Representación del espacio urbano marginado

Hola, estimado lector, espero que te encuentres bien.

He decidido traer frente a ti un tema que ya forma parte de nuestra realidad cotidiana y que muchas veces pretendemos ignorar.

Los que nos trasladamos hacia el centro de la CABA o solíamos hacerlo en el pasado, utilizando la Autopista Illia, nos enfrentábamos diariamente con el imparable crecimiento de la Villa 31 y a continuación, con las imágenes de los lujosos pisos de la Avenida del Libertador y de nuestra querida 9 de Julio.

Creo que este tema merece un minuto de reflexión. Como, siempre, te espero al final de la lectura.


Protagonismo villero: la nueva fisonomía de una Buenos Aires marginal en la segunda mitad del siglo XX

Nuevo Mundo, 2021

María Gabriela Muñiz


“Las villas, sus habitantes y sus problemas son un tema vigente en los medios televisivos y en la prensa escrita. Este protagonismo estimula una profusión de imágenes sobre el lugar de la pobreza y sus pobladores, al tiempo que provoca reflexiones sobre el lugar social, la historia y el futuro de estos asentamientos.

Originadas en los años treinta, las villas indican una contradicción basada en una condición de vida pasajera que se torna constante. La precariedad es ahora permanente y la estabilidad de este espacio de pobreza, sumado al continuo crecimiento de la población que la habita, disminuye la condición “marginal” de la villa.

Es así que, lo que antes era visto como una subcultura tiene hoy mayor divulgación en los medios y, consiguientemente, mayor aceptación social.

La reivindicación y afirmación del espacio villero también se hace evidente en la producción literaria contemporánea. Existen varias novelas relacionadas con este espacio.

Puede decirse que las villas pasan a ser, de un lugar ignorado o evitado entre los años cincuenta y ochenta, a un lugar defendido y reivindicado a partir del siglo XXI.

En la ficción actual, se presenta una nueva faceta estética de la pobreza.

En los textos encontramos descripciones formales que otorgan rasgos bellos y profundizan el misterio del espacio antes vedado o espacio “otro”.

Por otro lado, es claro que cualquier representación tiene posibilidades de fijar o congelar la imagen del “otro”, en este caso de los sectores marginales, disminuyendo su papel activo. Los textos analizados exasperan la forma villa para indicar el vaciamiento de sentido que portan los trillados discursos sobre la pobreza.

La agudización de la crisis económica durante los años noventa brindó nuevas posibilidades para un auge del fenómeno villero. Éste no se debe solamente al crecimiento en número de nuevas barriadas, sino también a la trascendencia social que cobran las creaciones culturales originadas en la villa.

Hoy puede decirse que la cultura villera dejó de ser transitoria y más aún, que de algún modo es sustentada por el clientelismo político.

En este sentido, es afortunado que haya surgido una “cultura villera” contestataria, que tiene una representación y una estética propias y que reivindica su lugar postergado en la sociedad argentina.

En parte, el motivo de este protagonismo es la falta de respuesta gubernamental al problema de la pobreza y su constante crecimiento tanto en Buenos Aires y en otras ciudades latinoamericanas, como en todos los países así llamados “en vías de desarrollo”; esto también se corresponde con una actitud de desvalorización de la experiencia y la vida humana.

Existen pueblos enteros que se mantienen en un estado de constante precariedad y abandono en el que la vida resulta pasajera y superflua.

¿Cuáles son los aportes culturales del lugar de la desidia y la desesperanza?

Las contribuciones villeras a la cultura van más allá de amplias incorporaciones en el lenguaje de los jóvenes o el éxito de la música de cumbia o “cumbiera”, en donde se denuncian persecuciones y marginalidad.

Hay, por ejemplo, un cambio urbanístico que se manifiesta tanto en la forma de construir como en la nueva configuración del espacio de la ciudad.

En un artículo que se refiere a la “nueva” pobreza estructural en Buenos Aires, María Cristina Bayón y Gustavo Saraví historizan el proceso de pauperización de la ciudad de Buenos Aires, especialmente durante los años noventa.

Estos autores especifican que la polarización socio-económica, particularmente en términos de ingresos, que tuvo lugar en el transcurso de los últimos años, se tradujo en una profunda reconfiguración del espacio urbano.

Señalan la emergencia de una nueva fisonomía urbana que indica mayores niveles de segregación:

“Junto a la multiplicación de centros comerciales, barrios cerrados exclusivos, redes de autopistas y lujosos edificios, florecieron nuevos asentamientos informales, el reconocimiento de zonas prohibidas por sus altos niveles de inseguridad y la presencia de nuevos “trabajadores” invadiendo las calles de la ciudad”.

En las imágenes literarias del espacio villero puede identificarse esta nueva configuración urbana tanto en las descripciones visuales como en una forma otorgada al texto.

Hay un cambio interpretativo del espacio villero y esto puede verse en la comparación de textos de distintas épocas.

En la confrontación puede determinarse que en la actualidad el barrio de emergencia ha dejado de ser un lugar de denuncia y cambio social para convertirse en un elemento formal y hasta estético.

Este nuevo enfoque indica una mayor concreción de lo que alguna vez fue pensado como efímero, augurio de la tendencia hacia una pauperización general de la ciudad.

La novela de Juan Carlos Martini Puerto Apache (2002) involucra al espacio villero con la ciudad criminalizada y se le da lugar a nuevos personajes como dealers, tumberos, okupas, prostitutas, travestis y políticos que se incorporan a la villa por ser ésta el resultado y la síntesis de la ciudad.

