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China y su futuro (I de III)

Por Daniel Altman, Universidad de Nueva York

Editado por Tony Salgado

 

Segunda mitad del Siglo XX

“Abrir una empresa en China es mucho más caro que en Zimbabue o Afganistán. Este dato es uno de los que esgrime Daniel Altman, profesor de Economía en la Universidad de Nueva York, para responder una pregunta: ¿Será China la primera economía del mundo en unos años? Altman disecciona el potencial del gigante asiático y también sus carencias y peculiaridades, como, por ejemplo, el curioso hecho de que el confucianismo sea aún la principal influencia en los usos empresariales en la China comunista.

En teoría económica existen pocos axiomas y poquísimas leyes. Esa ciencia, si es posible calificarla de tal, carece de la certidumbre de las matemáticas y de la elegancia de la física, razón por la cual un número considerable de matemáticos y físicos del montón acaban siendo excelentes economistas.

Pero la teoría económica sí se asemeja a esas otras disciplinas a la hora de describir las decisiones individuales y el crecimiento económico. En particular, los modelos de crecimiento económico suelen resultar familiares a los físicos ya que a veces parecen replicar el movimiento de las partículas bajo la influencia de fuerzas como la gravedad. Esos modelos, que se popularizaron durante la década de 1980 y que han resistido el paso del tiempo, habitualmente se denominan “neoclásicos” porque se nutren profusamente de las técnicas estadísticas y matemáticas “clásicas” que se desarrollaron mucho antes, durante los años veinte.

A partir de los modelos neoclásicos surgió la que probablemente es la única relación que la teoría económica ha sido capaz de establecer entre las perspectivas de crecimiento de los distintos países. Eso no significa que los modelos engendraran una ley, sino más bien que apuntaron una relación que, cuando se verifica en el mundo real, parece sostenerse: la convergencia.

La idea de la convergencia partió de los modelos más simples, donde había pocos factores que distinguir entre las economías. En dichos modelos daba la impresión de que todas las economías se encontraban en la misma senda de crecimiento. Algunas llevaban ventaja y esas eran las economías más ricas. Sin embargo, las demás acabarían alcanzando a las economías líderes. De hecho, cuanto más rezagadas estaban, más rápidamente iban a reducir la distancia. Con el paso del tiempo, los trabajadores de todas las economías convergerían hacia el mismo nivel medio de productividad y con ello, en un mundo de mercados competitivos, hacia los mismos salarios y nivel de vida.

Numerosas evidencias observables indicaban que esa teoría podía ser cierta. Los países que iban muy rezagados respecto a los líderes –los países más pobres– podían dar espectaculares saltos adelante a base de realizar mejoras básicas en el ámbito de la sanidad pública, la educación y las infraestructuras, unas mejoras que acabarían haciendo posible que la población de esos países se trasladara desde el campo a las ciudades, donde podrían beneficiarse de las economías de escala que trae consigo la producción industrial. Por añadidura, los rezagados podían copiar las tecnologías de los líderes, en vez de verse obligados a desarrollarlas por su cuenta y con ello conseguían dar un gran salto en el tiempo económico. No obstante, cuando esos países empezaran a competir directamente con los países líderes en los mercados de máximo valor, su progreso, naturalmente se haría más lento.

Sin embargo, daba la impresión de que esta sencilla forma de convergencia no estaba produciéndose en muchas regiones del mundo. De hecho, los países africanos, por ejemplo, incluso perdieron terreno respecto al rico Occidente durante la segunda mitad del siglo XX. Y algunos países, como Japón, que durante algunas décadas parecían estar poniéndose al mismo nivel de Occidente, tocaron techo antes de alcanzar ese mismo nivel de vida, e inexplicablemente no llegaron a cumplir sus objetivos. De hecho, a medida que la teoría de la convergencia se fue imponiendo en los libros de texto de economía durante los años ochenta, los libros de mayor éxito comercial preveían que Japón iba a superar a Estados Unidos y a convertirse en la mayor potencia económica del mundo. Eso nunca llegó a ocurrir y hoy en día muy pocos economistas se atreverían a predecir que alguna vez lo hará.

Por consiguiente, los economistas revisaron la teoría de la convergencia. Decidieron que probablemente la idea básica seguía siendo correcta, pero con una salvedad: puede que el nivel de vida de los distintos países converja a largo plazo, pero únicamente a condición de que tengan unos fundamentos económicos parecidos. Dichos fundamentos eran los factores profundos cuya importancia era fácilmente perceptible, pero difícilmente cuantificable. Algunos de ellos eran inmutables, como la geografía o las tradiciones culturales; los países interiores no disponían de un fácil acceso al mar y los países acostumbrados a tener gobernantes autoritarios tampoco podían olvidar su historia de la noche a la mañana. Otros factores, como la filosofía del derecho y el calado de la corrupción endémica, podían modificarse, aunque únicamente a costa de grandes esfuerzos y a lo largo de muchos años. Conjuntamente, esos factores profundos creaban el telón de fondo de toda la actividad económica. Puede que la economía tuviera altibajos de acuerdo con su ciclo habitual, pero los factores profundos determinaban el potencial de la economía para crecer a muy largo plazo, en un horizonte de varias décadas, o incluso de siglos.

