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El científico que quiere curar el cáncer

La Nación, Diciembre 2023

 

Estaba destinado a ser, como mamá, farmacéutico. Pero al niño que cantaba en los coros del templo de la comunidad israelita de Córdoba y que se crio entre turnos y cajitas de remedios, le esperaba un destino diferente. “La inmunología me salvó la vida”, le gusta decir a Gabriel Rabinovich, hoy uno de los investigadores más importantes del país, que no tenía en mente ser científico, que se inclinaba de chico más bien por la filosofía y la psicología, y que cuando entró a estudiar se volcó a la química, en lugar de farmacia, por dos profesoras del secundario que lo enamoraron de la materia.

Así, la vida le fue dando pequeños giros: de humanidades a farmacia, de farmacia a bioquímica, y de bioquímica a investigador eminente. Antes que el azar, en este último paso intervino su temperamento: le gustaba estar en contacto con gente, ver cómo se podía ayudar, no sólo lidiar con probetas. Ahí llegó la inmunología con el “éxtasis total” que le generó conocer sus secretos a partir del asombroso hecho de que “todos tenemos un sistema de defensa con el que reaccionamos contra cualquier peligro al que estemos expuestos, virus, bacterias, parásitos. Y que tenemos linfocitos que van como ejércitos contra el ataque”, como ha contado alguna vez.

El nombre de Rabinovich -investigador superior del Conicet, miembro de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, entre otras, y reciente premio Konex de brillante- viene unido a la proteína, o grupo de proteínas más bien, llamada galectina. Él vio a la Gal-1, intuyó una veta y la purificó y describió sus funciones, que resultaron de lo más prometedoras para controlar enfermedades con su regulación (a través de anticuerpos monoclonales, por ejemplo).

La historia del romance del científico cordobés con las galectinas se remonta a 1993, cuando hacía su doctorado. Y, cómo será de lenta y trabajosa la investigación científica, por sus necesidades de rigor, chequeo y de nuevo a hacer los experimentos, que pasaron tres décadas hasta que ese esfuerzo se transformó en Galtec, la empresa con la que intentará mejorar la vida de personas con cáncer. En el camino, arduo y lleno de espinas como para cualquier científico argentino, hay que tratar de pasarla bien.



Esa fue una de las enseñanzas que atesora de su primer mentor en Córdoba, Carlos Landa, mientras el joven Rabinovich analizaba la retina de los pollos porque era el tema que había disponible entre las huestes de Landa y él se quejaba porque estaba lejos de la apasionante inmunología. No importa tanto el tema en sí, sino divertirse mientras se investiga, que la ciencia sea algo lúdico, recuerda que le dijo. Ese espíritu se mantiene en el investigador que está a punto de cumplir 55 años. Landa también le “salvó la vida”.

Rabinovich cree que, si se sueña algo, se puede hacer. Y no se queda corto en los sueños. Cuando empezó a estudiar inmunología dijo “yo quiero curar el cáncer”, recuerda una compañera de cátedra. “Este es nuestro leit motiv: con mucho sacrificio”, ha dicho el propio Rabinovich, “es decir, haciendo sagrado lo que se hace todos los días” (sin embargo, ya no es una persona creyente, sino que tiene su fe “resquebrajada por la vida”).

En el discurso de aceptación del Konex agregó que a los sueños hay que sumarle la oportunidad de que se concreten, por ejemplo, a través de la universidad pública o de las fundaciones que apoyan su trabajo y el de otros colegas. “En la Argentina no solo podemos importar o generar tecnologías asociadas a descubrimientos de países centrales, sino que tenemos el talento humano y la potencia para desarrollar ciencia innovadora y original que impacte en el conocimiento universal y transforme el tejido social”, dijo. La política no es un terreno en el que se encuentre cómodo, pero ha apoyado no sólo a sus colegas de ciencias “duras” sino también a otros investigadores de ciencias sociales del Conicet, que sufrieron campañas de desprestigio. “Son excelentes”, dijo.

Su interés está ahora principalmente en los pacientes con cáncer, como lo fueron su madre y una de sus dos hermanas, como lo son los que le escriben todos los días para que los incluya en tratamientos experimentales (a ellos mismos o a algún ser querido). Él jura que responde todos los correos y que trata de que la gente entienda que la ciencia, para ser seria, requiere de tiempos alargados, de chequear que las medicinas propuestas, primero, no causen daño y, segundo, funcionen para lo que se supone que deberían funcionar. Y la gente entiende, se sorprende.

Sin embargo, la ciencia, aunque tarda en llegar, tiene su recompensa. Y un gran paso en tal sentido fue la mencionada creación en agosto de este año de la empresa Galtec, porque Rabinovich no quería ser solamente un científico que publica papers -aunque por supuesto se trata de un aporte vital- sino estar en contacto con la gente; la misma razón por la cual en los años de 1990 no le terminaba de cerrar ser un bioquímico tradicional.



Galtec fue lanzada en agosto de este año, junto con un grupo de científicos y emprendedores argentinos, y es un centro público-privado de investigación en cáncer para llevar a esos pacientes las terapias basadas en la galectina. Funciona en el subsuelo del instituto Ibyme, que pertenece al Conicet y está ubicado en el barrio de Belgrano. La idea es comenzar lo antes posible con los ensayos clínicos que permitan validar las terapéuticas. Arrancarán con dos, uno para el cáncer colorrectal y otro para la esclerosis múltiple. Galtec pudo haber estado en otro país, pero la convicción de Rabinovich es nacional, “toda mi carrera fue en la Argentina y debía finalizar todos mis trabajos acá con una plataforma de traslación del conocimiento básico a los pacientes, para impactar primero en el país y luego crecer de manera internacional”, dijo Rabinovich durante el acto de inauguración, donde hizo gala del apoyo de expertos del exterior que saludaron la iniciativa. Junto con varios laboratorios del mundo que investigan las galectinas y su uso terapéutico forman parte de un cambio en el tratamiento del cáncer; además de romper el paradigma de la manera típica de tratar a la enfermedad (cirugía, quimioterapia), borran la diferencia entre ciencia básica y ciencia aplicada porque la distancia entre la probeta y la cama del enfermo es cada vez menor, algo que le gusta al sociable Rabinovich.

Después del lanzamiento de Galtec, en muchas entrevistas tuvo que responder una pregunta que suele incomodar a los científicos y los hace arreglarse la corbata, sobre todo a los que tienen alguna chance: ¿siente que puede ganar el premio Nobel? Siempre trató de responder con la mejor elegancia y evitar proclamarse sucesor de aquella lejana tríada mágica de Houssay-Leloir-Milstein (los únicos argentinos que ganaron el Nobel en ciencias). Pero lo cierto es que hay razones para pensar que aquel camino que comenzó en Córdoba, en la farmacia de la familia, termine dentro de unos años en Estocolmo, con el saludo y una cena con el rey de Suecia. Depende de cómo se comporte una proteína.

 

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