Una mirada ética de la dignidad humana

Estimados lectores,

Les comparto una muy profunda síntesis compartida por alguien que reflexiona sobre algo tan fundamental como la Ética de la Dignidad del Hombre.

Muchos pensadores le han dedicado lo mejor de sus miradas a esto, que nos hace admirablemente tan especiales / sublimes en la Creación.

El autor de este articulo tuvo el buen gusto de hacernos a los lectores participes de lo mejor de cada uno de ellos (y ya no solo de Viktor Frankl como nos sugiere en el título). Todo lo cual nos deja impactados por la simpleza de las verdades expuestas y por lo que ellas puedan significar para nosotros mismos si nos atrevemos a considerarlas con real honestidad!


Una mirada ética de la dignidad humana desde Viktor Frankl

Santiago Otálora, Magíster en Educación

Universidad Pontificia Bolivariana


“Aquel que tiene un porqué para vivir,

Puede soportar casi cualquier cómo”

Friedrich Nietzsche


"Tomando la idea de que la ética es un acto de voluntad del ser humano en libertad, podemos reflexionar sobre cómo personas que han vivido experiencias, no del todo positivas, puedan pensar en volver a rehacer sus vidas, recapacitar en cómo es vivir dignamente, si hablamos de la ética de la dignidad, tendríamos que partir de la idea de qué es en primer lugar la dignidad, pero para hablar de dignidad hay que saber qué es la indignidad, ya que esta es más fácil de identificar. Para Andorno (2011) la indignidad la podemos asemejar, con la tortura, la privación de libertad, la vulnerabilidad de la intimidad, la cosificación, la injusticia, la explotación mecánica de los seres humanos, la crueldad, la guerra, el hambre, la humillación o la vejación, todos estos actos de la vida son indignos o pueden situarse bajo la condición de indignidad. Si consideramos que son intolerables, es porque creemos que el ser humano es merecedor de un respeto.


Sin embargo, si tenemos claro el concepto de indignidad, por qué cuesta tanto trabajo definir la dignidad del ser humano, especialmente cuando se está defendiendo “supuestamente” a las víctimas. Para dejar en claro esta idea tomaremos en cuenta un ejemplo donde se supone se está violentando al ser humano y, sin embargo, el vulnerado no se siente así.


Verspieren (1993) refiere el siguiente caso, cuenta que en un determinado local de entretenimiento se llevaba a cabo una actividad de “ocio”, que consistía en lanzar a un enano por los aires, de tal modo que ganaba la competición el que lograba lanzarlo más lejos. No cabe duda que frente a esta actividad, uno puede afirmar que este juego es indigno o que a través de él, se vulnera el derecho del enano. También narra que después de algunas denuncias de organizaciones humanitarias, se prohibió el citado espectáculo por indigno y degradante. Como consecuencia de ello la persona implicada se quedó sin trabajo e interpeló que la prohibición del espectáculo representaba un atentado contra su dignidad como artista, que gracias a esta actividad tenia empleo, podía alimentar a su familia y hasta ahorrar para vacaciones. Él consideraba “que indigno era que le quitaran el empleo sin ofrecerle ninguna alternativa”.


Entonces podría surgir una pregunta ¿la dignidad humana depende de las alternativas que se le ofrezcan al ser humano? ¿Es desde la mirada de los “otros” lo que me indica ser digno? He ahí lo difícil el hablar de la dignidad humana.


Se podría escribir diferentes casos para demostrar que algunas personas a quienes se les está violentando su dignidad, al no ofrecer el contexto otras alternativas simplemente no se sienten maltratadas, son los “otros” desde afuera los que ven la realidad de lo que se vive desde su propia concepción de lo que es ser maltratado.

En otras palabras, la dignidad se define en el diccionario Larousse (2015) como la “calidad o el estado de ser valorado, honrado y respetado”. Según esta concepción, es algo que podemos tener o algo que podemos percibir en otros o en uno mismo, es decir, que tratar a otros con menor respeto que el merecido es comportarse de manera indigna. También se podría decir que dignidad viene de designar las capacidades de decidir y de obrar por sí mismo, lo que podemos llamar autonomía e independencia, y la calidad de la imagen que se ofrece de sí a los demás.