Los países que tenían en común varios de esos factores profundos podían agruparse en un mismo “club de la convergencia”, es decir, cabía esperar que entre ellos se mantuviera la misma dinámica básica de convergencia. Un país podía saltar de un club a otro únicamente a condición de que modificara uno o más de sus factores profundos, con lo que cambiaba su objetivo en materia de nivel de vida y su senda de crecimiento económico a largo plazo. A finales del siglo XX, Japón tocó techo porque no tenía los mismos factores profundos que Estados Unidos como fundamento de su crecimiento. Sus mercados no eran igual de competitivos y la burocracia que regía su esfera empresarial era más engorrosa. Japón no estaba en el mismo club de convergencia y ni siquiera cumpliendo todo su potencial podía esperarse que diera alcance ni dejara atrás a Estados Unidos. 

 

 

 Pese a los espectaculares cambios que se han producido en la economía china desde finales de los años setenta, siguen existiendo enormes diferencias entre China y esas otras economías más ricas, que probablemente siempre le llevarán ventaja. Algunas de esas diferencias podrían ser susceptibles de cambio en el plazo de las dos próximas décadas y otras probablemente no.

Esta nueva teoría, denominada convergencia condicional, se ha mantenido en la corriente mayoritaria de la teoría económica, en gran parte debido a la solidez de las evidencias empíricas en que se basa. Los primeros cálculos mostraban que, ajustando los datos al crecimiento de la población y a la tasa de inversión en bienes de capital, la renta per cápita de una muestra de 121 países efectivamente parecía converger a lo largo del tiempo. Un estudio posterior revelaba que, en función de su capacidad de exportar, las economías de Asia oriental parecían converger hacia unos niveles de renta similares; los que tenían unos niveles de vida más bajos tendían a crecer más deprisa. En caso de que dispusieran de unas instituciones económicas y políticas similares, los países africanos durante el periodo poscolonial también mostraban convergencia. Dichos estudios agrupaban los países en clubes de convergencia por diferentes métodos –al fin y al cabo es posible diseccionar las economías del mundo como a uno le apetezca– pero las categorías distintivas de cada club eran lo suficientemente importantes como para influir en el futuro económico de sus miembros.

El análisis de la convergencia condicional resulta especialmente interesante cuando tenemos en cuenta lo que significa para el futuro. Si uno es capaz de averiguar en qué club se encuentra un país, básicamente puede ver su futuro observando a los demás miembros de ese club situados por delante en la senda de convergencia. Hoy en día, el país cuyo futuro económico plantea más interrogantes es China. ¿Es capaz de seguir creciendo tan deprisa? ¿Su nivel de vida alcanzará algún día el de Estados Unidos y Europa Occidental, o tan siquiera los de los países más ricos de Asia Oriental?

Hasta finales de la década de 1970, China languidecía en uno de los clubes de convergencia que tenían una productividad más baja. La Revolución Cultural había eliminado o literalmente jubilado a muchas de las mentes más ilustres del país y las movilizaciones industriales masivas, pero mal concebidas, de China –como por ejemplo la fundición de acero a nivel local– habían dado pocos frutos. En gran parte el país estaba excluido de los mercados internacionales por culpa tanto de su normativa como de la baja calidad de su producción. A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, China había ido constantemente perdiendo terreno respecto a sus vecinos en vías de industrialización. Al haber optado por un conjunto de instituciones económicas único en el mundo, donde la planificación centralizada de la economía se combinaba con la atomización de la producción industrial en miles de pequeños núcleos urbanos, podría decirse que China estaba en su propio club de convergencia –y no era un club muy dinámico”.

“La cosa cambió cuando Deng Xiaoping, que empezó a asumir los principales cargos en el gobierno chino tras la muerte de Mao Zedong en 1976, inició una serie de reformas económicas. Estableció contactos con los líderes extranjeros, empezó a abrir el país a los mercados internacionales, permitió que más estudiantes chinos fueran a estudiar al extranjero e incluso puso los fundamentos para la reaparición de la pequeña empresa privada. A medida que su régimen siguió adelante, el Estado fue devolviendo de forma tácita al mercado un mayor control de la actividad cotidiana de las finanzas y de la industria, a base de permitir que funcionaran y crecieran las empresas privadas, pese a que su existencia parecía contravenir los dictámenes oficiales.

Aquellas reformas fueron determinantes para el crecimiento de China y la productividad de sus trabajadores empezó a ponerse a la altura de los pesos pesados regionales, como Corea del Sur y Japón. Pero ¿ponerse a la par con Corea del Sur y con Japón es una meta realizable, o acaso China se quedará corta, igual que le ocurrió a Japón cuando intentaba dar alcance a Estados Unidos? La respuesta a esta pregunta depende de si China está en el mismo club de convergencia que sus vecinos.

