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La contribución de la vida social al bienestar en la vejez

Sandra Emma Carmona Valdés 


“La vida social se fundamenta en las relaciones establecidas con el conjunto de personas, familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo y otras personas a las que un sujeto se siente vinculado en algún sentido. A través de las relaciones significativas, los individuos intercambian información, afecto, asistencia, recursos o consejos, y a cambio demandan respeto, retribución o lealtad.

La vida social se considera de vital importancia, ya que cubre tres necesidades fundamentales en el ser humano: a) la necesidad de inclusión, que aparece como una tendencia de buscar la comunicación y el contacto; representa la necesidad arcaica de existir a los ojos de los demás a través de la atención y la relación que se deriva; b) la necesidad de control, que surge de la necesidad de seguridad; y c) la necesidad de afecto, que emerge a través de los vínculos de apego.

La Organización Mundial de la Salud sostiene que la vida social en adultos mayores es fundamental, ya que permite la integración y la pertenencia a un grupo, generada por “la conciencia de ser socialmente aceptado a partir de la experiencia de sentirse incluidos en la corriente de la vida” 

 Los adultos mayores que tienen una vida social activa mediante las relaciones sociales (familiares, vecinales o comunales) o mediante su participan en actividades como deporte, arte, cultura, turismo y recreación, cuentan con mejores armas para hacer frente a situaciones que en otra condición los haría enfermarse o caer en depresión. Por el contrario, aquellas personas que evitan la integración social se muestran frustradas y molestas.

La participación en las actividades durante la vejez se asocia con el deseo de pertenecer a un grupo determinado, que proporciona salud física y mental al lograrse.

Las personas que participan en trabajos voluntarios tienen actividades de esparcimiento, religiosas y sociales, disfrutan de pasatiempos y tienen vínculos afectivos y sociales amplios, los que reducen el riesgo de mortalidad. Una vida social activa mejora la salud mental y física, y contribuyen a la prevención de enfermedades al disminuir el estrés y evitar o eliminar algunos factores de riesgo (sedentarismo, depresión, aislamiento).

El mayor deterioro en el bienestar parece producirlo la soledad, más que ninguna otra circunstancia. La soledad representa una vivencia penosa por la ausencia de algo o de alguien, así como también como el estado de melancolía por añorar situaciones del pasado.

A medida que las personas se hacen mayores se enfrentan a múltiples pérdidas en el marco de las relaciones que no siempre pueden ser reemplazadas y que producen considerables estrechamientos en la convivencia y las relaciones sociales. El adulto mayor ve desaparecer a las demás personas que habían formado su grupo de pertenencia (la muerte de amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo). Esta situación poco a poco va aislando socialmente al individuo, lo cual puede causar el desarrollo de un profundo sentimiento de soledad, abandono y depresión.

A pesar de las innumerables pérdidas, en la etapa de la vejez se abren posibilidades de nuevas relaciones sociales y de nuevas actividades que pudieran enriquecer la vida social, para ello es necesario que el adulto mayor se adapte a las nuevas circunstancias y se mantenga socialmente activo a través de interacciones, actividades y nuevos roles sociales.





Se realizó una investigación con 525 hombres y 532 mujeres voluntarios con edades entre 65 y 100 años (52% casados, 38% y 10% divorciados o solteros)

La muestra incluía 62% con 6 años de educación formal; 71% recibía pensión económica y 84% vivía en casa propia.

La enfermedad que apareció con mayor porcentaje fue la alta presión (42%) tanto en hombres como en mujeres (35% y 48% respectivamente) y el 18% reportó estar completamente sano.

Se identificó que el aumento de la actividad social está asociado predictivamente al aumento en el bienestar personal en los adultos mayores. Por lo que esta información revela que las personas que mantienen una vida social activa, realizan actividades sociales, tienen un grupo de amigos con los cuales pueden jugar, ir al cine, platicar, compartir y convivir, asisten a eventos sociales o actividades recreativas, conviven con la pareja fuera de casa o con los hijos y reciben visitas muestran un comportamiento más adaptativo, afirman sentirse felices, tienen un sentido por el cual vivir y la mayor parte del tiempo se sienten alegres y entusiastas.

A diferencia de las personas que presentan escasa actividad social y tienen reducidos vínculos afectivos: revelaron sentir aburrimiento, melancolía y tristeza, percibían su vida sin sentido y vacía.

Con relación a la autonomía, los resultados difieren al dividir a las personas en tercera y cuarta edad.