Para Kant (2007) “sólo una persona dotada de una buena voluntad puede tener dignidad” (p.434), también sostiene que “cada ser humano está dotado de dignidad en virtud de su naturaleza racional” (p. 434). Además expresa que la dignidad debe atribuirse a todos los agentes morales, inclusive a aquellos que cometen acciones indignas.


En la ética de la dignidad humana descansa la autonomía, en otras palabras, en la capacidad de dominio moral, y ocupa un lugar central en el ser humano, esto quiere decir que la dignidad es incomparable, no se puede decir que una persona tenga más dignidad que otra. El valor de lo que tiene dignidad es superior a todo lo que tiene precio según Singer (Torralba, 2005). Kant (2007) enfatiza que la dignidad no puede ser entendida en términos medibles, cuantitativos, las cosas que están dotadas de ellas son irreemplazables, tienen un valor inconmensurable en el sentido de que no se puede valorar su excelencia.


El ser humano es, por su naturaleza, persona y posee un valor absoluto. Esta naturaleza como persona lo diferencia a la vez de los seres sin razón, a los cuales, por ser semejantes a los objetos, “sólo les corresponde un valor mínimo” (Torralba, 2005, p. 73). Por eso dice una fórmula kantiana: “Respeta la humanidad de cada hombre” (Torralba, 2005, p. 73). Es decir, dignidad es un concepto de humanidad, por ser un ser vivo humano, allí está presente esta dignidad.


“Así, la palabra dignidad no sólo significa grandeza y excelencia, es decir, el portador de esta cualidad no sólo se distingue y destaca entre los demás, sino también denota un merecimiento a un cierto tipo de trato” (González, 1986, p. 19).


Esto quiere decir que todos los seres humanos somos iguales en la medida en que somos portadores de una dignidad común, y por encima de todas las diferencias que nos individualizan y nos distinguen unos de los otros, es decir, todo ser humano posee dignidad sin importar la condición en que se encuentre. En palabras de González (1986):


(…) la dignidad es el rango o la categoría que corresponde al hombre como ser dotado de inteligencia y libertad, distinto y superior a todo lo creado, y que comparte un tratamiento concorde a todo momento con la naturaleza humana (p.19).


Frankl (1979), expone un ejemplo muy claro sobre la humanidad del ser:


(…) Recuerdo el día en que un capataz me dio a escondidas un trozo de pan, seguramente guardado de su propia ración del desayuno. Sin embargo me obsequió con algo más de que un trozo de pan, me dio un “algo” humano que me hizo saltar las lágrimas: la palabra y la mirada con que acompaño el regalo (p. 110).


Ese “algo” humano del que habla Frankl, se presenta a través de una muestra de sensibilidad, de cariño hacia el otro ser, no verlo solo como un objeto sino como de igual a igual.


Por otra parte, para hablar de la ética de la dignidad humana, podríamos decir: que es algo que no se adquiere ni con educación, ni con dinero ni con el grupo social al que pertenecemos, sino que es un valor en sí mismo, en la medida en que tengamos dignidad, somos capaces de salir avante, frente a cualquier situación que nos presente la vida por más difícil que esta sea. Para esta reflexión: Una mirada ética de la dignidad humana desde Viktor Frankl, vamos a tomar la vida y obra de Frankl, en la que encontramos a un hombre médico, psiquiatra con una vida académica, profesional y familiar prominente, que por azares del destino se ve prisionero, durante mucho tiempo, en el campo de concentración de Auschwitz


Pero cómo pudo él, que todo lo había perdido, aceptar que la vida fuera digna de ser vivida, un hombre que a través de su experiencia desde el sufrimiento y de situaciones difíciles nos muestra que la vida se puede vivir de una manera digna. También hablaremos de cómo la dignidad humana se mantiene así no haya libertad, sino que se vive en un espacio interior a través de la alegría, los sueños, pensamientos, sufrimientos que están intrínsecamente en los seres humanos y que nada ni nadie nos lo puede quitar, esa libertad interior que solo nosotros podemos hacer uso de ella, esa ética de la dignidad humana, ese valor de fortaleza que nos permite soportar cualquier cómo y vivir en libertad de actuar de acuerdo con nuestros intereses y necesidades.


