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Perspectivas del país

La Nación

Diciembre 2023


Nunca antes un mensaje presidencial que abogue por un severo ajuste fiscal cosechó tantos aplausos. No solo recogió apoyos entre los ciudadanos que se congregaron en los alrededores del Congreso de la Nación a escuchar las palabras del flamante presidente de la Nación, sino también entre representantes del empresariado y analistas económicos que valoraron la precisión y el realismo, no exentos de crudeza, con que Javier Milei describió la presente situación económica y financiera de la Argentina, frente a la cual, según explicó el primer mandatario, no hay otra alternativa que no pase por el ajuste y el shock, ni puede pensarse en gradualismos.

Deberá valorar la sociedad argentina la franqueza con que ha hablado el nuevo jefe del Estado, convencido de que es preferible decir una verdad incómoda antes que una mentira confortable.

El término “ajuste” fue tradicionalmente visto como una mala palabra en las últimas cuatro décadas iniciadas con la recuperación de la democracia. Basta recordar que quizás uno de los pocos mensajes presidenciales en los que se habló de un ajuste –más precisamente, de una “economía de guerra”–, como el pronunciado desde el balcón de la Casa Rosada por Raúl Alfonsín en abril de 1985, prólogo del recordado Plan Austral, fue recibido con incomodidad y desasosiego por muchos de los que en aquella oportunidad se dieron cita en la Plaza de Mayo.

Nadie podrá reprocharle ahora al primer mandatario que, durante la prolongada campaña proselitista que precedió a su categórico triunfo electoral en el balotaje, haya ocultado lo que pensaba hacer. La sinceridad fue la característica de Milei y también una de sus mayores virtudes.




Pocas dudas pueden quedarle a la ciudadanía –tanto a quienes votaron por La Libertad Avanza como a quienes optaron por otras alternativas– sobre la real gravedad que, desde el punto de vista socioeconómico y financiero– atraviesa el país. Uno de los aspectos más elogiables del primer discurso de Milei como presidente ha sido la meridiana claridad con que describió la pesada herencia que recibe su gobierno, fruto de décadas de crónico déficit fiscal que se profundizó por el modelo opresivo impuesto por la última gestión kirchnerista, concluida el domingo último, que buscó, bajo el manto de un relato populista, forzar la Constitución nacional para justificar sus ataques a la Justicia, a la prensa independiente, a la seguridad jurídica, a la propiedad y a la iniciativa privada.

La política de ajuste del Estado que propicia el nuevo gobierno encontrará, sin duda, fuertes resistencias en sectores políticos y corporativos vinculados a distintos nichos parasitarios. Para dotarle del necesario apoyo ciudadano que le confiera toda la legitimidad posible, las nuevas autoridades nacionales deberán gobernar con absoluta ejemplaridad, poniendo fin a cualquier privilegio, empezando por realizar todas las auditorías indispensables para anular las irregulares o irresponsables contrataciones de personal en el Estado que han tenido lugar en los últimos meses e incluso a pocas horas de que Alberto Fernández dejara el poder.

Deberá demostrar el flamante gobierno que el ajuste tiene que empezar por terminar con la corrupción de quienes han utilizado el Estado para servir a sus propios fines y no al bien común, y cada acción tendrá que estar sustentada en una comunicación muy eficiente.

Milei sintetizó con coraje y diafanidad de dónde venimos y hacia dónde vamos. Resta conocerse aún la hoja de ruta, que en los próximos días deberá estar despejada, para que los argentinos puedan confiar en que, como ha dicho el Presidente, será este el último mal trago para comenzar la reconstrucción del país y que habrá luz al final del camino. Y si, como ha expresado, el horizonte es la libertad, ese sendero no podrá ser otro que el irrestricto respeto a la Constitución.

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