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China y su futuro (II de III)


Por Daniel Altman, Universidad de Nueva York
Editado por Tony Salgado

 

Primera década del Siglo XXI

 

“Algo que dificulta el ambiente para las empresas en China es una falta de transparencia generalizada. La compleja burocracia de China ha posibilitado que la corrupción se vuelva endémica y es sabido que el gobierno ha utilizado el sistema jurídico para intimidar a las empresas extranjeras. Los datos económicos se revisan y se impugnan de forma habitual; una reciente serie de vídeos presentada por la revista The Atlantic señalaba que incluso las estimaciones de la población del país varían en cientos de millones de personas. Debido en parte a estos factores, las negociaciones empresariales en China tienden a basarse más en las relaciones personales y en la confianza que en las cifras y en los contratos.

Esos factores pueden remediarse. China tiene un gobierno central fuerte que puede establecer rápidamente nuevas normativas y hacerlas cumplir con mano de hierro. Con el tiempo, China puede convertirse en un entorno tan apetecible para las nuevas inversiones, tanto por parte de los extranjeros como de sus propios ciudadanos, como cualquier otro país industrializado. Sin embargo, existen otros factores que no son tan fáciles de modificar. A muy largo plazo, dichos factores pueden resultar los más importantes.

Probablemente el confucianismo es la principal influencia en los usos empresariales en China, o por lo menos es el factor individual que más diferencia los usos de China de los de otros países. Las enseñanzas de Confucio se remontan a muchos siglos atrás y están profundamente arraigadas en la sociedad china. Incluso el gobierno chino las ha asumido a lo largo de las últimas décadas, al lado de su ideología comunista oficial; en 1996, el Diario del Pueblo, el influyente periódico del Estado, invocaba a una comprensión de las “valiosísimas filosofías empresariales” del confucianismo. Sin embargo, algunos de sus principios básicos, pese a que pueden resultar beneficiosos a nivel social, no necesariamente favorecen el crecimiento económico.

La ética confuciana enseña que hay que valorar lo colectivo por encima de lo individual. Aunque el propio Confucio no consideraba que la supremacía de lo colectivo fuera una justificación para el conformismo –más bien opinaba que los individuos podían brillar en el seno de la colectividad, siempre y cuando lo colectivo siguiera siendo armonioso– sus ideas acabaron distorsionadas en la China moderna. Según Daniel Bell, un experto en filosofía china, el confucianismo se impregnó de las inclinaciones legalistas de las autoridades chinas a fin de conferir una resonancia cultural legitimadora a la estricta imposición de la ley y el orden que estas llevaban a cabo. Un segundo principio del confucianismo relacionado con el anterior podría traducirse con el término “corrección”, es decir una adhesión al protocolo o a la tradición; ese principio incluye el “respeto a los mayores”, que es un sello distintivo de muchas civilizaciones de Asia oriental. En el confucianismo, esa deferencia se da no solo en las relaciones familiares, sino también entre el gobernante y el súbdito, entre el patrón y el sirviente y entre el empleador y el empleado.

Conjuntamente, esos principios del confucianismo –y el sentido en que han sido interpretados por las autoridades chinas en los últimos tiempos– han contribuido a mantener unas rígidas jerarquías en las empresas chinas. Bell admite que ni siquiera Confucio creía que los jóvenes debían dedicarse al pensamiento crítico. Primero debían aprender las enseñanzas de sus mayores. Tenían que adquirir una mayor veteranía dentro de la colectividad antes de poder empezar a discrepar de las ideas consolidadas y a innovar.

Esas jerarquías en el seno de la colectividad pueden ser problemáticas en una economía madura. Varios investigadores de la gestión de empresas, cuando los directivos chinos toman decisiones, las consecuencias de dichas decisiones tienen que caer en cascada a través de los muchos niveles de la jerarquía empresarial y acaso quedan diluidas en el trayecto; este proceso, que requiere cierto tiempo, puede reducir la capacidad de una empresa para reaccionar rápidamente a las cambiantes condiciones del negocio. Mientras tanto, los gestores incompetentes pueden permanecer en sus cargos simplemente debido a su veteranía. Las ideas de los trabajadores con menor antigüedad en la empresa raramente se llevan a la práctica, ni siquiera cuando tienen la audacia de levantar la voz, porque sus propuestas acaban atascadas en su camino ascendente a lo largo de la cadena de mando. En un país donde resulta difícil poner en marcha una nueva empresa, ese problema se exacerba; es posible que los trabajadores jóvenes, frustrados por el sistema chino, intenten emigrar en vez de independizarse como empresarios.

