el lugar o el tiempo de la aparición de aquello que es condición del tiempo y el espacio, es decir, la materia misma.

Según Stephen Hawking, en su libro “Historia brevísima del tiempo”,  se expresa en términos semejantes. Dice: “según la teoría general de la relatividad, en el pasado debió existir un estado de densidad infinita que debió constituir el inicio efectivo del tiempo. Del mismo modo, si el conjunto del universo colapsara de nuevo, debería darse en el futuro otro estado de densidad infinita, el Big Crunch, que sería el fin del tiempo. En el Big Bang y otras singularidades, todas las leyes dejarían de ser válidas y habría tenido la libertad completa de escoger lo que sucede y cómo inició el universo”.


 

La filosofía argumenta diciendo que el hecho de que no exista ni la materia ni el tiempo ni el espacio no significa que no exista alguna otra realidad, aunque de un orden diverso, (es decir inmaterial o espiritual), causante del universo material y de su origen. Si no hubiera existido esta realidad espiritual (Dios), no habría habido inicio alguno del cosmos material.

A la acción, realizada por un agente espiritual, que da inicio al cosmos material la filosofía y la teología le dan el nombre de creación.

A la pregunta filosófica y teológica de por qué existe el ser y no más bien la nada, la ciencia no puede responder. A dicha cuestión se puede responder únicamente con la idea de creación.

La ciencia, en efecto, no dispone de ninguna ventana mágica, a través de la cual pudiera salir del propio ámbito en busca de un tipo de existencia de la que, en razón de su misma naturaleza, no puede tener ninguna información.

Sin embargo, esta ventana mágica es usada no pocas veces por algunos científicos para dar salida a la necesidad de teoría que cada ser humano experimenta en su interior, pero a la que la ciencia no puede dar satisfacción.

Puede evocarse en este sentido toda la literatura sobre los agujeros negros como lugares de tránsito a la eternidad y a otras dimensiones, sobre máquinas del tiempo, ovnis, etc. En definitiva, sofocada la razón filosófica, la fantasía humana se ve forzada a volverse hacia estas nociones.

Que la razón, por paradójico que parezca, tiene también sus sueños, ya lo sugirió irónicamente Kant en Los sueños de un visionario. Lo racional y lo irracional pueden convivir en el hombre más cerca de lo que se cree.

Para curar esta enfermedad o ensoñación de la razón, hace falta, en primer lugar, distinguir los múltiples planos que se entrecruzan en la realidad; y en segundo lugar, recurrir, además de a la ciencia, a la filosofía y a la teología, y junto a ellas, al concepto de creación.

A partir de este momento sólo la filosofía y la teología pueden (es más, deben, por el bien de la razón humana) continuar el camino, ya cerrado para la ciencia, con el tipo de razonamiento que les es propio.

Este razonamiento no es de índole cuantitativo porque a partir de este momento no hay nada material sobre lo que razonar. Se trata de un razonamiento abstracto que es capaz de transcender las exigencias del método experimental.

La filosofía y la teología nos dicen que la creación de la materia presupone un agente no material, independiente del tiempo y del espacio, además de un poder infinito para crear desde la nada.

Tal agente espiritual, mente infinita, goza de un perfecto conocimiento de todas las ilimitadas posibilidades que se abren a la materia tras su creación dentro del vasto proceso de su desarrollo. En vista de tales posibilidades, este Espíritu infinito elige los parámetros más idóneos a fin de que la materia pueda realizar el plan prefijado en el acto de la creación.

Por lo tanto, el universo material procede del Espíritu Infinito, cuya mente comprende todas las posibilidades de desarrollo de las estructuras materiales; cuya voluntad las quiere como camino para ejecutar un plano prediseñado, y cuya libertad las elige.

Permítasenos concluir este párrafo con una cita de Leibniz (científico, filósofo y teólogo de autoridad indiscutida) en la que, explicando los atributos fundamentales de Dios (potencia, inteligencia y voluntad), se capta el momento del paso desde el razonamiento científico al filosófico.

Las palabras de Leibniz son: “Dios es la razón primera de todas las cosas, puesto que aquellas que son limitadas, como todo lo que vemos y experimentamos, son contingentes y no tienen nada en sí mismas que haga necesaria su existencia, siendo manifiesto que el tiempo, el espacio y la materia, unidos y uniformes en sí mismos, e indiferentes a todo, habrían podido hacer propios todos los demás posibles movimientos y figuras, y en un orden completamente diferente.

Es necesario, por lo mismo, buscar la razón de la existencia del mundo, que es la reunión completa de las cosas contingentes, precisamente en la sustancia que lleva consigo la razón de su propia existencia y que, por consiguiente, es necesaria y eterna.

También es necesario que esta causa sea inteligente. En efecto, es necesario que la causa del mundo haya tomado en consideración, o se haya puesto en relación con todos estos mundos posibles a fin de determinar uno de ellos.

Y esta consideración o relación de una sustancia existente con simples posibilidades no puede ser otra cosa que el intelecto que concibe las ideas de ellas; y determinar una de entre estas posibilidades no puede ser otra cosa que el acto de la voluntad que elige.

Y es propio de la potencia de tal sustancia hacer eficaz a la voluntad.

La potencia se orienta hacia el ser, la sabiduría o el intelecto hacia lo verdadero y la voluntad hacia el bien.

Esta causa inteligente debe ser infinita y absolutamente perfecta respeto a la potencia, sabiduría y bondad, ya que se dirige hacia todo lo que es posible.

Su intelecto es la fuente de las esencias, mientras que su voluntad es el origen de las existencias.

He aquí, en pocas palabras, la prueba de un Dios único con sus perfecciones, y he aquí también, por medio suyo, el origen de todas las cosas”.

 

La lectura del artículo nos transporta hasta el momento del Big Bang, y reconoce en él a la frontera que separa la vigencia de las verdades físicas de las teológicas del mundo, en el que nos encontramos inmersos. Suscribo totalmente este concepto.

A partir de ese momento y hasta la actualidad han debido coexistir ambas, ya  que ninguna de ellas, de por sí, es absoluta. Adicionalmente, es necesario que ello ocurra en forma armoniosa, tolerante, y aceptando que cada una encierra su propia verdad.

Vemos a diario cómo enfrentamientos armados originados por diferentes razas, creencias, poderíos económicos, territoriales u otros motivos históricos, se cobran cientos de miles de víctimas inocentes.

Esto nos debe interpelar sobre qué está pasando con el uso indiscriminado de la ciencia y el abandono de la Fe en Dios, cualquiera sea la religión que se profese. Es evidente que dicha convivencia no es armoniosa.

Si quienes toman las decisiones conducentes a tales aberraciones se detuvieran un mínimo de tiempo para reflexionar y aceptar esta necesaria convivencia, tal vez los resultados no fuesen tan dolorosos para todos nosotros.

Recuerdo que el Fin de los Tiempos o Apocalipsis estará precedido, entre otras, por dos señales: cruentos enfrentamientos entre los hombres; y una creciente apostasía en nuestras sociedades.

Si los líderes no reflexionan, por lo menos hagámoslo nosotros.

 

 Tony Salgado

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