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¿Qué pensarán de nosotros?

Tony Salgado, 2023.


Crisol de razas

La Revolución Industrial en distintos países de Europa implicó cambios profundos en la producción, traslado, información, como así también mayores libertades civiles y políticas.

El ferrocarril y el barco a vapor facilitaron el movimiento de trabajadores hacia lugares donde la creciente producción agrícola o industrial lo requería.

Así se multiplicaron las corrientes migratorias tanto dentro del continente europeo como de ultramar, mayormente desde Europa hacia América.

Argentina, al igual que Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Brasil y Uruguay, son considerados como países de inmigración, cuyas sociedades han sido influidas por el alto impacto generado por el fenómeno inmigratorio masivo, a partir de mediados del siglo XIX.

El impacto de esta emigración europea transoceánica, en la Argentina fue particularmente intenso por dos motivos:

- Por la cantidad de inmigrantes recibidos,

- Por la escasa población existente en el territorio.

En efecto, en el censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a 2 millones de habitantes, mientras que ya en 1920 más de la mitad de los pobladores de Buenos Aires eran nacidos en el exterior.

En el censo de 1960 la población era de 20 millones de habitantes, pero si no hubiese existido el aporte de dicha corriente inmigratoria, sólo hubiera sido de menos de 8 millones de pobladores. ​


El poblamiento del campo

Tras las luchas interminables entre unitarios y federales que impidieron la creación de políticas demográficas durante la primera mitad del siglo XIX, a partir de 1854 el gobierno nacional decidió dar impulso a la inmigración europea.

La decisión no se basaba solo en la necesidad de proveer mano de obra que permitiese aumentar la producción de la tierra, sino también a la decisión de las élites ilustradas de modificar la composición poblacional.

El Gobierno federal fomentaría la inmigración europea y no podría restringir, limitar ni gravar con impuestos la entrada en nuestro territorio de los extranjeros que trajeran por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes.

La intención de los constituyentes, inspirados en la política de “gobernar es poblar”, era fomentar la inmigración de población anglosajona y alemana. Sin embargo, este plan no pudo realizarse porque esta inmigración se dirigió a Estados Unidos y las colonias del Commonwealth británico. Argentina recibió entonces mayoritariamente la inmigración europea constituida por italianos, españoles y de origen europeo oriental.

Las primeras colonias rurales de inmigrantes ocurrieron durante el gobierno de Urquiza, ya que en 1855 la provincia de Corrientes firmó un acuerdo con el compromiso de gestionar la llegada de un millar de familias de agricultores en el decenio siguiente. La provincia les entregaría 35 hectáreas de tierra apta para el cultivo, además de semillas, animales e instrumentos de labranza. Los pobladores arribarían en los años siguientes, asentándose en Santa Ana, Yapeyú, Empedrado, Bella Vista y los alrededores de la ciudad de Corrientes.

En 1857 se fundó la Asociación Filantrópica de Inmigración, mediante una subvención gubernamental y la concesión de los terrenos anexos al puerto de Buenos Aires, en los que se levantaría el Hotel de los Inmigrantes; y Urquiza patrocinó el poblamiento de la Colonia San José, en Entre Ríos.

Se crearon la colonia suiza de Baradero; la colonia Esperanza, en Santa Fe, que albergaba a suizos, franceses y alemanes; y la colonia galesa de Gaimán, en Chubut.

En 1869 el país contaba con 1.877.490 habitantes, de los cuales 160.000 habían llegado de Europa en la década inmediatamente precedente; la relación crecería exponencialmente, sumando hasta 1930 6.330.000 emigrantes.

La inmensa mayoría de los recién llegados se abocó a tareas agrícolas; eran en su mayoría agricultores de origen y estaban atraídos por la promesa de distribución de tierras en los inmensos despoblados. Sin embargo, la mejor parte de los terrenos públicos ya se había vendido, dando origen a enormes latifundios en la pampa húmeda, por lo que solo la parte más pudiente de los que se radicaron en la región pudo disponer de terreno propio.

Las tierras fronterizas con los dominios de mapuches y ranqueles fueron quedando, a medida que los combates los obligaban a replegarse, en manos de estancias dedicadas a la ganadería; esto no fue favorable al establecimiento de pobladores, ya que la actividad requería escasa mano de obra.

La mayoría de los inmigrantes se dedicó a labores remuneradas, dando impulso a gran cantidad de ciudades.