Entonces qué es la dignidad en el sentido ético: es el ser individual que se realiza y se expresa a sí mismo en tanto que entiende, quiere, ama; posee algunas características que le hacen participar de una comunidad espiritual: conciencia de sí mismo, racionalidad, capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, el bien del mal, capacidad de decidir y de determinarse con motivaciones comprensibles para otros seres racionales, capacidad de entrar en relación de diálogo y de amor oblativo con otros seres. Para Verspieren (1993) la dignidad en sentido ético depende en esencia del mérito, del coraje, de la aceptación de la realidad, ausencia de odio, pudor discreción y decencia.


El profesor Gómez Pin afirma que vivir desde una dignidad ética consiste en “(…) vivir conforme a la propia condición, consiste en ser lo que uno es, o más correctamente, ser lo que uno está llamado a ser desde su ser más íntimo” (Torralba, 2005, p. 89), es decir desde el obrar


En otras palabras la dignidad ética se funda, en último término, en un ser que es constitutivamente libre, que puede actuar según su conciencia, pero también contra la misma, además la dignidad desde un sentido ético se trasforma y cambia a lo largo del curso vital. Uno puede hacer obras que le dignifiquen, pero también puede ejercer su libre albedrío de un modo indigno


Sin embargo, cómo se puede hablar de dignidad humana cuando el ser humano no es libre, ni física, ni espiritualmente, para Frankl (1979) la libertad no es la última palabra, la libertad es una parte de la historia y la mitad de la verdad, la libertad es la cara negativa de cualquier fenómeno humano, cuya cara positiva es la responsabilidad. De hecho, la libertad se encuentra en peligro de generar una mera arbitrariedad salvo si se ejerce en términos de responsabilidad.


Si partimos de la idea que la ética de la dignidad humana es un sentido de responsabilidad con uno mismo y con los demás y no solo un acto de libertad; entonces se puede decir que la dignidad humana es el derecho que tiene cada ser humano, de ser respetado y valorado como ser individual y social, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona. La historia nos muestra variados casos en que la dignidad humana ha sido avasallada. Son ejemplos de ello la desigualdad social vigente en la Edad Media, los abusos del poder, o el holocausto. Justamente este último hecho hizo que se dictara la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Organización de las Naciones Unidas, 1948), que declaró a todos los seres humanos como iguales y libres en sus derechos y en su dignidad. Esta práctica de reconocimiento de la dignidad humana siguió plasmándose en tratados internacionales y constituciones nacionales.


Sin embargo, cuando en la práctica de la vivencia de la dignidad humana esta se ve vulnerada, solo nos queda la ética de la dignidad humana, es ese hacernos cargo de nosotros mismos, de responsabilizarnos, en palabras de Frankl (1979) “el hombre no se limita a existir, sino que decide cómo será su existencia, en qué se convertirá en el minuto siguiente” (p. 150), es preciso recordar que uno de los principales rasgos de la existencia humana es, precisamente, su capacidad para elevarse por encima, de cualquier condición y trascender, el ser humano es un ser auto trascendente.


Pero ¿cuál es mi responsabilidad en la ética de la dignidad humana?, para esta pregunta podrían existir miles de respuestas, pues cada uno pensaríamos en nuestras propias necesidades, sin embargo la podemos reducir en los siguientes tres aspectos: primero: cómo quiero vivir mi vida, sea cual sea la situación que esté viviendo, segundo: cómo concibo el sufrimiento, a modo de aprendizaje o a manera de un mal destino y tercero cómo quiero morir.