La combinación de esos dos principios está implícita en la inmensa mayoría de las grandes empresas chinas, porque el gobierno –el “anciano” por antonomasia que supuestamente representa a la colectividad– tiene una participación de control. Y no siempre es una participación saludable. Maximizar los beneficios no es necesariamente el único objetivo del gobierno; si lo fuera, el gobierno vendería su participación en las empresas siempre que tomar esa decisión fuera lo más rentable. Los estudios muestran que las compañías dominadas por el gobierno pagan menores dividendos y disponen de un flujo de tesorería menos saludable. Y lo mismo puede decirse de las empresas con una estructura de propiedad compleja y jerárquica. Las empresas chinas que cotizan en bolsa pueden tener hasta cinco clases de acciones, mientras que las compañías estadounidenses rara vez tienen más de dos o tres.

Existe otra corriente cultural igual de arraigada que el confucianismo. A través de los libros, del cine y de la enseñanza, el pueblo chino aprende una historia muy peculiar del nacimiento de su nación, donde el gran esfuerzo a lo largo de milenios ha consistido en unificar el gigantesco territorio y las diversas etnias de China en una única nación. Los que pretendieron trocear China en reinos más pequeños suelen ser los malos de la película; quienes intentaron unificarla son los héroes. A menudo esos héroes son despiadados y violentos, como Shi Huang, emperador de la dinastía Qin, que se abrió camino a sangre y fuego a través de China con ejércitos de decenas de miles de hombres hasta unificar siete reinos en un solo imperio durante el siglo III a.C. Aquel imperio acabó desmoronándose, pero los siguientes gobernantes que unificaron China –la dinastía Sui– fueron igual de implacables. Y la historia sigue en esa misma línea hasta Mao inclusive. El mensaje está claro: para estar unido y hacer realidad los sueños de una gran nación china, el pueblo chino necesita gobernantes fuertes, que no están dispuestos a tolerar demasiadas discrepancias.

Ese mensaje se transmite hasta las salas de reuniones de las empresas chinas, que tienden a concentrar los instrumentos de poder en manos de un único hombre fuerte, que agrupa los tres papeles más importantes de una compañía: máximo directivo, presidente del consejo de administración y representante del Partido Comunista Chino. Con ello, el jefe representa los intereses del gobierno, que a menudo es el mayor accionista, pero los accionistas corrientes quedan marginados.

No es de extrañar que el discurso de unir reinos muy diversos para formar un único imperio, más fuerte, también tenga resonancias en la estrategia de crecimiento de las empresas chinas. Algunas de las más grandes, como Haier, fabricante de electrodomésticos, han ido creciendo a un ritmo asombroso a base de engullir a sus competidores más pequeños. Hacer eso puede generar economías de escala y menores precios para los consumidores, pero si una empresa llega a ser el líder incontestable de una industria, tendrá pocos incentivos para innovar o para atender a los cambios en las preferencias de los consumidores.

La retórica de algunos políticos occidentales sugiere que están convencidos de que al final China instaurará la democracia y la transparencia, tal vez al cabo de un largo periodo de apertura económica. Sin embargo eso no modificará necesariamente todos los factores profundos que están limitando el crecimiento de China; los vínculos entre las instituciones políticas y el clima económico no siempre son tan fuertes. Por ejemplo, Corea del Sur, pese a haberse convertido en una democracia, sigue teniendo una cultura muy confuciana, con las repercusiones que eso tiene para la innovación y las jerarquías de las grandes empresas. Rusia, otro extenso país que durante mucho tiempo fue gobernado por una autoridad central fuerte (ya fuera un zar, o Josef Stalin, o Vladimir Putin), básicamente ha probado la democracia y la ha rechazado en el transcurso de los últimos veinte años; la corrupción y la mano dura del gobierno contra las empresas extranjeras no ha cesado. Suecia, un país democrático desde hace muchas décadas, mantuvo una importante participación del Estado en la economía hasta el cambio de milenio.

Es posible que China llegue a duras penas a alcanzar a Estados Unidos y se convierta en la mayor economía del mundo. Pero tan solo conservará ese título durante unos años, hasta que Estados Unidos, que crecerá más deprisa tanto en términos de población como de productividad de sus trabajadores, vuelva a superar a China.