La respuesta probablemente es que no lo está. Pese a los espectaculares cambios que se han producido en la economía china desde finales de los años setenta, siguen existiendo enormes diferencias entre China y esas otras economías más ricas, que probablemente siempre le llevarán ventaja. Algunas de esas diferencias podrían ser susceptibles de cambio en el plazo de las dos próximas décadas y otras probablemente no.

Puede que sea poco prudente suponer que las jerarquías chinas acaben moderándose, o que el gobierno del país reducirá sustancialmente su presencia en muchos sectores de la economía china, una presencia susceptible de expulsar a la iniciativa privada y disuadir a la inversión extranjera.

Hay dos factores que los economistas consideran particularmente relevantes para la convergencia de ingresos, sobre todo en el momento en que los países pobres reducen su distancia respecto a los ricos y son la apertura al comercio y la facilidad para crear empresas. China ha hecho mucho para abrir sus mercados desde la muerte de Mao, pero todavía le queda un largo camino por recorrer. Los pormenores de los tratados de comercio que contribuyeron a que China se incorporara a la Organización Mundial del Comercio en 2001, como por ejemplo en qué cuantía los precios de sus exportaciones pueden ser inferiores a los de esos mismos bienes producidos dentro de Estados Unidos y Europa, siguen discutiéndose hoy en día. Y aunque China entró en tromba cuando los demás países abrieron de par en par sus puertas a los cargamentos chinos de bienes manufacturados baratísimos, no puede decirse que haya abierto sus propios mercados en la misma medida.

En lo referente a poner en marcha una empresa, China figura aún más atrás en la clasificación. El estudio anual del Banco Mundial sobre el entorno para los empresarios, acertadamente titulado Doing Business situaba a China en el puesto 151º de entre 181 países en la categoría de “crear una empresa”. La clasificación, basada en un estudio de los expertos y los empresarios consultados por el banco, compara el tiempo y el dinero que se necesita para poner en marcha una pequeña empresa en diferentes países y tiene en cuenta tanto la carga de las formalidades burocráticas como los requisitos legales para conseguir financiación. En China, para montar un negocio, un empresario tendría que disponer de una cantidad de capital financiero equivalente a más del 130 % de la renta per cápita anual. En otras 91 economías, desde Afganistán a Zimbabue (y donde se incluyen pesos pesados como Estados Unidos, Japón y Alemania), no existe ningún requisito de ese tipo. Puede que China sea la segunda economía más grande del mundo, pero en el mundo hay muy pocos países donde resulte más difícil colocar el cartel de un negocio”.

 


 

Me motivó a la lectura de este detallado artículo, el hecho de creer que para intentar visualizar las perspectivas políticas y económicas de un país, hay que comenzar analizando su pasado más reciente, y en este caso prevalece un aspecto dominante: un dogma denominado Confucianismo. Pero, … ¿de aué se trata?

El mismo se basa en valores humanos como la armonía familiar y social, la piedad filial, el respeto por la vejez, la bondad, y el sentido humanitario. En pocas palabras, es un sistema de normas rituales que determina cómo debe actuar una persona para estar en armonía con la ley del Cielo.

Me causa admiración y una sana envidia que el mismo se haya perpetuado en una raza milenaria, como la china.

Tal vez sea él quien permitió tamaño logro, a pesar de las condiciones de aislamiento del resto del mundo a las que el pueblo se vio sometido, a las tiranías y continuas guerras internas que tuvo que padecer, al hecho de haber crecido exponencialmente en tamaña y cantidad de conglomerados humanos separados por enormes distancias, y otras graves dificultades que tuvo que superar.

Siempre me imaginé al pueblo chino centrado alrededor de una agricultura de escasa tecnología que debía ser suplida por un gran esfuerzo humano, sin distinción de sexos ni edades, lo que le permitía apenas cubrir sus necesidades mínimas.

Creo que para nosotros, los accidentales, era el gran gigante adormecido y alejado de lo que ocurría con el sápiens en el resto del mundo. Pero el gigante despertó y muy pocos, menos de los que deberíamos, nos dimos cuenta de eso y, cuando lo hicimos, lo teníamos ya golpeando a nuestras puertas.  

Aprecié mucho el concepto de la convergencia condicional y me pregunto: ¿a qué club está asociado nuestro país? ¿a España, Portugal e Italia, por ejemplo; o no yendo tan lejos: tal vez a Brasil, Méjico o Colombia?

Tengo mis serias dudas, pero lo único que me resulta clara es que durante las últimas décadas, nos dimos de baja de dicho club, por decisión propia.

La historia narrada en el artículo termina con el Siglo XX. Si querés ver cómo continuó hasta la fecha, no dejes de leer las próximas entregas. .

 

Tony Salgado

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