A continuación describiremos cada una de las ideas expuestas anteriormente.


  • Primero: Cómo quiero vivir mi vida

Puesto que ya hemos dicho anteriormente, el hombre es libre de tomar sus propias decisiones pero con responsabilidad, o sea, responder hábilmente ante las diferentes situaciones que nos presenta la vida, esto quiere decir que el hombre no puede vivir en el pasado, debe abrir los ojos al futuro y vivir el presente real, aceptar lo que se está viviendo en ese momento y revivir la existencia de su propia vida interior. Lo que importa no es el sentido de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada individuo en un momento dado.


A cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede reconocer a la vida respondiendo por su vida; solo siendo responsable puede contestar a la vida. “Lo que verdaderamente necesitamos es un cambio radical frente a la vida” (Frankl, 1979, p. 101) en palabras de Nietzsche “(…) el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” (Frankl, 1979, p. 101). Debemos aprender de la vida por nuestros propios métodos, y después, enseñar a los más desesperados que, en realidad, no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espera algo de nosotros. “No hay que hacernos preguntas sobre el significado de la vida, sino que pensar que es la vida la que necesita de nosotros” (Frankl, 1979).


Albert Camus (1982) afirmó en cierta ocasión: “Tan sólo existe un problema auténticamente serio, y es (…) el de juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida…” (p. 3).


Para Frankl (1979), vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas, cumplir con las tareas que la vida asigna continuamente a cada uno, y seguir firmes hacia el futuro. El significado de la vida cambia para cada hombre, de manera que resulta totalmente imposible darle una definición general, pero es ella, para todos nosotros, la que nos prueba constantemente, la que nos lleva a tomar decisiones libres de lo que queremos hacer y darle un sentido importante según nuestras necesidades


Sin embargo, cuando la vida nos presenta situaciones difíciles, cuando todo lo damos por perdido, cuando todo está en nuestra contra, entonces con el sustento de la ética de la dignidad humana, nos vemos en la necesidad de refugiarnos en el amor, o en el ejercicio de amar.


El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés. No se deja llevar por la ira y olvida lo malo, perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará (…) (1a Corintios 13:7 Biblia Latinoamericana).


En otras palabras el amparo del ser humano solo es posible en el amor y a través del amor. Un ser desposeído de todo, puede probar la felicidad de vivir, aunque sea por unos instantes a través del amor hacia alguien, ya sea utilizando su imaginación, viviendo de tan solo recuerdos, que en algún momento de su vida hicieron mella de felicidad, donde todo parece merecer ser vivido, con la esperanza de que algún día, podrá el destino regalar ese encuentro.


Sin embargo, el amor no es un sentimiento fácil, exige un gran alto nivel de madurez, nadie conoce el amor, cada ser humano habla desde sus experiencias, desde sus contradicciones y sus miedos… Pareciera que solo saben de amor los poetas, pues lo han idealizado e inmortalizado en sus obras, por tal razón al ser un sentimiento tan personal solo queda vivirlo, y cómo se vive el amor… el amor lo podemos vivir desde los científico, desde lo físico desde lo emocional y de acuerdo con Fromm (2004) el amor es un arte, para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar.


En palabras de Frankl (1979)


(…) De vez en cuando levantaba la vista al cielo y contemplaba el diluirse de las estrellas al tiempo que el primer albor rosáceo de la mañana se dejaba ver tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer. En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre (p. 65).


Hablamos, hablamos, y las palabras se suceden, pero solo cuando la música de la voz nos prepara el punto final comprendemos el desenlace que conlleva una realidad imaginada. “Vivimos y vivimos, y los hechos se acumulan, pero solo cuando el tiempo nos permite volver la atención sobre nosotros mismos captamos por fin dónde tenía que ir nuestra existencia” (Cyrulnik, 2006, p. 27).