 

 

 Por consiguiente, puede que sea poco prudente suponer que las jerarquías chinas acaben moderándose, o que el gobierno del país reducirá sustancialmente su presencia en muchos sectores de la economía china, una presencia susceptible de expulsar a la iniciativa privada y disuadir a la inversión extranjera. De hecho, tres décadas después del comienzo de su “política de puertas abiertas”, el gobierno de China sigue sustancialmente involucrado en prácticamente todas sus grandes empresas. Esa participación se manifiesta en que a todos los efectos el gobierno es su propietario y las controla, en contraste con la coordinación y las medidas de protección para las empresas privadas promovidas por el Estado que ayudaron al desarrollo de las industrias en Corea del Sur, en Japón y en Taiwán a lo largo del siglo XX.

Por añadidura, es poco probable que el gobierno ponga coto a la gigantesca burocracia que le permite mantener el control de municipios que están a miles de kilómetros de Pekín, pese a que esa misma burocracia a menudo es lo que se interpone en el camino de las nuevas empresas. También puede que el gobierno se muestre reacio a mejorar la transparencia de su sistema jurídico, dado que esa misma falta de transparencia puede utilizarse para poner trabas a las actividades de las empresas extranjeras cuando al gobierno se le antoje.

Todos esos factores se combinan para mermar el objetivo del nivel de vida material en China –o, por decirlo de una forma más técnica, reducen el nivel de renta per cápita hacia el que está convergiendo China–. Debido a la presencia de esos factores, China sencillamente no está en el mismo club de convergencia que Estados Unidos. Muy probablemente está en un club al que pertenecen otros países que tienen en común por lo menos parte de sus fundamentos culturales, de su marco jurídico, de su historia de participación del Estado en la economía, de sus pautas de industrialización y de su clima, como por ejemplo, tal vez, Vietnam y Kazajstán. Como ponen de manifiesto estos ejemplos, no es necesario que los países tengan el mismo tamaño para pertenecer al mismo club de convergencia. Los factores profundos en los que se apoya el crecimiento económico marcan los límites alcanzables de su nivel de vida material; esos límites pueden ser parecidos en países de diferentes tamaños.

Todo ello no significa que China sea incapaz de progresar. Un estudio que se concluyó a finales de los años noventa sugería que los gestores jóvenes de las empresas chinas eran más individualistas que los de las generaciones anteriores, una característica que podría contribuir a promover la innovación a largo plazo. A estas alturas, muchos de aquellos jóvenes gestores indudablemente ya estarán en puestos de poder. Pero sencillamente existen demasiadas diferencias profundamente arraigadas como para que la población china alcance el mismo nivel de ingresos que se da en Occidente cuando el país llegue al final de su actual racha de crecimiento. Esos ingresos, en última instancia, dependen de la productividad de los trabajadores; el salario está en función de lo que uno produce. Los trabajadores chinos, incluso disponiendo de acceso a los últimos aparatos y técnicas de fabricación, no pueden ser tan productivos como los trabajadores estadounidenses y europeos si no disponen de las mismas oportunidades empresariales, de un marco regulador transparente, de una fuerte protección jurídica, de unas estructuras corporativas eficientes y de la capacidad de innovar.

En el modelo neoclásico, únicamente las economías con factores profundos similares pueden expandirse a un mismo ritmo cuando se consolidan en su pauta de crecimiento sostenido. Si los factores profundos de China son peores a efectos del crecimiento económico, empezará a quedarse atrás. En otras palabras, sus ingresos medios empezarán a quedarse rezagados respecto a los de los países que marcan el ritmo económico en el mundo. El pueblo chino, tras haberse enriquecido sustancialmente respecto al resto del mundo, empezará poco a poco a empobrecerse de nuevo.

Así pues, ¿qué significa todo esto? En primer lugar, hay que tener en cuenta la “sabiduría convencional”. Hace varios años, un informe de Goldman Sachs predecía que China superaría a Estados Unidos como la mayor economía mundial en 2041 y seguiría varios años incrementando la brecha. En 2048, la cuantía en la que China estaría incrementando su distancia respecto a los demás empezaría a declinar lentamente, en términos porcentuales, pero solo una minúscula cantidad cada año. Más recientemente, el escritor británico Martin Jacques predecía que China iba a relevar a Estados Unidos como principal superpotencia del mundo, que Shanghái iba a imponerse a Nueva York como centro financiero y que la divisa de China iba a reemplazar al dólar estadounidense en los mercados mundiales.