Se anunciaron programas de colonización en Mendoza, Entre Ríos, Misiones y Chaco. En estas últimas provincias el motor del asentamiento fueron las empresas forestales de capitales británicos. Se talaron quebrachales con braceros y hacheros, muchos de ellos de Europa del Este.

En 1896, llegó a Misiones el primer contingente de polacos; y luego lo harían los inmigrantes paraguayos, brasileños, alemanes y ucranianos.

En el otro extremo del país, los asentamientos en la Patagonia fueron mucho menores, dada la presencia de aborígenes, pero aumentaron paulatinamente e incluyeron una importante presencia galesa en Chubut.

La región andina fue la menos favorecida por estos movimientos, lo que se refleja aún hoy en su demografía y sus hábitos lingüísticos.

No solo la migración directa redundó en el aumento de la población; gran parte de los inmigrantes formó familias numerosas, un fenómeno natural en el campo, donde los hijos representaban ya una mano de obra disponible desde temprana edad.

Así, las zonas más aptas para la agricultura recibieron directamente un mayor influjo de población y mostraron luego, además, tasas más elevadas de crecimiento.

De ese modo las áreas más pobladas del país ocupan gran parte de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos.






La inmigración urbana

El volumen de la inmigración significó en términos demográficos que la población argentina se duplicara cada veinte años.

En 1914 los nacidos fuera de la Argentina representaban un 30% del total de la población argentina, mientras que en la Ciudad de Buenos Aires era el 60%, en su mayoría de origen europeo; mientras que en Rosario sobrepasaban el 47%.

La falta de un programa centralizado de colonización y el reparto completo de las tierras ricas de la llanura pampeana alteraron las condiciones a las que los migrantes se veían sujetos; puestos ante la alternativa de contratos de arrendamiento rural de muy corta duración (no más de 5 años, en los que el colono estaba obligado a labrar la tierra, cultivar cereal y forraje y devolverla plantada al fin del contrato).

Fue así que muchos de ellos se asentaron en las ciudades, especialmente en la Ciudad de Buenos Aires, su punto invariable de entrada al país. Más de la mitad de los inmigrantes se radicó en ella o en su área periférica.

Hacia 1895, la población argentina que vivía en centros urbanos alcanzaba el 42 %, y para 1914 había superado la mitad de la población, llegando al 58 %, una tasa superior a la de cualquier país europeo.

Esta relación se debía en buena medida a los inmigrantes; frente a su participación de un 30 % en la población del país, en Buenos Aires eran el 50 % , y una cifra superior en otros núcleos urbanos.

Entre los mismos predominaban los italianos (68,5 % afincado en Buenos Aires) y españoles. Estas distribuciones se reflejarían en la estratificación social futura de la nación.

En las ciudades, los inmigrantes se integraron en los sectores secundario y terciario de la economía nacional. Muchos de los mismos se abocaron al comercio y a la artesanía.

El sector industrial también reclutó sus principales impulsores de entre ellos; de los 47000 industriales que registraba el censo en 1914, 31500 eran de origen foráneo.

Esta expansión de la población urbana traicionó la extendida concepción del país como reservorio agrario: según las cifras de 1914, solo el 29 % de la población activa estaba empleada en el sector primario, mientras que la industria daba trabajo al 35 % y los servicios al 36 %.

Sin embargo, la reducida escala y productividad de las manufacturas y la falta de industria pesada, daban a estas una participación relativamente reducida en el PBI.

Otras actividades estaban estrechamente ligadas al modelo agroexportador: la exportación de carnes daba trabajo a muchos obreros en el aglomerado porteño.


Integración de los inmigrantes y represión

Argentina desplegó un poderoso esfuerzo gubernamental para lograr la homogeneización cultural de los inmigrantes.

Favorecida por el origen latino de casi el 80% de los llegados en estas oleadas, el gobierno instrumentó una política de educación e inserción forzosa, basada en la obligatoriedad de la enseñanza primaria a partir de 1884, la inculcación de la épica nacional elaborada por la historiografía y la conscripción forzosa durante un año en el cito nacional a partir de 1902, solo para nativos (entre ellos muchos hijos de inmigrantes).

La integración política de los inmigrantes siempre fue reducida; hacia 1900, solo el 4% de los adultos en condiciones de votar eran de origen extranjero. Al desinterés del Estado argentino en nacionalizar a los recién llegados se sumaba la indiferencia de éstos para hacerlo, pues muchos conservaban la idea de volver a su país de origen luego de ahorrar lo suficiente.