Por otra parte, solo al final de la vida descubrimos el sentido de haberla vivido, descubrimos que todo fue aprendizaje, crecimiento y que de las vivencias personales se crearan nuevas historias que apoyaran la razón de ser de otras vidas que aún no han encontrado su sentido. “(…) Es extraña la forma en que las cosas adquieren sentido cuando terminan (…), es entonces cuando comienza la historia” (Rostand, 2000, p. 76).


Vale la pena ilustrar lo dicho anteriormente con una fábula de Charles Péguy (citada por Cyrulnik, 2006):


Yendo en dirección a Chartres, Péguy ve en un costado de la carretera a un hombre que parte piedras golpeándolas con un mazo. Su rostro expresa desdicha y sus gestos rabia. Péguy se detiene y pregunta: “Señor, ¿qué hace?”. “ya lo ve usted” le responde el hombre, “no he encontrado más que este oficio estúpido y doloroso”. Un poco más adelante, Péguy ve a otro hombre que se dedica a partir piedras, pero su rostro está sereno y sus gestos son armoniosos. “¿qué hace usted? señor”, le pregunta Péguy “pues ya ve, me gano la vida gracias a este cansado oficio, pero cuento con la ventaja de estar al aire libre” le responde el hombre. Algo más lejos, un tercer picapedrero aparece radiante de felicidad. Sonríe al demoler la masa pétrea y mira placenteramente las lascas de piedra. “¿qué hace usted?”, le interroga Péguy. “yo”, responde el hombre, “¡construyo una catedral! (p. 32).


Cómo deseo ver mi vida, quiere decir según la fábula anterior ¿Por qué algunos tienen una catedral en la cabeza mientras que otros no ven más que piedras? En otras palabras ¿Qué sería de la vida sin esperanza?, esa esperanza que da el amor, sin esperanza, sin amor no tendría sentido nuestra vida, solo esperar de la vida satisfacciones inmediatas conduce a la amargura frente a cualquier frustración, el sentido que se dé, ante cualquier acto humano encamina a una dicha duradera y transmisible y aquí entra el amor para ayudar a soportar cualquier dolor.


Esto quiere decir que no solo el amor se limita a otro ser humano, el amor al trabajo, el amor a la vida, el amor hedonista, y cualquier clase de amor que conlleve desear vivir la vida. “El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad del hombre…” (Frankl, 1993, p. 34). Para reafirmar lo dicho anteriormente el doctor Mario Ruíz (1998) escribe: (…)


La vida resulta muy fácil cuando haces del amor tu forma de vida. Es posible amar todo el tiempo si uno elige hacerlo. Quizá no tengas una razón para amar, pero si lo haces, verás que te proporciona una gran felicidad. El amor en acción sólo genera felicidad. El amor te traerá paz interior (p. 55).


Por otra parte el humor es otro de los instrumentos que se vale el alma en la lucha de la supervivencia, pues este facilita el alejamiento necesario para observar cualquier situación desde otro ángulo, así sea por espacio breve de tiempo nos ayudará a sobreponernos de la situación actual que estemos viviendo.


El sentido del humor remite a la higiene mental que tiene una persona para poner su atención en un lugar que le hace sentir bien y no en la preocupación. No se trata de ignorar las cosas o de distorsionar la realidad sino de aprender a desdramatizar la realidad que al más puro estilo de una tragicomedia tiene toques de dolor, pero la vida también tiene espacio para el humor, la diversión y la magia. ¿Qué personas son las que más potencian el sentido del humor en el día a día? Aquellas que son optimistas y aplican el pensamiento positivo en su filosofía de vida (“Definición ABC”, 2017).


Un ejemplo de lo expresado anteriormente es el siguiente:


(…) Yo mismo entrené a un colega compañero de trabajo, para desarrollar su sentido del humor. Se trataba de un cirujano que había trabajado en el equipo de un gran hospital; intenté arrancarle una sonrisa representando su posible actuación profesional cuando se reincorporara a su antiguo puesto y aún no hubiese olvidado las costumbres adquiridas en el campo. Al pie de la obra (y especialmente cuando el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos estimulaba a trabajar más rápido a grito de: ¡Acción! ¡Acción!, Así que le dije a mi amigo: –Un día regresarás al quirófano para operar un paciente de peritonitis. De pronto un enfermero entrará corriendo y anunciará la llegada del director del equipo de cirugía gritando: ¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el jefe! (Frankl, 1979, p. 79).