Ahora bien, consideremos un escenario alternativo, que tiene en cuenta las cuestiones examinadas anteriormente, es decir que: 1) China no está convergiendo hacia los mismos niveles de vida que los países más ricos del mundo; 2) el crecimiento económico de China se estabilizará antes de lo esperado, y 3) la tasa de crecimiento a largo plazo de China va a ser más baja que la de los líderes económicos consolidados del mundo. Una predicción razonable podría ser que el crecimiento económico de China se estabilice para 2050 como muy tarde, tras crecer más despacio de lo que preveía Goldman Sachs; que su población no crezca más deprisa que la de Estados Unidos; y que el promedio de su tasa de crecimiento a largo plazo de los ingresos medios sea ligeramente más baja que la de Estados Unidos, digamos del 1,5 % frente al 2 %. En estas condiciones, es posible que China llegue a duras penas a alcanzar a Estados Unidos y se convierta en la mayor economía del mundo. Pero tan solo conservará ese título durante unos años, hasta que Estados Unidos, que crecerá más deprisa tanto en términos de población como de productividad de sus trabajadores, vuelva a superar a China.

Por consiguiente, los inversores y los empresarios que han visto en China un potencial ilimitado se llevarán una profunda decepción. Con un nivel de vida material más bajo, el pueblo chino nunca será capaz de comprar tantos bienes y servicios como sus homólogos más ricos en Estados Unidos y Europa. El mercado chino será inmenso, pero no eclipsará a las otras grandes economías del mundo. Por añadidura, el riesgo para los accionistas y los acreedores que suponen la corrupción, la falta de transparencia y el sistema político chino ya no se verán compensados por el aliciente de unos beneficios colosales. La moda de adquirir títulos de empresas chinas irá decayendo lenta pero inexorablemente. En la larga marcha de la historia económica, el momento de China será impresionante, pero efímero.

Eso no significa que China esté abocada para siempre a un crecimiento económico y a un nivel de vida más bajos. Incluso las tradiciones más profundamente arraigadas pueden cambiar en el plazo de unas décadas, o en un plazo más breve si entran en juego fuerzas desestabilizadoras o revolucionarias. En Europa oriental, por ejemplo, el desmoronamiento del socialismo de Estado y del bloque soviético dejó a numerosos países ante una página en blanco. Dichos países se aferraron a su cultura, pero fueron libres de elegir desde cero algunas de las instituciones fundamentales de sus economías. Pero, como viene a demostrar el ejemplo de Japón, aferrarse a la cultura –y a otros factores profundos– puede dejar inalterados los límites al crecimiento”.

 

 

Esta segunda parte del documento me hizo reflexionar sobre la gran migración de la economía fundamente agraria a otra industrial, donde cientos de millones de personas (familias enteras) han debido abandonar los campos y trasladarse a las ciudades, iniciando desde cero una nueva vida en un mínimo período de tiempo.

Creo que este proceso fue facilitado por la aceptación de que el valor de lo colectivo superaba al de lo individual, de que no podía ponerse en duda la autoridad central y, que desde el punto de vista práctico, era la única forma para que la familia pudiera seguir subsistiendo.

Entiendo también que el éxito de tamaña migración, que vació los campos e inundó las ciudades chinas, se debió a que el esfuerzo y la eficiencia de las largas jornadas laborales previamente agrícolas, se mantuvo e incluso superó en el nuevo hábitat industrial, convirtiendo a China en el principal país manufacturero del mundo en un par de décadas.   

Cuando miro mi entorno, ya sea en Buenos Aires o en Barcelona, no dejo de admirar la abismal diferencia en cuanto a la eficiencia en el trabajo que se percibe en los negocios chinos, respecto de nuestros vecinos occidentales. A eso debe sumarse también que no existen prácticamente turnos, sino que puedes ver a las mismas personas a lo largo de todo el día y en muchos casos, fines de semana incluidos.

Discrepo con la duda que se plantea en el artículo sobre si el potencial chino es ilimitado o, por el contrario, alcanzará un punto para luego estabilizarse o empezar a declinar, como fue el caso de Japón. A mí no me queda ninguna duda: su potencial es ilimitado y cuando realmente se decidan a salir al mundo, …  ¡pobres de nosotros!

En el siguiente y último artículo vas a poder apreciar un nuevo salto cuántico en este increíble país, debido a la irrupción de un imprevisto y sorprendente nuevo líder. No te lo pierdas.   

 

 

Tony Salgado

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