Estas novelas indican el límite geográfico de la villa, la separación espacial y social que la crea, ese objeto expulsado y provocativo que cobra caracteres artísticos usados en los textos de manera ejemplificadora para indicar la falta de integración social dentro de la ciudad.

La visión exterior de la villa y la invitación a mirarla es incluida dentro de la trama de los textos.

Puerto Apache indica un espacio híbrido entre dos opuestos. Por un lado, hace alusión a Puerto Madero y, por el otro, a Fuerte Apache. Es en esta mixtura que crece el nuevo espacio ciudadano, allí donde el esparcimiento de una cultura de lo superficial abarca toda la ciudad y la violencia y la brutalidad no se remiten a un espacio único.

La lucha unida contra las vicisitudes de la pobreza hace a los personajes más fuertes y los separa de los valores individualistas que imperan en la sociedad argentina de la época. “No hay que dejarse caer” es el motor para enfrentarse con una ciudad alienante.

Sus pequeños logros, sobre todo en el comportamiento comunitario de los personajes obreros, si bien se enfrentan a un medio hostil y muestran ciertos defectos, se terminan presentando como seres humanos ideales que representan el valor de la clase trabajadora.

En las novelas sobre villas hay una intención voyerista o estimuladora al menos de una curiosidad mórbida, sobre este espacio misterioso y delictivo.

Las descripciones visuales con que se narra este espacio invitan a una mirada hacia un objeto prohibido y de ahí es que se presente la descripción formal del fenómeno villero bajo un ribete estético.

Los textos sobre las vidas en las villas son consumidos por un receptor educado distante de las experiencias de vida de sus pobres habitantes, y en ellas se rarifica el espacio para estimular la curiosidad sobre el lugar.

A partir de los noventa, durante la época menemista, la visibilidad de la cultura villera incorpora una nueva faceta a una ciudad que nunca desconoció la pobreza pero tenía mayores recursos para ignorarla.

Aunque, generalmente, las villas eran pobladas mayormente de inmigrantes del interior del país y de países limítrofes, en los últimos años muchos integrantes de una clase media empobrecida se suman a estos espacios de pobreza.

Además, hay que indicar que otro factor que incide en la creciente extensión y la revaluación social de la villa radica en la alianza de algunos de sus habitantes con personajes políticos ligados al poder o como parte del clientelismo político.

Esta relación de servidumbre de la población empobrecida con las esferas de poder no es un fenómeno nuevo, pero sí una cuestión que va creciendo de manera progresiva.

No se avizoran cambios futuros para concluir con la pobreza estructural, por el contrario ésta cuenta con cierto estímulo político y cultural.

Hoy, la pobreza es menos un problema a resolver y más un discurso destacado por los medios y por los políticos, y esto repercute en la cultura del país; de ahí que el arte denote el vacío de sentido convirtiendo la marginalidad en solo una forma.

La ciudad de Buenos Aires incorpora esta nueva forma de vivir en que la pobreza extrema estimula todas las formas de delincuencia pero, al mismo tiempo, permite nuevas posibilidades por poseer soluciones originales producto de la diaria subsistencia.

Paradójicamente, si bien estas nuevas formas de vivir en la ciudad incrementan el caos, también posibilitan el surgimiento de nuevos sistemas organizativos.

La capacidad de resistencia, el ingenio y la indiferencia son rasgos indispensables para adaptarse a la vida en la ciudad violenta.

Varias novelas brindan una clave para comprender transformaciones culturales en el país como son los cambios en los sectores laborales, el incremento de la desocupación, y las actividades de una población que busca nuevas formas de adaptación en un país con una exacerbada fragmentación social.

El espacio villero comprende lo efímero y lo permanente en cuanto que, originado como un asentamiento precario, se eterniza.

Las novelas sobre villas colaboran a la interpretación del nuevo espacio ciudadano en crisis y, con la fuerza vital que no posee el aparato teórico, muestran el desmembramiento social y predicen una tendencia hacia la pauperización, convertida en espectáculo”.


Bueno, aquí me encuentras. No me fui y te comparto mis reflexiones.

Transitar en medio de la Villa 31 desde la Autopista Illia, me provoca una mezcla de sensaciones y emociones. Por un lado, no comprendo cómo semejante espectáculo puede darse en medio de una ciudad que se tilda de “progre” y busca serlo cada vez más mediante la incorporación de las últimas tecnologías. Por el otro, siento una profunda compasión hacia quienes la habitan, imaginando las difíciles circunstancias por las que deben estar atravesando.

Inmediatamente me surge la inevitable pregunta: ¿Se está haciendo todo lo posible para trasladar a sus habitantes a edificios nuevos pero modestos, ubicados en la periferia de la ciudad; con buenos medios de comunicación? Honestamente entiendo que no, y eso me resulta incomprensible.

Por momentos me es difícil entender cómo pueden coexistir en el mismo hábitat honestos representantes de la clase obrera con traficantes de droga, y lo lamento mucho por ellos.

Revalorizo el rol de los curas villeros, llevando la Palabra en medio de amenazas y riesgos de muerte. También la decisión de Scholas Ocurrentes de instalar su sede en el barrio. Por último, los trabajos de ampliación de calles y colocación de nuevas luminarias por parte del Gobierno de la Ciudad.

Me resulta repudiable la actitud de los gobernantes de turno de obtener los favores de esa pobre gente, capturando sus votos a cambio de entregar bolsones con comida o prometer futuras mejoras que nunca habrán de cumplir.


Bueno, hasta aquí, mis reflexiones.

Me encantaría saber las tuyas, y lo podrás hacer al agregar los comentarios al artículo en el Blog de nuestra página web.

Gracias por tu tiempo y te envío un cordial saludo

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