Además otra forma de abrazar la vida ante situaciones difíciles, es la de no perder la fe en el futuro, entender que todo puede cambiar para nuestro favor o por lo menos creer que cualquier situación del ser humano tanto placentera o dis-placentera es un estado de no-permanencia, que todo pasa, todo se transforma, no perder la fe en el futuro es mantener los pies livianos para el movimiento y unos brazos firmes para la lucha, en palabras de Frankl (1979):


El prisionero que perdía la fe en el futuro –en su futuro– estaba condenado… Solía comenzar cuando el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse, o salir fuera del barracón a la hora de formar. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surgían efecto alguno. Se limitaba a quedarse en su lugar, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, entonces rehusaba a ser conducido a la enfermería o aceptar cualquier tipo de ayuda. Sencillamente se daba por vencido. Permanecía allí sobre sus propios excrementos, sin importarle nada (…) (p. 93).


Sin embargo, desde la ética de la dignidad humana, también atesora algún sentido la vida huérfana de creación o de vivencia, aquella que solo admite una única posibilidad de respuesta: la actitud erguida ante su destino adverso cuando la existencia le señala inexorablemente un camino.


En esas condiciones, al hombre se le cierran las posibilidades de realizar valores de creación o de vivencia, pero aun así la vida continúa ofreciendo un sentido, cualquiera de los distintos aspectos de la existencia conserva un valor significativo, el sufrimiento también. El realismo nos avisa de que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos, la existencia quedaría incompleta (Frankl, 1979, p. 92).


Por otra parte, cuando el ser humano no tiene libertad, especialmente cuando las circunstancias son tan asfixiantes que anulan o limitan la elección de cualquier comportamiento externo, es ahí cuando el ser humano despierta su libertad interior, otra manera de hacerle frente a la vida, es allí el momento en el que el hombre en verdad es libre, es cuando el hombre no puede ser dominado, pero también es ahí cuando el hombre puede demostrar su grandeza.


(…) la libertad interior puede elevar al hombre muy por encima de su destino adverso. Y este tipo de hombre no surge, únicamente en los campos de concentración. Cualquier hombre en toda su existencia, se verá cara a cara con su destino (…) (Frankl, 1979, p. 93).


(…) Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino– para decidir su propio camino (Frankl, 1979, p. 90).


En otras palabras cómo quiero vivir mi vida, significa que todo depende del momento que se esté viviendo, lo cual implica que no se puede dar una respuesta con afirmaciones absolutas, vivir significa algo real y concreto para cada individuo, por tal motivo, cada situación reclama una respuesta distinta, si lo vemos desde la ética de la dignidad humana, el cómo


(…) puede exigirle al hombre que construya su propio destino realizando determinado tipo de acciones; en otras, le reportará un mayor beneficio dejarse inundar por las circunstancias, contemplarlas y meditarlas, y entresacar los valores pertinentes. Y, a veces, la existencia demandará del hombre que sencillamente acepte su destino y cargue con su cruz (Frankl, 1979, p. 102).


Segundo: cómo concibo el sufrimiento


El ser humano no está preparado para el sufrimiento, todos los seres humanos nos encanta la felicidad en estado de placer, se nos va la vida buscándola y la encontramos por momentos, vuelve, se escapa. Entonces podríamos decir que la pasamos en el sufrimiento, pero ¿qué es el sufrimiento?, ¿un estado de infelicidad?, ¿por qué dos personas viviendo la misma situación la sufren diferente? Es aquí cuando la ética de la dignidad aparece para darle un sentido a ese sufrimiento, entonces el sufrimiento se vuelve un reto, una tarea, no se le da la espalda, se descubre a través del aprendizaje que se oculta detrás de él.


