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Historias de inmigración

Tony Salgado,

Basado en un artículo de El País, Junio 2023


A sus 103 años, Gertrud Erdstein duerme abrazada a una tortuga de crochet que le regalaron sus nietos. Sus dedos finos y largos, que aún presumen un esmalte color rojo, acarician el recuerdo de otra tortuga, Otilia, con la que huyó de Viena por la ocupación nazi. Era 1939, Gertrud tenía 18 años y recién terminaba el secundario. Todavía no percibía el horror que se avecinaba y que aún hoy la persigue en pesadillas.


“Se terminó todo a una edad en la que todo debía empezar”, le contó Gertrud a su nieta, Magdalena Goyheneix, cuando por fin estuvo lista para relatar su historia. “Un día, sin explicación, a los judíos nos hicieron formar una fila aparte en la escuela”.


Oma, como le dice toda su familia, estuvo muchas décadas sin hablar de esta parte de su vida. Pero Magdalena, su primera nieta, despertó algo en ella que la hizo cambiar de opinión. Desde entonces la familia ha intentado recuperar la historia de su abuela, que llegó a Buenos Aires en 1941 escapando de la II Guerra Mundial.


Su padre, Hermann Erdstein, había fundado una fábrica de chocolates que le permitió a su familia tener una muy buena posición económica. Es fácil imaginarse el lujo en el que vivían los Erdstein en la Viena de 1930, una de las ciudades más progresistas de Europa, antes de que los nazis les despojaran de su empresa y vivienda, un edificio en uno de los distritos más lujosos de Viena que la familia reclama hasta hoy.


Entonces, Gertrud estaba de novia con un joven llamado Harry, de su misma edad, y pensaban estudiar medicina y viajar por el mundo juntos. Su vida era cómoda y feliz. Amaba ir a la ópera, bailar, leer. Comenzaba a desarrollar un pensamiento feminista que conservaría durante toda su vida.


Pero entre 1938 y 1940, 117.000 judíos tuvieron que huir del país mientras Hitler anexaba Austria a Alemania.

En 1939, Hermann y Minna Erdstein, padres de Gertrud, sabían que no iban a sobrevivir en esa ciudad donde los escupían, les hacían limpiar las calles, los echaban de lugares que antes frecuentaban y muchas de sus amistades ya no les hablaban. Con la confiscación de sus propiedades intentaron liquidar los bienes valiosos que le quedaban para reunir dinero y escapar.


“Recuerdo estar sentada en el living de mi casa y ver que la gente compraba por pocas monedas nuestros cuadros y tapices”, contó Gertrud años después a sus nietos. “En un momento, increpé a una mujer que ofreció un precio ridículo por el piano de cola y ella me miró y me dijo con desprecio: ‘¿Para qué lo querés si pronto vas a estar muerta, judía?”.

Su hermano Erich, nueve años mayor que ella, escapó a Brasil como polizón y logró sobrevivir. Sus padres lograron huir a Argentina, pero Gertrud no los pudo acompañar. “Separarme de mis padres fue desgarrador. Tenía 18 años, era la primera vez que viajaba sola y no sabía si los volvería a ver”, le contó a sus nietos.






Con una valija pequeña y su tortuga Otilia, Gertrud terminó en Londres, donde la debía esperar una familia amiga. Al llegar, le negaron el albergue y la enviaron a una casa de refugiados, que entre 1938 y 1940 recibiría a más de 10.000 niños, niñas y jóvenes judías que huían de los países ocupados por el Tercer Reich. Algunos fueron cuidados; otros, explotados como servicio doméstico.


Gertrud lloró mucho la soledad en la que se encontró de golpe. Se endureció tanto en aquellos años que su familia no recuerda haberla visto llorar. A sus nietos les inculcó que siempre hay que mirar para adelante, ser independientes y ser fuertes.


Las adolescentes como ella se quedaban en Inglaterra con una visa especial para trabajar como empleadas domésticas. Gertrud fue rápidamente destinada a una casa donde la hacían trabajar más de 15 horas diarias, salir al campo con temperaturas heladas y cortar leña para mantener el hogar todo el día encendido. Nada igual a la vida que había dejado en Viena.


En Argentina, mientras tanto, sus padres lograron acomodarse en una pensión de San Telmo, un barrio de conventillos del sur de Buenos Aires. Su padre se dedicaba a comerciar telas y su madre se convirtió en costurera. Solo dos años después pudieron reunieron el dinero para traer a su hija desde Inglaterra. Gertrud ya no era más esa adolescente que habían dejado en 1939. “La imagen que tuve al verlos por primera vez fue muy perturbadora. No podía creer cómo habían cambiado nuestras vidas”, recordó años después.


Pero eso no la deprimió. Con sus cuatro idiomas y su formación académica, enseguida encontró trabajo como niñera en la casa de una familia inglesa que vivía en un barrio residencial de Buenos Aires, donde, años más tarde, ella se iría a vivir hasta hoy. Se nacionalizó argentina y nunca más quiso volver a su país.


Conoció a Erwin Forró, un inmigrante judío que había huido de Hungría. La pareja se casó al año de conocerse, en 1942, en Montevideo. Tuvo dos hijas a las que decidió darles una educación bilingüe e internacional. A Erwin le fue muy bien en los negocios, después de varios emprendimientos que fracasaron. Viajó por el país y en el norte argentino encontró el origen de su fortuna. Unas campos con plantaciones de naranjas le dieron la idea de fundar una empresa de jugos concentrados, una novedad con la que tuvo mucho éxito.


Pero los fantasmas de la persecución nazi nunca desaparecieron y, por ello, Gertrud decidió darles una educación católica a sus hijas. A Argentina habían llegado muchos judíos que escaparon del holocausto, pero también algunos nazis que se refugiaron en todo el país tras la caída del Reich. “El miedo no se fue nunca”, confesó Gertrud. “Y como Argentina es católica y nosotros no éramos judíos practicantes, sentí que lo mejor es que mis hijas se educaran con la cultura de este país. No quería que vivieran la persecución y el sufrimiento que habíamos vivido nosotros”.


Su matrimonio con Erwin duró más de cuatro décadas, hasta que enviudó en 1987. Ahora tiene 7 nietos y 11 bisnietos que la cuidan y, desde hace unos años, la ayudan a reconstruir estas memorias.


Hasta antes de la pandemia, Gertrud jugaba al bridge y tomaba clases de gimnasia, música, cerámica y hasta aprendió a usar el Facebook, en donde se encontró con Harry, su primer amor, al que jamás había olvidado. Vivía en Estados Unidos, era fotógrafo y se había casado con una mujer que se llamaba Gertrud, igual que ella. La visitó al cumplir 85 años y no hablaron del pasado, pero sus ojos se llenaron de lágrimas al mirarse.

Gertrud ya no puede hablar como antes ni salir a pasear con sus nietos. La pandemia afectó sus facultades cognitivas, pero está rodeada de amor y cuidados, lo que hace sus días plácidos y tranquilos. Pero por las noches, los fantasmas vuelven a aparecer en forma de pesadillas. Siente que su casa está ocupada por nazis que se la quieren llevar. Se despierta con terror, apretando entre sus dedos la tortuga de crochet que le regalaron sus nietos.


Se siente aliviada, pero una vida feliz no basta para enterrar tanto dolor, aunque ella siga dando batalla.



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