El amor separado del poder

Actualizado: 13 sept 2021

Para desarrollar la próxima relación entre los contendientes, Héctor D Mandrioni recurre al filósofo alemán Max Scheler, un clásico dentro de la interpretación de la religión.

Hijo de un padre luterano y una madre judía, Scheler se convierte inicialmente al catolicismo, en el que se mantiene durante casi toda su vida; apartándose solamente del mismo durante sus últimos años.

Espero que el planteamiento y la resolución de esta relación tan particular entre los dos contendientes sea de tu agrado y te anime a indagar un poco más sobre este tema de candente actualidad.

Como lo hago siempre, te espero al final de su lectura, para ver qué te pareció y qué provecho le podés sacar. ​



El amor separado del poder.

“Trazas de poder y de amor” (2019)

Tony Salgado, en base a conceptos tomados del filósofo Héctor D Mandrioni.


“En la representación del hombre técnico (homo técnicus), el amor sólo es un residuo, aún persistente, como efecto del no desarrollo integral de la organización planetaria y de la planificación absoluta de la tierra.

Cuando la racionalización de todo comportamiento, tanto del hombre como de la última partícula del cosmos, sea perfecta; el amor será sólo un recuerdo y en el caso en que se produzca en algunos seres aislados, deberá ser tratado como un síntoma patológico que pone en peligro el sistema.

A la esencia del amor le es sustraída toda potencia real. Esta última pertenece a los impulsos instintivos que, aunque potentes, están desprovistos de intencionalidad.

El antikantismo de Scheler no admite una conciencia de las cosas. Existe un "En-sí", cuyo ser no depende de una relación previa que lo haya fundado. El "En-sí" ya es, antes de que la conciencia lo perciba; y además es doble, ya que todo lo que es, puede considerarse como "Real" o como "Ideal".

Para comprender la naturaleza del "Poder" en su sentido existencial es necesario aclarar la naturaleza de la "Realidad", ya que esta es lo realmente poderoso.

La Realidad está fuera de la conciencia, y desde su hondura alimenta los centros de fuerza que obran en los humanos. Solo es captada como resistencia a la voluntad, por lo que queda fuera del conocimiento, aunque posibilitando la manifestación de toda existencia.

La Realidad es, por naturaleza, ciega al espíritu y, por lo tanto, estas fuerzas impulsivas sólo son experimentadas a través de las tendencias impulsivas vitales.

El otro aspecto del "En sí" está constituido por las esencias y los valores. Éstos configuran el reino del "ser ideal", independiente del espíritu humano y no originado por alguna actividad de la conciencia.

Existe una dualidad del "En sí" entre el ámbito de lo "existente-real" y el de lo "ideal-irreal", que hace que el espíritu carezca de cualquier poder específico.

No obstante, es posible modificar esta dualidad mediante la intervención de la voluntad de la "élite", de los jefes y sus modelos.

Según este criterio, el obrar del hombre en la historia es un juego entre los impulsos provenientes de sus sentidos, que pretenden lanzarlo en la dirección de sus exigencias (sexo, nutrición y poder); y la dirección ideal de las intenciones de un espíritu vidente pero impotente, basado en factores ideales y que trata de poner a su servicio al caos de los impulsos.

Cuanto más puro es el espíritu, más impotente es, en el sentido de generar una acción dinámica sobre la sociedad y la historia. Para que las ideas lleguen a la realidad histórica, deben unirse a intereses, impulsos colectivos o tendencias que les puedan facilitar, indirectamente, un poder y una posibilidad de eficacia causal.

Lo único que permite al espíritu y la voluntad humana hacer frente a la marcha de la historia real, es la dirección y conducción de una serie ordenada y fija de fases, sucesos y situaciones, sometidos a leyes propias.

La Dirección es la función primaria del espíritu. La Conducción es la función secundaria. La Dirección consiste en mantener delante una idea central. La Conducción consiste en liberar los impulsos instintivos, cuyos movimientos realizan la idea. La Dirección determina la forma de la Conducción.

El ideal de Scheler consiste en alcanzar mediante la actividad espiritual lo que denomina la "vivificación del espíritu" en la que se carga de energía vital y, simultáneamente, los impulsos previamente ciegos a todo sentido se ponen ahora al servicio de las intenciones del espíritu.

La mutua compenetración del espíritu, originariamente impotente, con el impulso originariamente demoníaco y ciego para todas las ideas y valores espirituales, y al mismo tiempo el robustecimiento o vivificación del espíritu; representan el fin y término del ser finito y el devenir.

Scheler ensalza todo el poder de los instintos e impulsos instintivos y lo erradica del espíritu, encomendándole a este último solo la tarea de dirigir y conducir.

El espíritu es una estructura de actos, que se definen por su intencionalidad y repetibilidad de un contenido esencial. Existe una estructura y una jerarquía de los actos. Sus tres grandes esferas son el sentir, el conocer y el querer.

A la luz de estas afirmaciones se puede captar la naturaleza emocional del espíritu y como entre los actos emocionales, el acto de amor es el más profundo y fundante. El amor no sólo es el fundamento de todos los demás actos, sino que además es la raíz más profunda del espíritu como tal.

Por lo tanto, el amor es el que siempre nos despierta para conocer y querer; más aún, es la madre del espíritu y de la misma razón.