Frankl (1979) explica el sufrimiento de la siguiente manera:


(…) el sufrimiento humano actúa como un gas en una cámara vacía; el gas se expande por completo y regularmente por el interior, con independencia de la capacidad del recipiente. Análogamente de cualquier sufrimiento, fuerte o débil, ocupa la conciencia y el alma entera de hombre. De donde se deduce que el “tamaño” del sufrimiento humano es absolutamente relativo. Y a la inversa, la cosa más menuda puede generar las mayores alegrías (p. 71).


Para Benthman (Torralba, 2005), el hombre decide y actúa siempre por el placer o para evitar el dolor. Por otra parte, Singer expresa una ética patocéntica, esto quiere decir que hay experiencia ética, cuando existe sensibilidad frente al dolor del otro, de pura compasión frente al padecimiento del otro.


(…) Me siento llamado a hacer todo cuanto pueda para aliviar su sufrimiento, se trata de una experiencia que supera las márgenes del yo, la cerrazón solipsista y el mero interés egoísta. El sufrimiento me convoca, me suplica ayuda y no puedo mantenerme indiferente a su llamado, Lo natural consiste en que cada cual evite su dolor y busque el placer, pero la experiencia ética me exige no sólo buscar mi placer, sino también aliviar el sufrimiento del otro… La indiferencia frente a este sufrimiento, desde el enfoque moral, es un modo de existir indigno del ser humano (Torralba, 2005, p. 70).


Pero ¿cómo sabemos que los demás sufren? Para Singer el sufrimiento es una clara expresión de la vulnerabilidad del ser viviente sensible, nunca puede ser observado desde dentro por la persona ajena. “(…) El sufrimiento es algo que sentimos y sólo podemos deducir que otros lo están sintiendo por indicaciones externas” (Singer, 2009, p. 71).


Según Singer (1995), tratar de paliar el dolor de los otros y preocuparse por su sufrimiento puede ser una manera de llenar de sentido la existencia:


(…) el sufrimiento del otro-anónimo, de ese desconocido que padece en otro lugar del mundo no puede ser indiferente. La exigencia ética fundamental es un imperativo que no conoce de fronteras entre propios y extraños, sino que se abre a todo ser capaz de sufrir (p. 276).


(…) Ahora se organizaba por segunda vez un trasporte a un campo de reposo. La duda persistía obsesivamente entre los reclusos: o bien se trataba de una estratagema para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento –aunque sólo duraran catorce días–, o bien su destino inexorable terminaba en las cámaras de gas, o bien acabarían en un verdadero campo de reposo. Todo resultaba insidiosamente cierto. El médico jefe, que me tomo cierto cariño, me comentó furtivamente una noche a las diez menos cuarto: ‘He dicho en la oficina que todavía se puede borrar tú nombre de la lista. Tienes de tiempo hasta las diez’.

Le conteste amigablemente que ese tipo de comportamiento no iba conmigo. Yo había aprendido a dejar que el destino siguiera su curso.

–‘prefiero quedarme con mis amigos’, le contesté.

En sus ojos asomó una mirada de piedad, como si comprendiera…Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós, no para la vida, sino desde la vida. Despaciosamente regresé a mi barracón, en dónde aún me esperaba un buen amigo:

–‘¿De verdad quieres irte con ellos?’, me preguntó compungido.

–‘si, voy a ir’.

Se le saltaron las lágrimas e intenté consolarle. En su triste compañía expresé mi última voluntad: ‘Otto, escucha, si acaso no regreso a casa junto a mi mujer y tú la vuelves a ver, dile que yo hablaba de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nadie en la vida. Y que la felicidad del breve tiempo de nuestro matrimonio compensa todo lo demás, incluido el sufrimiento soportado aquí’ (Frankl, 1979, p. 81).