En 1902 se sancionó la Ley de Residencia, que le otorgaba al Poder Ejecutivo la facultad de expulsar extranjeros acusados de delitos comunes o actividades sediciosas.

De este modo, el gobierno respondía a la creciente sindicalización y organización política de los trabajadores, en cuyo impulso y liderazgo los inmigrantes desempeñaban un papel importante, ya que desde 1860 varios grupos de inmigrantes habían comenzado a organizar el movimiento obrero argentino.

Pero, coincidentemente, las comunidades de inmigrantes también habían comenzado a crear organizaciones de solidaridad mutua, como Unione e Benevolenza, el Club Español, el Hospital Italiano, etc.

El movimiento obrero mantuvo una actitud contraria a la Ley de Residencia, culminando con la primera huelga general. El mismo tuvo un amplio acatamiento, y representó una grave derrota política para el gobierno nacional, que tuvo que aplicar con dureza la legislación.

Numerosos inmigrantes e hijos de inmigrantes dieron apoyo al Partido Socialista; y en 1907, debido a las pésimas condiciones de vivienda en que se encontraban los inmigrantes y sus familias (en un tipo de vivienda precaria conocida como conventillo), los extranjeros fueron protagonistas de una histórica huelga de inquilinos, que obligó a los propietarios a moderar los abusos, e impulsó la acción de cooperativas de vivienda como “El Hogar Obrero”.

Cuando se estableció el sufragio obligatorio y secreto, muchos descendientes de inmigrantes apoyaron con su voto a Hipólito Yrigoyen y contribuyeron a que se convirtiera en el primer presidente argentino elegido en elecciones con participación masiva.


Corrientes inmigratorias a partir de 1950

A partir de la crisis mundial de 1929 la inmigración hacia Argentina proveniente de Europa y otros orígenes de ultramar comenzó a reducirse drásticamente.

La última oleada, menos importante en su magnitud, se produjo entre 1948 y 1952, finalizando así con el largo período de emigración europea transcontinental como fenómeno masivo.

Por el contrario, la inmigración proveniente de países limítrofes se mantuvo relativamente estable a lo largo del siglo XX, a la vez que aumentó la corriente migratoria proveniente de otros países latinoamericanos cercanos, de países asiáticos, principalmente China y Corea del Sur, y de países de Europa del Este.

En el sur de América Latina comenzó un crecimiento de las migraciones internacionales de carácter regional. Esto generó una profunda transformación de los patrones migratorios, fenómeno que tiene su reflejo en Argentina durante las últimas décadas del siglo XX.

La estabilización demográfíca de la población ha ido reduciendo la proporción de extranjeros desde el máximo del 30 % alcanzado en 1914, hasta el 4,1 % registrado en el Censo de 2001. Sin embargo, este último dato parece estar afectado por la subestimación proveniente de la existencia de gran cantidad de inmigrantes en situación irregular.

El censo de 2010 reveló que por primera vez desde 1915 el porcentaje oficial de residentes extranjeros en la Argentina se incrementó levemente.

En cuanto a las áreas de asentamiento, la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires concentra el 70 % de extranjeros y el 63 % de extranjeros limítrofes, siendo también importantes como destino de estas migraciones las provincias fronterizas.


Mi reflexión

Ante la pregunta: ¿Qué pensarán de nosotros?....

A la luz de los resultados, creo que lo que pueden pensar no es muy bueno que digamos. Que un país con destino de grandeza mediante los dones recibidos de la diosa natura se encuentre sumido en el subdesarrollo, no era algo que esperaban ver y menos mal que no lo vieron.

Creo además que su renunciamiento al lugar donde nacieron nuestros antecesores, su decisión de destierro y sus luchas por establecerse en un ambiente extraño para forjar un porvenir para sus generaciones futuras, no merecen el país que hoy vivimos.

Es muy triste ver que nuestros hijos y nietos deciden hoy emprender el camino inverso, buscando en Europa las oportunidades profesionales que la Argentina no les puede brindar.

Me siento absolutamente interpelado por este fenómeno, en el sentido de haber hecho todo lo posible para que esto no ocurriese y, frente a la respuesta negativa, me impulsa a tratar de devolver a la sociedad durante los años de vida que me quedan, una parte de lo que recibí en mi juventud: una universidad gratuita, uno de los últimos rezagos de la Argentina que no fue, pero que todos deseamos que lo sea en el futuro.


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