Lo supremo a lo que el hombre puede aspirar es a amar todas las cosas, en la medida de lo posible para él, como Dios las ama; y vivir con una evidencia en el propio acto de amor. La coincidencia entre el acto divino y el acto humano en un mismo punto del mundo de los valores.

El autor distingue dos zonas principales separadas, en las que se manifiestan los propósitos del amor, por una parte; y los procesos del poder, por otra.

En un plano superior cabe contemplar la actividad del amor, concebido como algo puro, interior, trascendente, y retraído. Su movimiento, suscitador de valores superiores, acontece en un reino secreto y silencioso, establecido en la interioridad de los corazones.

En el otro plano se halla la zona exterior visible, accesible a la indagación científica y a la comprensión psicológica. Es el reino del tumulto y del entrechocarse de las fuerzas desencadenadas. En ese lugar están las fuentes de los procesos fácticos que cambian continuamente el rostro de las instituciones, del acontecer político, y de los paisajes de la tierra.

La fuerza inagotable, originariamente caótica y siempre renaciente de este poder transformador, se basa en los tres grandes impulsos instintivos; el nutritivo, el sexual y de reproducción, y el de poderío. Estos son los factores reales que por esencia están llamados a manejar los procesos vivientes y concretos de la cultura, de la sociedad y de la historia.

Mientras que por un lado, la profundidad del amor y su calidad no dependen de la cantidad de necesidades que colma, sino que el amor es un fin en sí mismo; en el otro extremo, el poder se identifica con la vida y la misma está compuesta por los tres grandes impulsos recién mencionados, como fuerzas originariamente ajenas al espíritu y que por sí mismas sólo engendran luchas y conflictos.

La raíz de la separación entre el amor y poder se halla en el dualismo espíritu-vida. Scheler disocia la esfera de la vida de la del espíritu. Entre ambas esferas no existe una unión intrínseca, sino sólo una coordinación dinámica. De este modo, la esencia del cuerpo humano tiende a identificarse con la esencia del cuerpo animal, mientras que el espíritu del hombre tiende a convertirse en espíritu puro.

Para que se realice la sublimación, es necesario que un mínimo de sentido se albergue en el seno de la vitalidad, y un mínimo de poder se aloje en el interior del espíritu. Esta es la misma dificultad que surge luego en el plano de la historia y de la sociedad, cuando se adjudica a los "factores reales" la exclusividad del poder causal, y a los "factores ideales", la función iluminadora de poderes que les son ajenos.

Una cosa es lo que existe, y otra muy distinta es lo que constituye la intención más profunda del amor personal. Si bien acontece muchas veces que las manos limpias no son fuertes y las fuertes no son limpias, todo gran amor auténtico aspira a infundir sus intenciones en la totalidad de las relaciones humanas, privadas y públicas.

Aunque la dinámica real de la historia nos entrega con frecuencia un balance desfavorable para el espíritu del amor; de ninguna manera debe inferirse de eso una simple existencia nominal, en virtud de la cual la esencia del amor debe cumplirse exclusivamente en la interioridad extática y contemplativa de los que se aman.

La paz en la Tierra no es sólo una luz que ilumina desde arriba una situación humana, sino que está condenada fatalmente a una lucha perenne.

La paz y el amor cristiano constituyen también una fuerza capaz de transformar al hombre entero y hacer de sus instituciones y de su historia, figuras concretas existentes y reales; determinadas por aquella paz y por aquel amor.

Por lo tanto, aunque la profunda raíz del amor esté en el secreto de la persona, y su intención aspire a cumplirse en lo más íntimo del ser amado, la objetividad de la obra como encarnación del designio benevolente, es esencial al amor.

Si esta objetividad mediadora falta; si esta salida de sí aparentemente alienante no se produce, la realidad del otro se pierde y la subjetividad amante se evapora como una nube sin forma”.


Bueno, aquí estamos nuevamente, al final de una nueva forma de relación entre el poder y el amor. Les debo confesar que he debido leer este artículo varias veces para poder captar toda la profundidad de sus pensamientos, y ser capaz luego de condensados en tan pocas líneas.

Creo que este capítulo constituye la reflexión de un gran pensador sobre la inestabilidad en la convivencia entre nuestros dos preferidos contendientes, aunque al final señala que la misma puede ocurrir y qué circunstancias se deben dar para ello.

Personalmente, creo que dicha convivencia se puede lograr, pero con un gran acto de generosidad y apertura por ambas partes, que durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, las he visto en muy contadas ocasiones.

  • ¿Crees que, efectivamente, el poder y el amor se mueven en dos esferas distintas; en la inferior, la primera y en la superior, la segunda; aunque la sociedad actual las ubique exactamente al revés?

  • ¿Es posible la armonía en un país, entre un poder fáctico con un mínimo contenido espiritual, e instituciones fundamentalmente espirituales que, de algún modo, participan e influencian en dicho poder?

  • ¿Qué imágenes de la actualidad te suscita este tipo de relación y en qué entorno o instituciones tienen lugar?

  • ¿Cómo se ha logrado llegar hasta allí?

  • ¿Perdurará o su vigencia será efímera? ¿Por qué?

¡Hasta la próxima entrega!


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