Desde la experiencia de V. Frankl (1979) en el campo de concentración:


(...) cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar ese sufrimiento… Es más ese sufrimiento le otorga el carácter de persona única e irrepetible en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento, ni sufrir en su lugar. Nada le sirve, ni el sufrimiento mismo: se personifica según la aptitud que adopte frente a ese sufrimiento que la vida le ofrece como tarea (p. 102).


Cuando el ser humano se enfrenta a un destino o una situación como un cáncer terminal, la pérdida de un ser querido o cualquier situación que no tiene remedio, entonces en palabras de Frankl, la vida le ofrece el valor supremo, aceptar el sufrimiento. “El valor no reside en el sufrimiento, sino en la actitud para soportar ese sufrimiento” (Frankl, 1979, p. 134).


Gregorio Marañón (1964) Expresa que “el hombre actual, en su mayoría, ha prescindido de Dios (…) y por ello ha perdido una aptitud maravillosa de convertir el sufrimiento en fuente de paz y progreso interior” (p. 49), esto quiere decir que con la ayuda de un ser superior el sufrimiento toma sentido de aceptación, cuando se ve como un hecho normal y positivo de nuestra existencia, este se convierte en una fuente de enriquecimiento y progreso.


Frankl (1979) afirma con determinación, que si el sufrimiento, la enfermedad, no tuvieran un sentido más allá de nosotros mismos, la vida no merecería ser vivida:


¿Tiene todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una causalidad –ya se sobreviva o se escape de ella– en último término no merece ser vivida (p. 167).


Un aporte para lo anteriormente escrito es el relato sobre:


María Nowak, tras una infancia alucinante en la Polonia de los años cuarenta, desarrolló la peculiar memoria de los que han padecido un trauma: una mezcla de recuerdos nítidos rodeados de zonas borrosas. Siendo una niña, María asiste al incendio provocado de su casa, padece los bombardeos, sufre la desaparición de su padre, vive la detención de su hermana, conoce el temor incesante de ser encarcelada también, contempla el regreso al establo del caballo que lleva el cuerpo de un amigo suyo con la cabeza agujereada por una bala, se enternece frente a los cadáveres que una sábana de nieve recubre con delicadeza…, hasta el momento en que, hambrienta y abandonada, es confiada a varios orfelinatos y familias de acogida. En estos lugares la protección material queda asegurada, pero María no encuentra en ellos a nadie con quien sustentar un poco de afectividad. Al llegar los rusos y producirse la “liberación”, su madre la encuentra y le pregunta cómo han trascurrido esos dos años de separación. La chiquilla responde: “Nada especial”. Y era cierto había atravesado un desierto de tiempo, de vida y de ternura. Salía de él agotada, eso era todo (Cyrulnik, 2006, p. 30).


Sin embargo, hay que esperar hasta el final de la vida para que aparezca el sentido a tanto sufrimiento, mientras no se haya puesto el punto final a la vida el sentido es susceptible de reorganización, entonces existe la oportunidad de saber qué hacer con ese sufrimiento, lo acojo o lo sufro, lo vivo o lo muero. Así se instala en nosotros un dispositivo capaz de dar sentido al mundo que percibimos, sentido al dolor, a la ausencia a todo lo que no queremos que permanezca en la memoria, pero que siempre estará presente en los instantes en que evocamos algún suceso que nos lleve a lo que en algún momento vivimos… vivir o sufrir he ahí la cuestión.


Por otro lado, el sufrimiento no es en absoluto obligatorio para conceder un sentido a la vida, para que el sufrimiento sea un valor en sí, ha de ser un sufrimiento inevitable, el sufrimiento eludible debe lucharse con las reparaciones pertinentes; el no hacerlo sería síntoma de masoquismo, un sufrimiento en vano; la idea del sufrimiento es llevarnos a ser diferentes a lo que éramos, antes de las pruebas constantes de la vida.


En otras palabras la manera como el hombre acepte su realidad, su vida y su sufrimiento, incluso en las situaciones más adversas, le permitirá conservar su valor, su dignidad, su esencia; es en esta decisión p