La tercera edad abarcaría a todas aquellas personas que desde los 65 años conservan bastante íntegras sus fuerzas y capacidades, pudiendo participar en la vida sociocultural relativamente intensa e interesante. En tales circunstancias, la tercera edad incluiría a todos los adultos mayores sanos o con presencia de enfermedades diagnosticadas que no mermen sus fuerzas, sus capacidades y su funcionalidad, independientemente de la edad. Tales personas pueden mostrarse activas y suelen desarrollar una notable relación social, debido a que se encuentran libres de obligaciones sociales y familiares y disponen de un tiempo ocioso con que llenar y enriquecer su vida. En este sentido, la tercera edad representa un periodo de su vida lleno de ganancias y beneficios, aun cuando haya algunos cambios con respecto a de su vida anterior, lo que da lugar a un mayor bienestar personal.

La cuarta edad la integran los adultos mayores que van perdiendo facultades tanto biológicas como sensitivas y psíquicas: adquieren importantes achaques y entran en una situación de diversas imposibilidades y, por consiguiente, de pérdida de autonomía personal. Sin embargo, este parámetro funcional no integra la edad como indicador que marque o delimite la condición del individuo ni su vida social; se encontró que la edad por sí misma no tiene relación directa con el bienestar personal. Una persona mayor puede estar sana, activa y con bienestar personal independientemente de los años que diga el calendario.

El problema de los adultos mayores no es la edad en sí misma, sino la probabilidad, que aumenta día a día, de tener un cuerpo enfermo. Esto da lugar a modificaciones en su dinámica de vida, que convierten sus relaciones sociales en relaciones instrumentales que implican dependencia; la dependencia generada por la enfermedad reduce su vida social y disminuye su bienestar personal.

Asimismo, es posible que exista una relación indirecta de la vida social con estar sano o enfermo, y de la autonomía o dependencia, que puede repercutir en el bienestar personal de los adultos mayores al influir en la regularidad de la vida social. Es decir, el adulto mayor, al carecer de autonomía, requiere de apoyo para las actividades de la vida diaria, por lo que las relaciones sociales se reducen y se transforman en relaciones instrumentales.

Por lo tanto, una de las conclusiones del estudio fue que el fenómeno del envejecimiento como parte del ciclo vital es irremediable, pero la manera en cómo se viva modifica el bienestar personal en dicha etapa. Si bien es cierto que puede existir pérdida en la autonomía y en la adaptabilidad en las personas y se incrementa la posibilidad de fragilidad en la salud, de abandono del trabajo y de disminución de los roles familiares y sociales, estas no se deben considerar situaciones determinantes ni generalizables para todos los seres humanos.

De acuerdo con el análisis de la información, la edad, la escolaridad, el género, el estrato socioeconómico y el vivir en compañía, no se consideran factores que contribuyan a predecir o mantener el bienestar en los adultos mayores. Los resultados del análisis estadístico indican una relación predictiva significativa de la vida social, la autonomía y la salud con el bienestar personal de los adultos mayores.

Los datos muestran que la vida social se asocia al incremento en la percepción de satisfacción consigo mismo, con las actividades que se realiza y en el lugar donde se vive. A su vez, amplían la valoración positiva de los logros y aspiraciones a lo largo del tiempo. Una persona con estas características disfruta de sus relaciones con la familia y con los amigos, prevalece los sentimientos positivos y el estado de ánimo alegre; todo esto da lugar que la persona esté a gusto con la vida. En este sentido, la vida social representa una estrategia útil para lograr el bienestar en los adultos mayores desde el ámbito social”.

 

 

En mi caso, tengo 77 años y hace 12 que me retiré de mi vida laboral, luego de más de cuatro décadas de actuación profesional.

Este hecho se sumó a que mis tres hijos habían dejado ya nuestro hogar diez años antes para comenzar sus vidas profesionales juntos a sus respectivas parejas (dos de ellos en el exterior), generando el síndrome del “nido vacío”. De 5 personas que vivimos durante 30 años juntos, quedamos solo mi esposa y yo.

Debo confesar que al comienzo me resultó bastante difícil de aceptar el pasar de una vida activa a tener la agenda en blanco, sin compromisos “oficiales”; pero me propuse solucionarlo sin pérdida de tiempo.

Desde entonces hasta ahora escribí 14 libros, colaboré como voluntario en un par de ONGs, ayudé a mis hijos en sus emprendimientos personales, hice cursos de actualización profesional y creé Trazando Surcos, como canal para que los jubilados que quieran, tengan un medio para contribuir a nuestra sociedad.

Creo que la clave para transitar estos años fue y lo sigue siendo, comenzar cada día con un desafío a superar, sintiendo que mis capacidades adquiridas durante tantos años, siempre pueden ponerse al servicio de los menos favorecidos que nos rodean, aunque no los veamos.      

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